El club de cuentos de terror y misterio

Relatos de terror, experiencias reales y todo el mundo de lo misterioso y lo paranormal

¿Ruedas de engranaje en el antiguo Perú?

 

Estas ruedas de bronce, halladas en nuestro país fueron mostradas por el profesor Rafael Larco Hoyle, en algunos de sus trabajos publicados; después de eso, no se supo ya más nada: es uno de esos muchos hallazgos intrigantes que se han realizado en nuestro país, pero que se hallan bien custodiadas en nuestros museos, y completamente fuera de la vista del público. Se sabe que proceden de un yacimiento arqueológico pre-inca y nada más,... y muchos podrían considerarlos como cabezas de mazas incas,... salvo porque no son de piedra, como era costumbre en el Imperio,... y que su diseño es demasiado intrincado para poder confundirlas con artefactos tan comunes en nuestros museos, y como podemos ver, algunos carecen de puntas, perdiendo así toda la practicidad del diseño de la conocidísima arma inca: es obvio que se parecen poderosamente a los engranajes modernos. Todo un misterio.

 

Prisión eterna

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Respirando agitadamente, el agotado hombre miraba sonriente el mar encrespado, ese día de invierno. El sol se alzaba calentando apenas la playa rocosa de aquella desolada isla. Jadeante, mojado, el fornido joven sonreía mostrando todos los dientes, mientras observaba el océano, mientras se quitaba lentamente todos los implementos que llevaba sobre su traje de buzo. Mientras soltaba una sonora carcajada, escuchaba los gritos que, de cuando en cuando se dejaban escuchar en medio de la estática que soltaba su transmisor, ahora a sus pies, junto a su cinturón, con sus otras herramientas.

 

"....FZZZZ!!....¡CARRASCO; MALDITA SEA, TENIENTE. REGRESE DE INMEDIATO A LA LANCHA ES UNA ORDEN!!!....FZZZ!!!..." - se escuchaba bramando a un iracundo instructor de voz ronca-, "....¡NO ME IMPORTA CUÁNTO TARDE EN ENCONTRARLO: LO ENCONTRARÉ!!!.....FZZZZ.....LE ESPERA EL CALABOZO!!!...FZZZ.....". Sin inmutarse ante las terribles amenazas, el Teniente Guillermo Carrasco, comando anfibio de la Marina de Guerra, observaba la desértica isla a la que había arribado. Se había vuelto a salir con la suya. Hijo de un muy alto oficial de la Armada, siempre se las había ingeniado para hacer lo que le viniese en gana. Era el mejor en todo: el mejor de su promoción en la Escuela Naval, el mejor nadador, el mejor comando de la Unidad de Operaciones Especiales.

 

Mirando las escarpadas rocas frente a él, Guillermo se sentía satisfecho consigo mismo. No lo había planeado. Faltaba apenas una semana para que termine su entrenamiento y fuese destacado a una embajada en Europa: su equipo salió a hacer una de sus últimas prácticas en mar abierto. Apenas vió la isla, envuelta en la niebla del amanecer, simplemente se decidió y se lanzó de la lancha rápida en la que iba. Fueron cinco horas nadando. Nadie lo pudo detener; el era el único que podía hacer ese trayecto nadando, y él lo sabía. Respirando a todo pulmón, sintiendo que las gélidas aguas del Pacífico a las que había vencido lo hacían sentir totalmente vivo, miró como si fuese su trofeo el lugar al que había llegado: la isla de El Frontón, también conocida como la isla del Muerto.

 

El Frontón fué utilizada por mucho tiempo como una isla-prisión, una de las peores del Perú; delincuentes, políticos de todo calibre y finalmente, terroristas había vivido y muerto en ese pedazo de tierra. Después que los terroristas de Sendero Luminoso la convirtiesen en una especie de Iwo-Jima llena de túneles y trampas, en 1986 tomaron el penal. La marina tuvo que debelar el motín, a sangre y fuego. Desde ese entonces, la isla es Zona  Militar Restringida: nadie vive ahí, los pescadores no pueden acercarse a ella; ni los mismos marinos tienen acceso. Todos sabían que ahí murió mucha gente,...de manera turbia. Toda esa historia había atraído al Teniente Guillermo Carrasco a ese lugar. No le gustaba que le cuenten historias: él prefería vivirlas.

 

Durante todo ese día, el joven comando se dedicó a disfrutar de su libertad: nadó a sus anchas en las caletas en medio de lobos de mar y pingüinos de Humbolt, sin más sonido que el mar y las gaviotas a su alrededor. Buceó y pescó un suculento almuerzo para más tarde. Recorrió las ruinas del penal destruido a cañonazos navales hacía mucho tiempo; se decepcionó de no encontrar siquiera el más minúsculo recuerdo para llevarse como testimonio de su presencia ahí. Cruzó la isla de lado a lado y se divirtió escondiéndose entre las peñas al paso de dos lanchas de la marina que lo buscaban. Les demostró a ellos y a sí mismo que era el mejor comando: no pudieron descubrirlo. Casi al atardecer, se quedó mirando los restos de una pared destrozada a balazos del llamado "Pabellón Azul", el último reducto de los presos insurrectos. Se leía aún ahí en medio de los boquetes chamuscados "VIVA LA LUCHA....". Cuando el sol se ponía, se encaminó a la playa junto al destruido muelle del viejo penal. Pensaba en probar cuántos días podía sobrevivir en ese pedazo de roca en medio del océano.

 

La noche era muy fría y ventosa. Sentado y cubriéndose del viento tras unas peñas, el Teniente Carrasco trataba de calentarse apretujándose a una pequeño fuego que había improvisado con algunos pedazos de madera que encontró en el muelle. Tranquilo, Guillermo degustaba sus raciones de combate y un pescado que se asaba a fuego lento. La neblina nocturna de invierno envolvía todo. Cualquier persona no hubiese soportado semejante frío, pero él estaba en su elemento: puro músculo sólido templado a punta de las pruebas físicas más extenuantes, apenas se sentía algo incómodo. Las luces de la ciudad apenas se veían en medio de la oscura noche. El viento silbaba en medio de las rocas. Por precaución, el marino había dejado su radio encendida, pero ésta estaba muda. Hasta exactamente las 8 de la noche.

 

"....FZZZ.....¡ES SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD: RÍNDANSE Y DEPONGAN LAS ARMAS!!...FZZZZ"- se escuchó de pronto en la radio. Carrasco se sobresaltó. La voz era perfectamente entendible,...pero la voz era extraña, cavernosa, casi inhumana. Casi de inmediato, el sorprendido marino escuchó algo inaudito: cientos de voces, cantaban una profunda salmodia, era una horrenda canción, mezcla de canto andino y canto guerrero. Jamás había oído algo así. Se le escarapeló la espalda. El canto parecía salir del derruido pabellón al frente suyo, parecía emerger de las entrañas de la tierra, de todos lados. ¡Esto no puede ser posible!, pensó el marino: ¡he recorrido la isla de cabo a rabo: AQUÍ NO HAY NADIE!

 

Instintivamente, se ocultó tras un peñazco, mientras buscaba a tientas desesperadamente su cuchillo de comando en la oscuridad de la noche. Agazapado, observaba a las ruinas que retumbaban por ese canto que sólo hablaba de muerte y sangre, y que se escuchaba horroroso, como proveniente de ultratumba. Casi al mismo tiempo, la radio se volvió a encender, dejando escuchar nuevamente esa voz: "....FZZZ....TENIENTE, CABO: USEN LAS CARGAS. ECHEN ABAJO ESA PUERTA....FZZZ". Tras quedar totalmente desconcertado por esa transmisión, un tremendo estrépito lo sobresaltó por completo: una potente detonación hizo retumbar toda la isla. El comando quedó paralizado de terror: sus oídos no le mentían, una explosión casi le hirió los tímpanos, pero no hubo ningún fogonazo. Casi de inmediato, lo imposible; un infernal estruendo se desató a su alrededor. Ráfagas de ametralladoras, disparos varios, explosiones de granadas,...gritos de comandos lanzándose al ataque, gritos de dolor, lamentos, insultos,...proviniendo de todas partes,... ¡pero las voces no provenían de gargantas humanas!,.... ¡las explosiones retumbaban pero nada las ocasionaba!,...¡AHÍ NO HABÍA NADA NI NADIE, SÓLO LA OSCURIDAD!!!

 

Apretando los dientes, mirando con desesperación a todos lados, Guillermo se sentía enloquecer. La que también enloquecía era la radio en ese momento: decenas de voces se dejaban escuchar: "..... ¡NECESITAMOS UN MÉDICO: A MI TENIENTE LE DIERON EN LA CABEZA!!!....FZZZ.....¡GRUPO ALFA, DISPARAN DESDE ARRIBA: RETROCEDAN!!...FZZZ....¡TRAIGAN LA BAZUCA AL LADO NORTEEE!!!....FZZZ...¡¡TENGO TRES BAJAS: NECESITO REFUERZOS!!!....FZZZ..."

 

Todo el cuerpo le temblaba al joven comando: lo habían preparado para toda situación, menos para esa. Sus instintos de militar le pedían luchar, la sangre le hervía. Escuchaba horrorizado gritos de hombres muriendo, agonizando, suplicando ayuda a gritos a escasos pasos de él,... ¡PERO NO HABÍA NADA NI NADIE A SU ALREDEDOR!,...sólo rocas y oscuridad, y lo desconocido. El Teniente Guillermo Carrasco creyó por un momento que había enloquecido por completo. Desesperado comenzó a gritar como un energúmeno. De pronto, todo el estruendo se apagó de golpe. Sólo se escuchaba en la isla sus propios gritos. Tardó en callarse. Sudaba, temblaba, con los ojos desorbitados, mirando a todos lados, mirando la neblina nocturna que le envolvía. El silencio era absoluto.

 

El comando se incorporó aferrándose a su cuchillo, amenazando las sombras que le envolvían con él. No dejaba de temblar, mientras caminaba alrededor de la pequeña fogata. Carrasco se agachó a recoger su transmisor, ahora mudo. Apenas lo alzó, la sangre se le heló en las venas: no se había percatado que la radio estaba inservible, al tomarla descubrió que la batería del aparato no estaba. Al llegar a la isla, seguramente se había caído al golpear con las rocas. Tratando de entender de alguna forma lo que estaba ocurriendo, el militar se tomaba la cabeza, buscando un por qué. Caminaba como atontado, aún afectado por semejantes sucesos. De pronto, en medio de la negrura de la noche, escuchó un gemido lejano.

 

Dispuesto llegar al fondo del asunto, reunió todo su valor y comenzó a avanzar hacia las ruinas del penal, de donde parecía provenir ese apagado gemido. Demostrando lo aprendido, el militar sigilosamente saltaba de una roca a otra, de un pedazo de pared a otro, apenas iluminado por la luna que ya se elevaba sobre la neblina baja. De rato en rato, se detenía, escuchaba atentamente, buscando de dónde provenía el gemido. Tardó casi una hora, atravesando los edificios derruidos. En lo profundo del pabellón, se detuvo ante una especie de cueva que se hundía en la roca. Tal vez era uno de los boquetes que los presos amotinados hicieron. Carrasco giró alrededor suyo. El gemido se había apagado. De pronto, un sonido de pisadas lo hizo voltear violentamente. Frente  él estaba un muchacho asustado.

 

Llevaba uniforme militar completo, cargando en un brazo un fusil automático. Estaba muy pálido y asustado. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y gemía mientras le observaba desde dentro de la cueva. "¡QUIÉN ERES TÚ!" -, le gritó tratando de mostrar aplomo. El muchachito, le vio con sus ojos grandes y llorosos. No parecía tener más de 19 o 20 años. Parecía que no entendió la pregunta, hasta que alzó la cabeza y dio un paso adelante. Se quitó el casco de acero y, con ambas manos lo pegó a su pecho al estilo naval y dijo con voz cavernosa: "¡Cabo de Mar Jaime Nina, 05732660, Señor!....". El Teniente Carrasco se quedó paralizado del horror: ¡al quitarse el casco, el muchacho dejo ver que tenía en su frente un limpio agujero de bala!.

 

Guillermo jamás había sentido miedo ante nada ni nadie. En ese instante las piernas le temblaron, y dejó caer su cuchillo al suelo. Sabía perfectamente que nadie sobreviviría a una herida así,....ese infante de marina frente a él NO PODÍA ESTAR VIVO. Paralizado por el pánico, escuchó a la aparición que seguía hablando: "....del pelotón "Delta": le informo que todo mi equipo ha muerto. Mi Teniente me ordenó proteger esta posición, Señor". Carrasco se sentía embotado, casi al borde de la locura; conforme la luna llena iluminaba al joven, veía un inmenso manchón de sangre en su uniforme que abarcaba todo el pecho: el pobre muchacho tenía también un tajo que le cruzaba el cuello casi por completo. "¿Vino a reemplazarme, Señor?"-, preguntó ansiosamente el muchacho. "¡Tú,....tú...!"-exclamó Carrasco, aterrado-, "¡TÚ ESTÁS MUERTO!". La aparición parecía no entender. Movía la cabeza incrédulo mientras decía: "no, yo no estoy muerto: estoy herido. Recuerdo que algo golpeó mi cabeza, pero después me puse de pie y seguí en mi puesto. Mi Teniente, ¿regresaré a casa?". Temblando sin cesar, Carrasco trataba de caminar hacia atrás, alejándose de la aparición, sin saber que hacer: "¡tú no puedes volver por que estás muerto!!". Le dijo una y otra vez. El muchacho le escuchó tratando de comprender. Comenzó a caminar mirando al frente, casi ignorándolo. Alzó su pálida mano apuntando hacia las luces de la ciudad: "¿ve?, allá por Comas está la casa de mi mamá. Me espera. Mañana es su cumpleaños. Me gusta la comida de mi mamá,... ¿entonces,...no la volveré a ver?". Aterrado, descompuesto, Carrasco comenzó a negar con la cabeza.

 

Abriendo sus ojos más, mirando las luces que apenas se observaban, Mostrando un dolor muy profundo, comenzó de nuevo a gemir. Al voltear hacia el Teniente, le tendió la mano y le dio algo: "tome; lléveselo a mi mamá. Lo va a necesitar". Guillermo observó lo que le había dado: era una raída billetera. En ella sólo había su carnet de identidad  militar y dos míseros billetes de 10,000 intis. Mientras el joven caminaba de nuevo hacia la cueva, se detuvo y volvió a hablarle al comando. Le tendió su viejo fusil: "hay algo más,....debe irse cuanto antes de aquí. Ellos están bajo la tierra. Tome mi arma, mi Teniente; la va a necesitar". La mano temblorosa del Teniente Carrasco asió el cañón enmohecido del arma. Se aferró con fuerza a él mientras veía a la aparición arrastrando los pies, llorando amargamente, mientras se perdía en las profundidades de la cueva.

 

Fue demasiado para el joven comando: se dejó caer en donde estaba, llorando amargamente. El miedo lo había doblegado y el cuerpo le fallaba. No sabía que hacer más que dejar salir todos los sentimientos encontrados que le dominaban. De pronto, una serie de jadeantes susurros comenzaron a rodearle, salidos de la nada. "....MIRA, AHÍ HAY OTRO..."-decía una voz-, "...DEBE MORIR..."-decía otra. "NO SALDRÁ VIVO DE AQUÍ...."- escuchó casi como si estuviese alguien a sus espaldas. Voces de odio, con sed de sangre, profundas, roncas, burlonas, que le rodeaban por todo lado. El Teniente se incorporó. Tener el arma en sus manos le daba ahora el valor que le hacía falta. Con el fusil en una mano y el cuchillo en otra, comenzó a bramar, sintiéndose invencible de nuevo, otra vez se sentía el mejor. "¡VENGAN MALDITOS: NO LES TEMO. LOS HARÉ PEDAZOS!!!..."-, dijo una y otra vez el comando, retando a quienes le rodeaban. No pudo avanzar mucho: en menos de un segundo, la tierra bajo sus pies se abrió.

 

¡Como vomitadas por la tierra, decenas de manos huesudas, garras de hueso y tendones apenas, comenzaron a tomarlo, a asirlo, aferrándose a él por todos lados, impidiéndole correr, caminar siquiera!, ¡aullando de pavor, el militar trataba de zafarse, mientras asestaba cuchillada tras cuchillada, que apenas dejaban marcas en los huesos!. Carrasco apretó una y otra vez el gatillo del fusil hasta que se dio cuenta que el arma no funcionaba. Rápidamente, las garras de los agresores de ultratumba lo hundieron en el boquete en medio de los escombros, llevándose a su víctima que no dejaba de gritar, mientras desaparecía. Lo último que vieron sus ojos en este mundo fue la luna llena allá arriba en el cielo, luz pálida que después se volvió en total oscuridad.

 

¡Ayúdenmeee!!!

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

La diminuta celda estaba totalmente invadida por las penumbras. La atmósfera era pesada. Apenas iluminados por una pequeña vela a medias consumida, Ho Peng y sus cinco compañeros se apretujaban en ese lugar negro, húmedo y que olía a muerte. Ninguno de ellos podía dilucidar su incierto destino. Se hallaban en absoluto silencio, tratando de adivinar por medio de las voces y sonidos que venían del exterior, qué pasaba al otro lado de la puerta cerrada.

 

El continuo concierto de voces, risas y exclamaciones de allá arriba, sobre sus cabezas, los desconcertaba. Todo el grupo tenía miedo. Se afligían pensando en que jamás volverían a ver su aldea natal, a sus padres, esposas o hijos. Estaban encerrados y de cuando en cuando escuchaban terribles imprecaciones de su señor y amo que, acompañadas por fuertes puñetazos contra una mesa. Anunciaban inevitablemente que se abría de nuevo una puerta que daba hacia donde estaban ellos, en el sótano repleto de celdas. Un hombre abría una de ellas y en medio de gritos y forcejeos arrastraba hacia fuera a un chino como ellos, que no dejaba de gritar desesperadamente en mandarín: "...¡NOOO, POR FAVOOR, YO NOOO!!!; ¡"HERMANO MAYOR", PERDÓNEME LA VIDAAA"...!!! . El carcelero no le hacía caso o no le entendía, y sólo se dedicaba a llevarlo hacia arriba. Después de eso, nadie lo volvía a ver jamás.

 

Esperando su, según él, horrendo desenlace, Ho se arrodilló en el piso y sollozando, se arrepintió de las desacertadas decisiones que lo habían llevado ahí. La horrible sequía del verano pasado, lo obligó a él y a varios jóvenes de su aldea a abandonarla, haciendo el penosísimo viaje hasta Cantón, en busca de comida y trabajo. Una vez que arribaron a la ciudad, en el mercado, un hombre los convenció de embarcarse en un viaje; hablaba de un maravilloso país al otro lado del mar,  donde había tanta comida que todos vivían satisfechos, mientras que las montañas vomitaban oro en cantidad. Ho no lo dudó y puso su marca en el papel; no sabía escribir así que no entendía el acuerdo que aceptaba. Sólo era un campesino. Cualquier cosa era mejor que sobrevivir en una comarca seca y en hambruna, dónde los padres sorteaban entre sus vástagos para ver quien serviría de alimento al clan familiar. Lo único que pudo enterarse tras estampar su marca en el documento, es lo que le dijo un hombre mayor de su aldea, algo más instruido: había aceptado ir a trabajar por cinco años a un lejano reino llamado "Pirú" o algo parecido.

 

Tras meses de recorrer el inmenso océano, finalmente vieron las costas de ese extraño reino: sólo eran playas desérticas, matizadas de cuando en cuando por algún fértil y estrecho valle. Esa fue la primera decepción que tuvieron. Al llegar al puerto, vieron pasmados que era inmenso, mucho más grande que el de Cantón, perdiéndose en la lejanía la larga fila de enormes barcos, que destacaban en el horizonte como un inmenso bosque. Era una nación de "narices largas" esa a la cual habían llegado; estaban por todos lados, vestidos extrañamente, luciendo sus sombreros altos. Sus mujeres llevaban pesados vestidos que envolvían sus cuerpos deformes, con una cintura que era delgada, como tallos de bambú. También había hombres de piel negra, así como hombres de piel del color del cobre, que cargaban bultos encogidos, como temerosos de ser castigados. Para Ho y los demás, ver a esos hombres fue un impacto tremendo, puesto que no habían visto gente así jamás.

 

Al cruzar la capital del reino, apenas podían seguir el paso de los otros chinos que los arriaban como bestias por las calles, debido a lo sorprendidos que se hallaban por lo que veían: la ciudad era extraña, pero a todas vistas opulenta. Los edificios eran altos, muy ostentosos, rodeados de amplios jardines o luciendo grandes esculturas. También vió Ho a varios chinos vestidos como los "narices largas". Eso está bien -pensó Ho-, nos tratan como sus iguales. El chino que llevaba al grupo de recién llegados, gritaba instrucciones mientras caminaba: decía palabras en mandarín y cómo se decían en aquel país. Ho no entendía nada de esa lengua de palabras tan raras y largas. No hizo caso.

 

No se quedaron en la capital de reino. Los llevaron al norte; un viaje de muchos días. Arribaron a la finca donde trabajarían en el campo: era inmensa, casi un país. La casa del propietario "nariz larga" era inmensa. Ho llegó a pensar que trabajaría para un emperador: las tierras del poderoso señor se perdían en el horizonte, cerca de la mansión habían grandes edificios: eran fábricas. Una máquina de hierro que se movía en un camino también de hierro también le pertenecía. Al llegar al gigantesco galpón donde viviría con otros cientos de chinos, finalmente supo su cruel destino: serían esclavos que labrarían la tierra para el señor, por muy poca comida y una paga ridícula.

 

Apenas llevaba unos meses sufriendo el sol abrasador del campo cuando él y sus compañeros recibieron la orden de dejar sus tareas; irían acompañando a su señor a una villa cerca de la capital, les dijo el capataz. Ho se sintió satisfecho: los "coolies" que trabajaban al servicio del poderoso señor como sirvientes vivían y comían mejor. Al llegar a la villa, Ho no dejaba de ver las inmensas mansiones: eran mucho más elegantes de lo que había visto hasta ese entonces. Pensó que no existirían pobres en aquella villa de grandes señores. Pero todos parecían asustados: los nobles dirigían a cientos de sirvientes que, en grandes carros, cargaban los tesoros de las mansiones a toda prisa.

 

Conversando con otros sirvientes que sí entendían la lengua del país, Ho se había enterado de algunas cosas: el reino de "Pirú" se hallaba en guerra. Miles de hordas de salvajes de un vecino país al sur, lo había invadido. Por lo que observaba en las calles, Ho supuso que la guerra llegaba adonde ellos estaban. No entendía que venía a hacer su señor precisamente ahí. Supuso que su amo venía a hacer un trato con el general del ejército invasor. Trató de aliviarse pensando en eso.

 

El joven Gaspar Derteano sentía el olor del miedo mientras recorría las calles de Chorrillos en silencio esa mañana. Con apenas treinta años, había tenido el mundo a sus pies: único heredero de una de las fortunas más grandes del país, propietario de una hacienda del tamaño de Bélgica, ahora veía como todo se le iba de las manos. La maldita guerra esa lo estaba arruinando; los bloqueos navales le impedían exportar sus productos, sus inversiones en Valparaíso habían sido confiscadas y ahora que ya no le llegaba dinero a mares desde Europa, las deudas se acumulaban. Jugador empedernido, había despilfarrado una fortuna que siempre pensó que era inacabable. Por eso no tenía miedo a ir a Chorrillos cuando la guerra se acercaba a la capital.

 

Mientras se detenía en la casa de juegos de Laurent, la única que aún estaba abierta, pensaba que si no lograba ganarle la inmensa deuda que le debía, el maldito francés ese se quedaría con su hacienda. Esta vez debía ser el todo o nada. Fue recibido con silenciosa venia por parte del negro vestido de librea en la puerta. No había nadie en el elegante salón, salvo Laurent sentado frente a una mesa, barajando las cartas. El extranjero se creía inmune a los avatares de la guerra al haber colocado el pabellón de su nación en la puerta. Derteano, tras ordenar que lleven a sus "coolíes" a las celdas, se dirigió directo a la mesa. Fue una larga noche aquella. Gaspar perdió todo el dinero que tenía; ahora sólo le quedaba apostar a sus esclavos.

 

Ho y sus compañeros de celda despertaron al día siguiente. Arriba se seguían escuchando airadas voces y botellas que eran golpeadas contra una mesa. Al poco rato, se estremecieron al sentir un imprevisto estruendo: en la lejanía se oían los gritos de miles de hombres, el estruendo de miles de armas descargándose; el rugir de los cañones era tal que parecía una inmensa tormenta. Ho Peng y los demás se abrazaron de pánico; los invasores habían llegado. Arriba en la sala, Derteano, ebrio y desesperado, se empecinaba por cambiar su mala suerte. "¡Te apuesto cinco chinos más!" -, le dijo al francés. Laurent no se intimidaba ante lo que pasaba afuera. Estaba dispuesto a volverse millonario ese día.

 

Las horas pasaron y el ruido comenzó a decrecer. Al atardecer de ese día, el 13 de enero de 1881, el ejército chileno derrotó a su par peruano. Los cadáveres de los defensores rodaban por miles por las colinas de San Juan, cayendo al mar. Al caer la noche, los invasores victoriosos se dirigieron hacia Chorrillos.

 

Esa noche, los cautivos de la celda despertaron sobresaltados: afuera se oía otro inmenso estruendo. La guerra finalmente los había alcanzado. Gritos de terror y el ruido de disparos por doquier los estremecía, apretujándose contra la pared. Al poco tiempo oyeron algo espantoso: vidrios que se quebraban y gritos de soldados pidiendo sangre, acompañados por las voces airadas de su amo, el joven Derteano y el francés allá arriba. Una ráfaga de disparos los silenció y dio paso a las risas de los soldados y el correr de sus botas por todo el lugar, destrozando todo a su paso: no había duda, los invasores estaban saqueando. Ho y sus compañeros también oyeron con terror súplicas de clemencia en mandarín. Era el fin.

 

Arriba los soldados, ebrios de sangre y alcohol bolsiqueaban los cadáveres tirados en el suelo, mientras bebían y jugaban con el botín de monedas de oro obtenido y con un piano que se hallaba en la sala. Abajo, los chinos aguardaban en silencio, rogando no ser descubiertos. Al rato escucharon una voz aguardentosa que dijo: "¡nosotros quemamos y el Perú paga!!", seguido por el ruido de decenas de botellas estallando. No entendían que significaban esas palabras, pero el humo y el calor que se colaba por las rendijas de la puerta de su celda les hizo saber lo obvio: la mansión estaba siendo quemada.

 

Desesperados, todos, se apretujaron al otro extremo de la celda, rogando salir con vida. La vela que apenas les iluminaba finalmente se apagó. Todos aguardaron en silencio lo que iba a pasar. Por buen tiempo se mantuvieron en silencio. No decían nada. Temían que los conquistadores aún estuviesen aún allá arriba, prestos a matarlos apenas los descubriesen. Así que decidieron aguardar en las sombras. Y esperaron. Y esperaron.

 

No sabían si había pasado mucho o poco tiempo: no había forma de saberlo. En medio de la oscuridad, Ho encontró un tubo de cobre en el suelo, y tras acordar entre todos, decidieron arriesgarse y golpear con él otro tubo en la pared, mientras pedían ayuda. Al poco de gritar, un desgarrador grito los silenció. Se hacían realidad sus peores temores: seguía la muerte allá arriba. Decidieron callar otra vez, esperando no haber sido descubiertos.

 

El tiempo pasaba lentamente. A susurros conversaban sobre cuánto duraría su encierro. Algunos pensaban que los invasores habían conquistado todo el mundo, y que jamás volverían a ver la luz. Con el tiempo, pasaban las noches conversando sobre sus vidas, de dónde provenían y sobre sus familias allá en China. Cuando eso sucedía en la celda, de pronto, terribles gritos de terror se dejaban escuchar desde arriba.

 

Al día siguiente, escuchaban las graves oraciones de un sacerdote, iguales a las de esa religión que el sacerdote de la hacienda trató de convertirlos. Para Ho y sus compañeros, era obvio que estaban presos en una inmensa cárcel y  que un reo había sido ejecutado y un sacerdote realizaba las oraciones fúnebres. Pasó así mucho tiempo, y poco a poco, dejaron de conversar entre sí. El encierro era terrible y ninguno tenía ganas ya de hablar. En silencio habían aceptado su destino y nada iba a cambiar eso.

 

El 3 de octubre de 1974, la tierra comenzó a temblar. Un pavoroso terremoto de grado 6 golpeó de lleno a Lima y sus balnearios vecinos. La gente corría desesperada, viejos edificios caían, barrios enteros destruidos; cientos de muertos por todas partes. En la celda, el grupo se sobresaltó. Era tan fuerte el movimiento sísmico que no pudieron hacer otra cosa que quedarse pegados contra el suelo. Casi se ahogaron mientras sentían cómo le polvo se colaba por las rendijas de su celda. Cuando todo se calmó, escucharon gritos y sollozos procedentes de afuera: hombres y mujeres lloraban y grandes voces pedían socorro. Ho escuchó cientos de manos que escarbaban la tierra alrededor suyo.

 

Había pasado mucho tiempo y los prisioneros decidieron que, si la gente estaba excavando, sería fácil que los encontrasen. Ho no lo dudó dos veces y comenzó de nuevo a  golpear con insistencia el tubo de cobre a su lado. De tanto escuchar a través de las sombras, habían aprendido algo. Era su última oportunidad: después de mucho tiempo, iban a volver intentar pedir auxilio en lo poco que sabían decir en ese extraño idioma: "AYULAAAA!, AYULAAAA!!!, ¡E' TAMOS ACÁ,  E' TAMOS ACAAAÁ!!!!....."

 

De pronto las voces de afuera, se callaron de golpe, pero ellos no. Al poco rato se escuchó una voz de mujer diciendo: "¡hay gente atrapada aquí!, ¡¡PRONTO, TRAIGAN AYUDA!!!". El operario Ramón Apaza dirigía con presteza su bulldozer en medio de la medio destruida Chorrillos. Como todos los empleados del Ministerio de Fomento, apenas pasó el sismo, salió a tratar de rescatar a los pobladores atrapados bajo sus casas de adobe. Un grupo de mujeres con señas le hizo saber que bajo una casa destruida había sobrevivientes. Hacia allá enfiló.

 

Ho y los demás no dejaban de gritar y golpear. Pronto una cuadrilla de obreros comenzaron excavar. Apaza apartaba todo escombro que no les permitía avanzar. El pueblo se arremolinaba tratando de ayudar y tal vez, de encontrar a sus seres queridos. Tras un estruendo, Ho pudo ver en medio del polvo finalmente la luz. Apenas podía respirar y observó el rostro de su rescatador: era un hombre de piel de cobre, vestido de manera extraña, y llevaba en la cabeza un casco de un metal que no brillaba. Sintió aliviado cómo éste lo levantaba como si no tuviese peso, mientras con las manos ese hombre movía su rostro de un lado a otro, como revisando si tenía alguna herida. " !Gracias por rescatarnos, gracias; mis amigos están atrás mío!" -, le dijo sin poder contenerse, en mandarín.

 

El Ingeniero Martínez, jefe de la cuadrilla, no salía de su asombro: al abrir el boquete, encontró ante sí un grupo de esqueletos muy extraños, vestidos con monos como los que usan los chinos en las películas de kung-fu. Con detenimiento revisaba la calavera en sus manos, que aún tenía pegada una cabellera recogida pegada al hueso, luciendo una inmensa cola trenzada y una gorra que tenía un jade enfrente. Ho no entendía nada, pero sentía que ya no se sentiría jamás solo.

 

" Oye, Apaza - dijo Martínez molesto -, ¿no dijiste que había gente atrapada aquí?, ¡sólo hay esqueletos!. El operario no entendía nada, mucho menos los vecinos. "Los hemos estado escuchando pidiendo ayuda y golpeando desde hace horas"- le explicó para luego voltear hacia la fosa y señalar con horror-, "¡JEFE: MIRE!!!". El ingeniero volteó y casi al mismo tiempo en que vió a los esqueletos ahí tirados, soltó la calavera, aterrorizado. Un horrendo frío recorrió su espinazo,....el esqueleto del cual había tomado el cráneo, tenía aferrada en una de sus huesudas manos, un tubo de metal.

 

Los fantasmas del casino

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Desde que se legalizaron los casinos en mi país, han proliferado en todas las grandes ciudades, llenos de sus luces y promesas de fortuna. Pero ahí termina la similitud con el mundo de glamour que nos vende el cine, al mejor estilo de Las Vegas: en mi ciudad,  como en todo el país, son lugares elegantes donde en las madrugadas vagan sombras de personas más que personas en sí: hombres y mujeres que buscan algo que no encuentran en sus vidas, jugando lo poco, mucho o nada que poseen. Espectros de vivos más que otra cosa son, y yo, por un tiempo era uno de ellos. Estos sombríos y tristes ambientes eran, al menos para mí, el último lugar en el mundo en que pensé toparme con seres del Más Allá, pero eso fue a final de cuentas, lo que precisamente sucedió,...

                                                                                       

Era una época oscura de mi vida. Solitario y deprimido, mi trabajo y los buenos negocios que lograba día a día, no llenaban para nada mi existencia. Luego de alegrarme -incluso saltando, alzando los brazos y dándome hurras a mi mismo-, al final de un día en el que mi billetera estaba a punto de reventar de dinero, terminaba dándome cuenta que no me servía de nada, cuando al caer la noche me encontraba solo, sin alguien a mi lado con quién disfrutarlo o compartirlo. Aunque sea un afecto sincero siquiera. Solo otra vez.

 

Aquella noche no tenía ganas de regresar a mi casa; en realidad no tenía ganas de nada. Después de pasar gran parte de la noche en un bar bebiendo solitariamente, ingresé al casino. Me había vuelto ludópata -y no tengo vergüenza en admitir que aún lucho contra ese vicio-, y a pesar de que no llegué como otros a perder todo en el juego, me estaba ocasionando un significativo forado en mi economía.

 

El casino en cuestión -uno de los más importantes en esa época en la ciudad-, ocupaba, como era habitual en esos tiempos, los ambientes de un antiguo banco quebrado durante la crisis económica de los ochentas. Era el ambiente excelente para ser casino: amplio, techos altos y una caja fuerte heredada de su pasado uso; no era el primer lugar en la ciudad que, siguiendo un destino, un karma, recibía como en otros tiempos, dinero a carretadas, aunque ahora de otra forma.

 

Era ya de madrugada. El lugar estaba casi desierto, salvo por los eternos trasnochadores de siempre, ya totalmente absorbidos por el vicio. Algunos ricos, algunos pobres, pero todos imposibilitados ya de controlar su adicción. Apoyadas en la barra del bar, cabeceaban las camareras, jóvenes que, luciendo diminutas minifaldas, prácticamente vivían ahí, esclavizadas a su belleza, recibiendo un sueldo de hambre. Era un ambiente tremendamente triste. Era excelente para mí, por que así se sentía mi propio corazón.

 

Tras avanzar por en medio de las máquinas tragamonedas, tambaleándome bajo los efectos del alcohol, una atenta y despierta camarera -seguro era su primer día- , me invitó a subir al segundo piso, mientras ponía en mis manos un vaso de licor: estrenaban una mesa de ruleta electrónica esa noche. Como yo no jugaba a ese juego hacía mucho, fui a la caja a que me den una tarjeta electrónica para jugar y subí despacio las escaleras.

 

Arriba sólo habían cuatro personas, sentadas en la mesa de la ruleta: un fornido hombrón en mangas de camisa, gordo y siempre sonriente, un joven barbado y descuidado en su vestimenta, una señora de unos cuarenta años, elegante y bien arreglada y una señora de unos 60 años, con apariencia de una abuelita bonachona.

 

Había dos asientos libres, así que me senté tras dedicarles una silenciosa venia. Todos asintieron con la cabeza y comencé a jugar. Conforme avanzaba la noche, comenzaron a conversarme, haciéndome sentir parte del grupo: Don Porfirio era el nombre del hombrón, siempre sonriente a pesar de los reveses en sus jugadas. Su tez morena y sus gestos campechanos evidenciaban que era un agricultor algo adinerado, pero venido a menos. César, en cambio, el joven de peinado descuidado y barba de tres días era uno de esos tipos desesperados y sin fortuna que esperan el día en que les llegue la suerte. Susy, la mujer elegante, era la esposa de un empresario que jamás estaba en casa y que mataba las noches de soledad gastando su dinero, y esperando alguna fugaz aventura. Doña Lupita era una viuda sin hijos, que entró una vez al casino y no salió ya más.

 

"¿No vienes mucho por aquí, verdad?"-, me soltó Susy, sentada a mi lado, con una voz muy melosa y haciéndome notar su espectacular delantera enfundada en su ajustado suéter de casimir. "¿por qué tan solito?". Se notaba que había puesto su mira en mí. A pesar de sus años era una mujer muy atractiva. "Por que sí...." -, fue mi respuesta. No deseaba que nadie me preguntase acerca de mi vida.

 

"Ten cuidado, muchachito"-, me dijo en tono de confidencia Don Porfirio, pícaramente, codéandome-, "que si Susy te agarra, ya no te suelta". Casi de inmediato soltó una tremenda carcajada que hizo retumbar el lugar. "¡Cállate viejo viagra!" -, le soltó Susy junto con un pellizcón, ocasionando que todos se rieran también. "¿Por qué tan seriecito, corazón?" -, volvió a la carga Susy. "....Cómo no voy a estar serio, si estoy perdiendo"- le dije. Mostrando su mejor sonrisa, volvió a la carga: "si es por dinero, no te preocupes; yo te presto,..."- dijo para luego voltear y alzar la mano-, "...señorita: dos escoceses en las rocas, por favor".

 

Mientras la camarera nos traía las bebidas, el resto siguió la plática. Don Porfirio llevaba la voz cantante, como siempre: "¡bah!, ¿y qué si se pierde?, yo voy perdiendo 350 y no me quejo....". Yo ya voy 600" -, agregó César, cogiéndose la cabeza de desesperación para luego dar un puñetazo a la máquina-, "¡maldición, esta porquería está arreglada!".

 

"Cuidado Cesaritos, que te van a botar,..." - intervino Doña Lupita con tranquilidad, soltando un suspiro-, "yo voy 180 perdidos, pero que más da, ¿de qué me sirven si estoy sola?...". Aquella gente era de cuidado: me estaban desplumando pero casi ni se inmutaban de las pérdidas que tenían. Alcé la vista y me encontré con los ojos azules de Susy, tendiéndome un vaso; "¿y a quién le importa?, ¡es sólo dinero!"-, me dijo como si leyese mi pensamiento.

 

De repente, Doña Lupita soltó un profundo suspiro y dijo: "....si al menos viese a Patty otra vez,..."-, lo dijo como si fuese la tal Patty la persona más importante en su mundo. "...¡ya van a empezar con sus historias!"-, exclamó molesto César, apurando de golpe su cuba libre. "Por que no crees en ella, ella no se te aparece...." -, le respondió la mujer con tranquilidad. Habían picado mi curiosidad y no me pude resistir a preguntar: "¿y quién es esa Patty?". Todos se miraron a los ojos, como preguntándose si debían revelármelo. A los pocos segundos Don Porfirio respondió con un guiño: "es un fantasma".      

 

"¿Un fantasma, y cómo es eso?"-, interrogué ansioso. Todos guardaron silencio y dejaron que Doña Lupita comenzara el relato. Ella lo hizo con respeto, levantando la vista, como si le hablase a alguien más: "cuando abrió este casino, entró a trabajar una chiquilla; tenía menos de 18 años así que mintió para conseguir el empleo. Era muy hermosa,...tenía una carita de ángel" - suspiró de nuevo y prosiguió -, "era taaaan buena!...".

 

"Preciosa realmente" -agregó Susy-, "mucho más que yo a su edad". Doña Lupita la interrumpió, haciendo énfasis en lo que quería resaltar. "No sólo era su físico: era su alma. Siempre aconsejaba, te daba ánimos. Escuchaba tus problemas. Todos la querían y la respetaban. Si algún viejo verde la molestaba, no intervenía la Seguridad del casino: todos los clientes nos parábamos y sacábamos al insolente. Ella estaba sola en el mundo y nosotros éramos como una gran familia y ella era como nuestra hija".

 

"Era la hembra más rica que haya conocido,..." -, exclamó César, interviniendo groseramente en el relato. "!Cállate imbécil; respeta a los difuntos!!" -, le soltó de golpe Susy. César le soltó un ademán con la mano y siguió jugando. "...Una noche, Patty se despidió y salió apurada...." -retomó el relato Doña Lupita, ahora más seria y triste-, "nunca se supo adónde se iba ó con quién. Tomó un taxi cualquiera, no de los de la empresa que hace servicio a los empleados del casino".

 

De pronto, la ancianita comenzó a sollozar. Todos bajaron la mirada, muy serios. "Apareció a la mañana siguiente,....la habían matado. Unos malditos la habían violado y la tiraron degollada en un descampado, como si fuese un animal,... ¡malnacidos, ojalá se mueran todos!!!..."-, culminó la pobre mujer.

 

"Desde entonces, se aparece acá en el casino; aparece y te ayuda cuando tienes problemas"-, sentenció Don Porfirio. "yo nunca la he visto" -, intervino Susy. "Es que tú tienes plata, cariño: sólo ayuda a quién de veras lo necesita- , agregó la anciana-, "¿sabes?, una vez hice una tontería: aposté toda mi pensión a las tragamonedas. Tenía deudas y no me quedaba más que 5 soles. Me puse a pensar en ella. No la ví, pero sentí que estaba ahí conmigo: jugué de nuevo y la máquina me dio ¡tres veces seguidas el premio máximo!".

 

"Una jugada en un millón...." -, volvió  hablar César. "Si, es cierto -dijo la Doña-, "y yo por ambiciosa, quise seguir jugando, ¡y la máquina se apagó de pronto por completo!; ¡algo extrañísimo, ni el personal del casino sabían por qué!; en fin, entendí que Patty me decía que coja la plata y que me vaya,.... Pasé una bonita navidad ese año,...".

 

"Yo sí la ví una vez..."-, comenzó a decir Don Porfirio-, "no la conocía hasta ese momento. Tenía deudas y el banco me dio un préstamo, ¡pero en vez de irme a mi casa me metí  acá y lo jugué todo,....eran como 5,000 dólares!!!; me quedé toda la noche. A la una de la madrugada, me quedaban apenas 100. ¡Pensaba en pegarme un tiro cuando llegase a la casa,... lo había perdido todo!; entonces se apareció a mis espaldas. Me ofreció un cigarro y con esa sonrisita tan linda que tenía, me dijo: "14 - 33 y 8",... y luego se retiró. No conocía su historia, así que lo tomé como una posibilidad. ¿Y sabes qué?, ¡jugué esos números y ¡los repetí cuatro veces en la ruleta y gané 8,000!!!, ¡JAJAJA!!!. "

 

"Cuando cobré y me iba a ir, le pregunté a una de las chicas: "oye, ¿cómo se llama esa chiquita de pelo negro lacio, con uniforme naranja y blanco?, ¡se ha ganado un premio!",...pero la chica me respondió muy seria, que no había ninguna chica trabajando con esas características,....y además, el uniforme naranja con blanco lo usaban dos años atrás, no como el de ahora que es azul"- , explicó apuntándome a la muchacha que nos traía cigarrillos. "Después me contaron que era una almita".

 

"Bueno, fue interesante la historia, pero ya me debo ir; me dejaron "limpio"-, les dije poniéndome de pie. "Nooo; quédate. Que yo sepa, la noche aún es joven"-, me dijo Susy. "Me gustaría, pero debo trabajar mañana"-, traté de explicarle. Al mismo tiempo, las bebidas habían hecho su efecto y necesitaba ir a los servicios higiénicos. Ví de pronto  un empleado de limpieza que entraba rápidamente a un cuarto al lado de la mesa y salía igualmente de rápido-, "¿ese es el baño?". Todos se quedaron mudos de pronto. "mejor ve al del piso de abajo"-, me sugirió Don Porfirio. "¿Pero por qué si éste está más cerca?"-, inquirí. "....Por que Patty no es el único fantasma que hay aquí....", - , me respondió Doña Lupita, mostrándome el temor en sus ojos.

 

"¿Me dejan contarle ésta?" -, exclamó de pronto muy emocionado César. Todos asintieron-, "¡bien!; esta te va a gustar. ¿recuerdas que éste lugar era antes un banco?". Asentí con la cabeza: "sí, mi hermano mayor trabajó aquí...". Se notaba que César se regodeaba contando la historia, a pesar de estar ya totalmente ebrio. "¡Pues bien!, hace unos 10 años hubo un desfalco, ¿te imaginas?, ¡millones de dólares se hicieron humo!,...¡eso sí es dinero de verdad! .Como iba diciendo, acusaron al sub-gerente general, pero muchos dicen que el responsable era el gerente general, que era un tipo emparentado con los dueños del banco. En resumen, cuando apareció el escándalo en los periódicos, el sujeto vió desde su oficina llegar a la policía para detenerlo. Se paró, se fue al baño de empleados y se ahorcó. Pero, ¿sabes qué?, yo creo que lo "silenciaron" para que diga no nada, ¿comprendes?".

 

"Es un alma atormentada" -agregó Don Porfirio-, "¿viste a ese tipo que salió como alma que lleva el diablo?, nadie entra ahí y si lo hace, no se queda mucho tiempo". Mirando la puerta cerrada, le respondí: "yo tampoco me quedaré mucho. Además, si busca venganza, no creo que tenga nada contra mí". Me miró como un padre ve a su hijo. "¿No escuchaste?, ese tipo fue asesinado, no es una buena alma. Yo que tú no iría". Pensando en aquel momento más en mis necesidades fisiológicas, finalmente me decidí: "ya vuelo"-, les dije. La única que me contestó fue Susy: "te espero aquí, corazón,...".

 

Al cerrar la puerta tras de mí, no percibí nada dentro del baño. Estaba limpio y aseado y del exterior no se oía nada más que los sonidos propios del casino. Hice lo que tenía que hacer y ya presto para salir, me encontraba en el lavado aseándome. Pensaba si en hacerle o no caso a Susy, mientras me miraba al espejo. Igualmente, pensaba en que aquel baño no revestía nada que diese temor. En eso pensaba cuando sentí el primer golpe.   

 

Mi rostro golpeó duramente contra el espejo, pero no lo llegó a romper. Me tenían firmemente agarrado del cuello, apretando mi cara contra el cristal, impidiéndome ver al agresor. Tenía manos extraordinariamente fuertes y la que me agarraba la cara como si fuese una tenaza. Casi al instante sentí la descarga: tres fuertes mazazos con el puño de mi cobarde oponente rehundieron en mi costado, justo en el hígado, sacándome de golpe todo el aire. Mis brazos cayeron a ambos lados como si de un muñeco de trapo fuesen. Estaba yo indefenso e incapaz de defenderme. Cuando apenas estaba reponiéndome, sentí ambas manos alrededor de mi cuello. Me estaba ahorcando. El maldito que me atacaba rodeó con sus dedos mi cuello, asfixiándome. Sin poder pedir ayuda, tratando de respirar, comencé a agitar las manos como loco, tratando de asirme a algo para responder al ataque. Mi cara seguía pegada al espejo. Quería gritar y no podía, mientras sentía esos horrorosos dedos comprimiendo, tratando demencialmente que yo deje de respirar para siempre. Apenas pude abrir el grifo del agua en mi vano intento de buscar algo que me sirviese como un arma.

 

Cada segundo que pasaba trataba en vano de decir "ayuda,... ayudaaa..." y lo único que salía de mi garganta eran estertores y sonidos guturales. Afuera nadie me escuchaba y sólo podía oír la mecánica voz femenina de la ruleta electrónica diciendo: "...HAGAN...SUS APUESTAS, SEÑORES....NEGRO EL 26..." . Cuando casi me daba por vencido, me sentí de pronto alzado en el aire: el muy maldito era más alto y más fuerte que yo y sosteniéndome con ambas manos por el cuello, me levantó del suelo. Sentí con terror cómo mis pies se despegaban del piso. Desesperadamente con las puntas de mis pies trataba yo de apoyarme de nuevo.

 

No sé si fueron minutos o segundos los transcurridos, pero conforme sentía la terrible falta de aire, las venas de mi cabeza a punto de estallar y como que mis ojos se salían de sus órbitas, el sujeto que intentaba asesinarme separó mi cara del espejo, y así pude ver finalmente la cara de mi agresor: no tenía cara....

 

¡NO HABÍA NADIE AHÍ!,.... Vi con horror cómo yo flotaba en el aire, a escasos centímetros del suelo: ese ser invisible, me ahorcaba salvajemente, pero sólo podía ver la forma que sus también invisibles dedos marcaban alrededor de mi cuello. Ahí sentí lo que me parece, hasta hoy, lo que se debe sentir al morir: una sensación de extraño vacío, una sensación de abandono, un embotamiento de las ideas,.... No sé cómo describirlo.

 

Cuando casi ya aceptaba mi destino, aquella entidad me agitó en el aire como un muñeco unas cuantas veces, para luego dejarme caer pesadamente al suelo. Sentir de nuevo el aire entrando en mis pulmones es una sensación que no olvidaré jamás. Tardé un buen rato en incorporarme,.... si no hubiese ido al baño minutos antes, tengan por seguro que me hubiese hecho encima. Sudaba yo a mares y mi pulso estaba apenas componiéndose cuando mirando mi deplorable estado en el espejo, y sorprendiéndome por las rojas marcas de dedos en mi cuello. A través del espejo pude ver a mis espaldas cómo la puerta de metal de uno de los excusados se abría y cerraba a una velocidad fenomenal, casi desprendiéndose de sus goznes. No lo pensé dos veces, ese ser quería que me largase y así lo hice.

 

Salí como una tromba del baño. No pensé en nadie ni en nada, sólo quería salir cuanto antes de ese lugar. Al pasar por la mesa de la ruleta, todos comenzaron a reírse con fuerza, sin importarles mi deplorable estado; ¡malditos desgraciados!, pensé que eran mis amigos...

 

Al bajar las escaleras tambaleándome dirigiéndome a la salida, comencé a respirar mejor. Los demás empleados del casino estaban tan adormilados que ni se fijaron en mí; pensarían que era simplemente yo otro borracho que se iba. No dejaba de temblar e instintivamente volteé hacia tras para ver si "eso" me seguía, y ahí fué cuando la ví: estaba parada atrás de dos señoras que jugaban en una tragamonedas. Era delgada, de pelo lacio oscuro, su cuerpo delgado enfundado en una blusa blanca y una minifalda naranja. Llevaba en la mano una charola con cigarrillos. Nadie la miraba excepto yo. Me miró fijamente, con una mirada que mostraba una infinita pena. En silencio, comenzó a menear su cabeza; entendí que me decía que no volviese. Eso fue lo que hice.

 

Los moretones en mi cuello tardaron en sanar. Jamás  volví a ese casino. Aún juego pero por nada del mundo iría de nuevo allá. Al poco de lo que me pasó, me enteré que la gerencia del casino decidió clausurar el segundo piso del mismo, ignoro por qué. Sólo sé que algunas amigas mías han trabajado ahí después de ese día y todas aseguran haber visto a Patty en más de una ocasión. Con respecto a "lo otro", ese baño ahora es un depósito lleno hasta el techo de cajas.

El salón que conecta con el Más Allá

 

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Mi tío Francisco era un tipo de esos rudos que no creían en fantasmas ni nada que se le parezca; no lo culpo. Él, a sus 60 años había sido educado en una época en que si los padres de un crío le escuchaban hablar de aparecidos y cosas de esas, consideraban que mentía, y la mejor forma de quitarle la costumbre de decir mentiras eran unos buenos azotes. Por eso me fue muy interesante cuando, una noche en una reunión familiar, me contó una experiencia que le había ocurrido cuando niño.

 

"Quiero que sepas que te cuento esto sólo a ti" -me dijo-, "no quiero que nadie en la familia piense que estoy loco". Tras hacerle entender que su secreto estaría bien guardado conmigo, el tío Francisco se acomodó en su sofá y se sirvió otro vaso de cerveza para acompañar su relato. Estábamos en una sala de su casa; era un día de fiesta: el cumpleaños de su hermana, mi tía Claudina. En realidad no eran tíos míos; eran parientes sí, pero el vínculo familiar era tan lejano que, cuando me explicaban el árbol genealógico de la familia, desistía de entenderlo. Para mí y para mi familia, eran nuestros parientes y ya.

 

Su inmensa casa, de construcción muy antigua, contaba con varios salones, por lo que no era difícil alejarnos del jolgorio como en esa ocasión en que estábamos ambos solos, en un salón apartado, en total confidencia. "Tú sabes que en este pueblo siempre se cuentas historias de duendes y aparecidos" -prosiguió su relato-, "a mí siempre me han parecido cosas de vagos, de gente que no tiene otra cosa que hacer que inventar tonterías. Igual, de esta casa, cuentan siempre la historia de los hijos de la empleada que desaparecieron sin dejar rastro....". Sí había escuchado esa historia, que decían pasó en la época del bisabuelo del tío Francisco.

 

"....Pero una vez, cuando era niño, me pasó algo que hasta ahora no puedo entender: te lo cuento para que tú me digas qué fué...". Veía en los ojos de aquél hombre la necesidad de saber la verdad de un capítulo oculto de su vida. Mintiendo descaradamente, le dije que yo desentrañaría lo que le aflijía. "Yo tenía 12 años"- recomenzó a relatar su experiencia-, "había una fiesta así como ahora; era el cumpleaños de la abuela Petronila. En esos tiempos, los cumpleaños duraban tres días, venía todo el pueblo, había mucha comida y bebida. Los hombres se sentaban en los salones, y las mujeres cocinaban para todos los visitantes. Los niños no podíamos estar ni en los salones ni en la cocina; debíamos jugar en el patio".

 

"Para esa fecha, mis padres me vistieron con un traje nuevo, de camisa blanca, chalequín azul, pantalones arriba de las rodillas, medias altas y los zapatos del domingo: yo estaba furioso por eso. Yo vivía feliz correteando sin zapatos por el campo, subiendo árboles, cogiendo higos de los huertos, robando huevos de pato en el sembrío del vecino,...."-  decía mientras reía recodándose como un pequeño mataperros-, "....ese traje era como un castigo para mí; para contentarme, mis padres me compraron también una enorme pelota roja. Estando ya en el patio, con los demás niños, y todos se burlaban de mi aspecto".

 

"No aguanté mucho; me peleé con todos y me metí a la casa, buscando paz. Sin pedir permiso a nadie, me metí en el salón viejo. Estaba prohibido en mi casa que yo o mis hermanas jugásemos ahí: en ese salón estaban las pinturas de los parientes, el reloj de péndulo y el viejo fonógrafo. Me imagino que mis papás no querían que los rompiésemos. No había nadie en el salón, así que me puse a jugar, solo, con mi pelota. Me paré frente a la pared donde estaba el reloj y comencé a botar mi pelota contra ella. Tirana la bola al suelo, rebotaba, golpeaba la pared y la cogía con mis manos; así una y otra, y otra vez. " 

 

"De pronto, el viejo reloj comenzó a repicar: eran las tres de la tarde. Años después escuché decir al cura del pueblo que las tres de la madrugada era la hora del diablo y de los duendes, pero en ese momento eran las tres de la tarde. Paré un rato, tomando mi pelota con ambas manos, mientras el reloj daba las tres campanadas. Una vez que el reloj dejó de sonar, lancé la pelota contra el suelo. El balón golpeó contra los ladrillos del piso y sonoramente, se elevó hacia la pared......¡Y LA ATRAVESÓ POR COMPLETO!, ¡NO TE MIENTO, POR DIOS: LA  PELOTA DESAPARECIÓ, COMO SI HUBIESE ATRAVESADO UNA PUERTA ABIERTA, LA PARED ESTABA INTACTA Y LA PELOTA NO ESTABA!!!."

 

"Yo era un niño; estaba más maravillado que temeroso. Pude escuchar a través de la pared cómo el balón rebotaba contra el suelo, muuuy lejos, haciendo un grave eco. Me acerqué a la pared y tendí mi mano,....y pude ver casi sin creérmelo cómo mis dedos y luego toda mi mano desaparecían frente a mis ojos, a medida que atravesaban la pared. ¡Jamás en mi vida había visto yo algo así ni lo volví a ver!; yo sentía claramente que mi brazo estaba en un lugar frío; podía mover dentro los dedos. Cuando retiré mi mano de ahí, ésta estaba envuelta en una pequeña película grasosa y transparente,... como cuando te frotas aceite. Volví a meter mi mano un par de veces para constatar el prodigio. En ese momento, "algo" me dijo que debía dejar de hacerlo. Saqué de nuevo la mano de la pared y pensaba en cómo recuperar mi pelota cuando ví que la pared se arqueaba hacia afuera..."

 

"No me dió tiempo para reaccionar: ¡UNA MANO HORRIBLE, DE UÑAS COMO GARRAS, NEGRA, NEGRÍSIMA, SALIO DE LA PARED Y ME AGARRÓ FUÉRTEMENTE DE LA MUÑECA!, ¡ERA FRÍA Y VISCOSA, SE AFERRABA A MI PEQUEÑA MUÑECA COMO UNA SERPIENTE, COMO UNA BABOSA, ERA HORRIBLE!!....sólo sé que esa "cosa" no era humana..... Me quedé paralizado del miedo mientras esa "cosa" me arrastraba, en silencio hacia la pared. Estaba tan aterrado que no grité: sólo atiné a defenderme pataleando, jalando, berreando, golpeando con mi puñito, tratando de zafarme. Tenía una fuerza superior a la mía,.... muy superior a la de un hombre. No pude hacer nada mientras sentía cómo, inexorablemente, introducía todo mi cuerpo dentro de la pared, en medio de una oscuridad profunda, en la que no había ningún atisbo de luz...."

 

"No sé cuánto rato pasó, pero comencé a sentirme muy liviano. Era una sensación fría y opresora. Oía yo por todos lados risas inhumanas, llantos, gemidos, y gruñidos de criaturas que no pude identificar. Era muy oscuro. Más oscuro que lo que jamás haya visto. Si abría los ojos, era como si aún los tuviese cerrado. No flotaba en el aire, era como si más bien flotase en un líquido muy espeso y frío. Ya siendo mayor, una vez metí mi mano en un barril de petróleo: era una sensación muy similar. Pero no estaba solo: aparte de las voces que venían de ningún lado, y que me aterraban,...algo más había ahí conmigo,.... Era como si unas criaturas "nadasen" alrededor mío,.... Las sentía moverse a mi lado, rodearme, gruñir,....era horrible. En un instante, sentí algo redondo cerca de mi cara: le toqué y supe que era mi pelota. Al tratar de cogerla, una de esas "criaturas" se me abalanzó y me mordió: grité muy fuerte al sentir esos colmillos que se incrustaban en mi mano. Me recogí en mí mismo, sollozando. Me puse en posición fetal. Parecía que aquellas criaturas de ese horrendo lugar disfrutaban con mi dolor. Las escuchaba riendo gravemente".

 

"No sé cuánto tiempo estuve ahí: parecían siglos. Me empezó a llenar una infinita sensación de abandono, de dolor, que me oprimía el pecho. ¿Alguna vez has sentido miedo a la muerte?, pues yo sí y muchas veces,.... pero esa sensación era distinta, no sólo temía no volver nunca, no ver de nuevo a mi familia,... era una sensación a desaparecer, a estar solo siempre,....era terrible; es algo que no quiero volver a sentir jamás...." - en ese punto, el tío Francisco comenzó a sollozar. Gruesas lágrimas comenzaron a derramarse por sus arrugadas mejillas, juntándose en su enorme nariz. Trató de sobreponerse, de volver a tener entereza, pero no podía. Mientras aguardaba, pude ver un par de alargadas y triangulares cicatrices en el dorso de su mano derecha: siempre había pensado que eran producto de alguna pelea.

 

"Nunca supe qué pasó después..." -retomó de pronto su relato-, "abrí lentamente los ojos y estaba tirado en el suelo de la sala, junto al reloj. Caminaba como borracho. Ya estaba oscuro, el reloj marcaba las 7 de la noche. Nadie se había percatado de mi ausencia. Cuando fui donde mis padres, me reprendieron: tenía esas marcas en una mano y llegaba sin mi pelota y como embadurnado de aceite de pies a cabeza. Mi traje era una lástima. Ni qué decir que me dieron una buena zurra: seguro que me estuve peleando con algún mocoso, pensaron. Mientras mi madre me limpiaba, recriminándome, me di cuenta de que sostenía un papel en la otra mano: era éste...."

 

Sacando un papel viejo de su cartera, el tío Francisco me dijo que lo guardaba consigo desde entonces: era un papel muy viejo y arrugado. Por un lado estaba impreso un programa de misas de la parroquia del pueblo,...y la fecha era 16 de Mayo de 1868. Definitivamente estaba impreso con tipos antiguos. Al reverso, un dibujo: un niño parecía haber dibujado una vaca y tres personajes con carbón: una mujer mayor y dos niños.

 

"Mis padres querían a toda costa que les diga quién me había golpeado y robado mi pelota, eso era lo que creían. Nunca me atreví a contarles nada. Mi papá me compró una bicicleta y la puso sobre un ropero en mi cuarto: me la daría si confesaba. Nunca dije nada y la bicicleta se quedó ahí muchos años. Esa es la historia; dime, ¿dónde estuve?".

 

Tuve que ser sincero y decirle que no podía responderle. Lo tomó con calma. "Cuando me dicen que cumplo años, me río por que pienso que me faltan cuatro horas de mi vida,... pienso que me faltan cuatro horas en todo" -me dijo. Le prometí que trataría de investigar-, "....no me da miedo ya morirme, a mi edad,...pero me da miedo pensar en que si muero,....tal vez vuelva a ese sitio...."

 

La noche ya avanzaba cuando terminó la fiesta y junto con mi familia, me apresuré a despedirme de la parentela. Una vez más, demostrándome a mí mismo que no puedo con mi genio, decidí salir de la casa de mi tío por el camino más largo: atravesando el salón antiguo. Estaba oscuro y en orden: nadie estuvo ahí durante la fiesta. Estaba limpio y ordenado, como siempre. Atravesando la penumbra, me paré frente a esa pared, al lado estaba el viejo reloj, que aún funcionaba. Miré un buen rato la pared, hasta que me dí cuenta que el reloj estaba marcando cinco minutos para las tres de la madrugada. No había bebido casi nada,...pero sentí como si el piso se inclinase hacia ese lado del salón. No me atreví a quedarme hasta esperara que fueran las tres.               

Rastros de visitas extraterrestres en el antiguo Perú

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados norteamericanos descubrieron algo que dió bases sólidas a la ciencia no oficial, conocida hoy en día como la Astroarqueología: mientras se desplegaban por todo el Pacífico, en su esfuerzo para derrotar al Imperio japonés, instalaron campos aéreos en cada pedazo de tierra disponible; al hacerlo, entraron en contacto -sin querer-, con los últimos pueblos no contactados del mundo, y que desconocían por completo a la civilización occidental. Esto se dio principalmente de Nueva Guinea, Nueva Caledonia y el archipiélago de las Nuevas Hébridas. Tras esos contactos, y ya culminado el conflicto, los americanos partieron,... pero al regresar tiempo después, ¡descubrieron que los primitivos habitantes, habían convertido sus pistas de aterrizaje en lugares sagrados!; los pueblos contactados en la guerra, habían creado religiones: las pistas eran templos, creaban figuras de aviones,... que simbolizaban a "sus dioses venidos del cielo". Esto permitió que los primeros astroarqueólogos, tuviesen un punto de sustento, para alegar la posibilidad de que los extraterrestres bien podrían haber sido los dioses del pasado. 

 

Al parecer algo similar sucedió en el Perú, en un pasado remoto: sin tomar en cuenta todos los mitos del Perú precolombino, que reseñan que los dioses de los antiguos peruanos provenían del cielo -y que ahí regresaron eventualmente-, un ojo atento puede encontrar otros rastros, del paso de visitantes del cosmos por nuestras tierras: existen dos danzas típicas del Perú que, si uno revisa atentamente los mitos y leyendas acerca de sus orígenes, descubrirá con asombro, que tal vez la historia no necesariamente como la conocemos,... 

 

La danza de las Pallas de Corongo

 

Considerada como una de las danzas más bellas del ande peruano, esta danza cuenta con una leyenda oficial, y con una serie de mitos que sólo es conocida por muy pocos: en la versión oficial de los orígenes de esta danza, es de origen incaico; dice que Cápac Yupanqui, el conquistó a los Conchucos. La victoria no fue nada fácil, pues ofrecieron dura resistencia. Según la tradición, los caciques del lugar lograron salvar a su pueblo, enviando a sus más bellas hijas ante el vencedor, pidiendo paz sin venganza. El guerrero cuzqueño, impresionado por la belleza y el atuendo de estas embajadoras, accedió. Antiguamente esta danza se bailaba en todo el Perú antiguo, quedando ahora solo presente, en su último reducto de Corongo.  

 

Sus orígenes como danza ritual son evidentes, pero si uno escarba un poco más, encontrará detalles sorprendentes: algunas leyendas muy antiguas, en la región Ancash, que refieren que el origen verdadero de las Pallas, es recordar la aparición -no se señala cuándo-, de unos "seres", que aparecieron ante los antiguos pobladores peruanos quienes los describieron así: "hermosísimos, brillantes como el oro, que se desplazaban de una manera extraña,... como danzando solemnemente". La mejor descripción la podemos lograr de la vestimenta de las Pallas de Corongo: una "corona", que es un extraño armazón circular, cual casco, tapizado de flores, de plumas, con un espejo redondo en la parte posterior. Una "pechera" (pectoral) en forma de corazón, recamada de oro, plata y preciosos brillantes, esmeraldas, topacios (hoy las joyas son de fantasía); espejuelos rosetados por todo el resto de la vestimenta,... como si fuese necesario dar a entender la idea de "ser brillante"; y finalmente, el hecho de que las "remangadas" (mangas), de la Palla, asemejen "alas" y que el colorido de su ajuar, se diga que asemeja a la paloma silvestre (urpi); todo esto nos hace dar una fuerte sensación de que nos hablan, desde tiempos lejanos, de la visión de visitantes de muy lejos, de arriba,... y si a eso aunamos que Conchudos está muy próximo a las Cordilleras Blanca y Negra (uno de los lugares con más apariciones OVNI en el Perú), el enigma sólo nos puede llevar a una sola dirección.  

 

La danza de tijeras

 

Muchas, muchísimas son las leyendas acerca de los danzantes de tijeras, los "danzak"; brujos poderosísimos, capaces de lo imposible, seres misteriosos, que en secreto se reúnen en las montañas sagradas -los Apus-, para, lejos de toda mirada, entrar en contacto con sus "dioses", o como los conquistadores quisieron que se creyese: para "rendir culto y pactar con el diablo". 

 

La leyenda que corre aún en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, acerca del origen de los "Danzak" es la siguiente: "hace mucho, de la nada, apareció en medio de los campos un hombre: su cabeza brillaba como el sol, y mientras recorría los campos, hacía sonar dos pedazos de metal que llevaba en la mano: al oírlo, la gente dejaba de labrar la tierra, y lo siguieron todos, ese hombre los llevó a un cerro, y no se les volvió a ver jamás,..."

 

Al igual que con las Pallas de Corongo, la vestimenta de los "Danzak" está plagada de espejos,... solo que en este caso, la leyenda sí admite que representan el esplendor de estos seres; asimismo, si bien les decimos tijeras, éstas no lo son en realidad: son de dos placas independientes de metal de aproximadamente 25cm. de largo y que juntas tienen la forma de un par de tijeras de punta roma,... las cuales simbólicamente, pueden significar, a la vez herramientas,... o instrumentos de una función desconocida.

 

¿"Ángeles", visitando el antiguo Perú, mucho antes de que los ángeles cristianos, hiciesen su aparición entre nosotros?, ¿seres brillantes, que se desplazaban bamboleantes en su andar, como los primeros astronautas en la Luna, visitaron en un tiempo remoto, a los Conchudos?, ¿un testimonio de una "abdución", ocurrida hace mucho tiempo en la serranía de los andes del sur, y que fue tan dramática que su recuerdo sobrevivió al paso del tiempo?, ¿poderosísimos "magos", llegados de las estrellas, capaces de hacer cosas que para nosotros serían milagros?, ¿seres extraterrestres, portando en sus manos instrumentos de extraña forma y utilidad incomprensible, tomaron contacto con los chamanes precolombinos?, ¿estas danzas, nos hablan de cómo eran y se comportaban, los visitantes que alguna vez fueron llamados "dioses"?,... el enigma perdurará hasta que hallemos una respuesta,...

El "Japonés loco"

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

La noche era muy fría y ventosa. Carlos Bejarano, más conocido como "Carlitos" por todos en la redacción del diario "Últimas noticias", caminaba por las desiertas calles de Lima, mascando su rabia. Con apenas 24 años, pensaba si no se había equivocado de profesión: desde hacía dos años trabajaba con verdaderos "pesos pesados" de la prensa amarillista nacional, y los únicos encargos periodísticos que recibía eran hacer reportajes estúpidos que nadie quería hacer, como el que tenía entre manos: averiguar todo lo que se pudiese sobre una pelea entre campesinos, en un pueblo a las afueras de Lima.

"Acá dice que un japonés es acusado por todo el pueblo de hacer brujerías con sus animales" -leyó el jefe de prensa, a la vez que le entregaba la nota enviada por un periódico amigo-, "fueron todos a quemarle su casa y él se defendió con una espada samurai: puedes sacar una nota bien "sazonada" con eso". Los otros reporteros recibían encargos como entrevistar a políticos en la clandestinidad, peligrosas investigaciones sobre corrupción en el gobierno militar, e incluso, pícaras entrevistas con sesión de fotos a alguna vedette, y a él le daban esa ridiculez.

Las risas de todos los reporteros casi hicieron venirse abajo las vetustas paredes del viejo edificio dónde estaba el periódico. "¡Acábalos tigre! - le dijo a la vez que soltaba un fuerte manotazo en la espalda el reportero de policiales. "Y de paso tráenos fruta, jajajaja" -agregó burlonamente un veterano reportero de pelo canoso. Carlitos no dejaba de pensar en renunciar mientras se dirigía a su pensión en el centro de Lima. La fría noche hizo que se abrigase mientras pasaba por un retén militar; era el año 1973 y con los militares en el poder, la ciudad parecía asediada. Su salvoconducto le permitió una vez más seguir su camino. "¡Cualquier reportero del mundo mataría por trabajar acá ahora y yo tengo que investigar tonterías!" - pensaba -, "bueno, al menos por un día, me alejaré de este clima del asco".

El aire cálido del valle costeño le dio de lleno en la cara cuando descendió del destartalado ómnibus. El pueblo era como cualquiera del llamado "Sur chico"; casas de adobe, calles de tierra y uno que otro campesino montado en burro atravesándolas. Según sus notas, el japonés del lío ese era un hombre ya entrado en años, venido de su país al acabar la Segunda Guerra. Al preguntar a los lugareños por el domicilio de Nakatoshi Oda recibió todo tipo de respuestas: "....ese viejo miserable le mató tres corderos a mi cuñado"-, le dijo uno. "Tiene pacto con el diablo"-, agregó el cura. "Seguridad del Estado debería llevárselo" -, declaró un Guardia Civil. Una rara mezcla de odio y miedo se notaba en todas las declaraciones recogidas. Un apodo más bien, era usado por todos: "el japonés loco".

Tras recabar el testimonio del comisario, Carlitos se dirigió al otro lado del pueblo, donde se hallaba la casa del nipón. La autoridad policial le aclaró en algo el panorama: Oda, era un taxidermista -la parecer uno muy bueno, casi genial-, al cual el pueblo veía por eso con recelo. La pérdida de animales en el pueblo, seguro robados por delincuentes, le fueron achacados por todos a Oda, azuzados por algún envidioso. Pensando en que el reportaje no valía para nada el tiempo invertido, Carlitos Bejarano se detuvo viendo sus apuntes frente a la casa de Oda. Era muy fácil dar con ella: era la más grande y bien cuidada, comparándola con las demás.

La puerta apenas se abrió después de que tocase un buen rato. Un canoso y nervioso oriental apenas se dejó ver a través de la puerta: "¡ya dije todo a detective!..." -dijo en un muy pasable español-, "¡váyase!". Carlitos había decidido hacer bien su trabajo, así que usó algunos artilugios aprendidos en el diario; mintiendo descaradamente, le dijo a Oda que estaba escribiendo un libro sobre extranjeros exitosos viviendo en el Perú. "Colonia japonesa no quererme" -replicó el japonés-, "¡no participaré!". Bejarano continuó diciendo que no venía de parte de la colonia de residentes japoneses; dijo que venía por encargo del gobierno, dada su fama de experto taxidermista.

Nakatoshi Oda mordió el anzuelo: Carlitos sabía lo respetuosos que son los nipones con respecto a la autoridad. La puerta de la casa se abrió para él, aunque la mirada inexpresiva de Oda no cambió un ápice. Ya sentados en la sala, el reportero vió sorprendido su trabajo: sentado frente a una diminuta mesa, con una taza de té en las manos, Carlitos no podía dejar de extasiarse con lo que veía: decenas de animales de todos los tipos lo rodeaban. Jaguares selváticos, venados, aves de todo tipo y un oso de anteojos, perfectamente disecados, le parecían observar,.... parecía que esos animales estuviesen vivos.

Su anfitrión gradualmente le comenzó a hablar de su arte, del tiempo que llevaba viviendo en el pueblo, y también de lo sucedido hacía unos días con los lugareños. Se notaba que el nipón no había recibido una visita en años, ya que se esforzaba por mantener interesado a su joven entrevistador. Oda veía complacido cómo el joven ese tan simpático llenaba su libreta con cada palabra que él decía. Al pasar las horas, el té verde dejó paso a unos excelentes piscos y macerados de frutas que se producían en el valle. Carlitos comenzó a tener mayor interés en aquel viejo solitario cuando le comenzó a contarle que había peleado en la guerra, en el Ejército Imperial japonés.

Los ojos del joven comenzaron a abrirse al escuchar las historias que salían de los labios arrugados de Oda. Su lápiz volaba por el papel al escribir datos tras datos que le parecían dignos de tomarse en cuenta. La noche avanzaba, los animales disecados de la sala lanzaban tenebrosas sombras que se alzaban por las paredes hacia el techo de la sala, iluminada apenas por la luz de una trémula lámpara de querosene. Carlitos no tenía miedo; se reía por efectos del alcohol, de las hilarantes y picarescas anécdotas de Oda en un burdel chino durante la guerra. Carlitos la estaba pasando de lo mejor, pero tuvo que despedirse de Oda al ver que ya era tarde y que no encontraría forma de volver a Lima.

Mientras regresaba por la carretera, el joven pensaba en si estaba bien o no haber seguido con la farsa: había prometido volver el próximo fin de semana para continuar el "reportaje" a su nuevo amigo. Pensó en que tal vez hacía bien al amenizar los últimos días de un pobre viejo solitario. Él también era un solitario, y había disfrutado la velada y las bebidas; además, regresaba a casa con un espléndido regalo: Oda lo había convencido de aceptar un precioso bonsái.

A partir de ahí, todos los domingos, por tres meses meses, Carlitos Bejarano visitó a Oda, iniciando sus tertulias al mediodía, y acabándolas muy tarde en la noche. El japonés nunca supo del motivo que trajo a Bejarano a su casa: la nota fue tan aburrida que jamás se publicó en "Últimas noticias". El reportero no dijo a nadie dónde iba, por lo que en el diario pensaban que tendría algún amorío o algo así: siempre llegaba los lunes a la redacción con unas tremendas resacas. Las tertulias entre el periodista y el japonés comenzaron a cambiar cuando Oda comenzó a tener más confianza en el muchacho.

En una de ellas, le reveló su gran secreto: Oda sirvió en una unidad especial del ejército nipón en China. A Carlitos nada le decían los nombres "Operación Maruta", "Escuadrón 731", "Fortaleza Zhongma", "Unidad Wakamatsu" o la ciudad de Harbin,... nadie sabía nada de eso en 1973, pero en vez de aterrarse, Carlitos quedó hipnotizado por sus revelaciones: hablaba de experimentos secretos en personas, horrendas disecciones sin anestesia y un inmenso cúmulo de horrores sin fin. Sus colegas en el diario "Últimas noticias" se jactaban de sus conversaciones con asesinos convictos, pero lo relatado por el viejo,... era demasiado. El joven periodista quedó fascinado y por nada del mundo impidió que aquel viejo borracho le contara todo.

Oda, bajo los efectos del alcohol, pasaba de cantar viejas canciones guerreras japonesas a pormenorizar los crímenes de los que fue partícipe, para luego, de pronto, echarse a llorar como un niño, recordando a sus camaradas muertos en combate. Le dijo que, así como a muchos, él fue indultado por los norteamericanos tras la guerra, los cuales le daban una jugosa pensión por los secretos de los experimentos que les reveló. Si vivía en un pueblito perdido en sudamérica, era por que prefirió alejarse de miradas acusadoras. Las libretas de Carlitos se llenaban ahora de datos caóticos casi increíbles. Tras esa delirante noche, pensó que tal vez había dado con el reportaje de su vida.

Al domingo siguiente, Carlitos llegó de nuevo a la casa del japonés. Estaba algo desilusionado por que no logró conseguir traer consigo una grabadora del diario, pero se contentaba que un colega le había prestado su cámara fotográfica. No sabía si le serviría de algo, pero le pareció buena idea. Como de costumbre, empezaron a vaciar metódicamente botella tras botella de licor, mientras Oda revelaba más y más su increíble y tenebroso pasado. Al anochecer, ya totalmente ebrio, comenzó a sollozar, mientras recordaba a su único amor, su esposa: Oei. El joven quedó extrañado; siempre había pensado que su viejo amigo estaba solo en este mundo. "Era joven y hermosa" - dijo Oda-, "la hice venir desde Japón y aquí nos casamos. Yo era muy feliz".

Temiendo ser indiscreto, Carlitos le preguntó por ella. "Murió hace 20 años"- le respondió enjuagándose las lágrimas-, "enfermedad desconocida. Murió muy joven". Cambiando de tema inexplicablemente, el japonés le soltó una frase intrigante: "mis jefes, durante la guerra, eran monstruos: sólo querían matar. Yo distinto: yo quería acabar con la muerte". Tras una pausa, retomó de nuevo sus historias de guerra. Casi a la medianoche, el anciano volteó hacia el joven periodista, lo miró con ojos perdidos y le dijo: "¿quieres conocer a mi Oei?". Pensando en que le mostraría algunas fotografías, Carlitos asintió. Se extrañó cuando el viejo oriental se levantó de su asiento y le dijo gravemente: "Ven conmigo".

Siguiendo al japonés que se tambaleaba por efectos del alcohol, Carlitos Bejarano fue tras de él, hasta el fondo de la casa. Frente a una pared, el viejo le miró sonriente, mientras tocaba con sus dedos una supuesta mancha en la pared. Ante los ojos sorprendidos del joven, la pared se deslizó silenciosamente, dejando a la vista una puerta secreta. Ambos personajes comenzaron a descender por unos escalones que se perdían en la oscuridad. No tardaron mucho para llegar al final de la escalera: Carlitos supuso que se hallaban bastante abajo del nivel de la calle. Una tenue luz al frente le indicaba que al frente suyo había una habitación.

Al atravesar el umbral, el periodista quedó helado frente a lo que tenía ante sus ojos: en una habitación muy estrecha, con las paredes llenas de instrumentos de metal que no pudo identificar, se hallaba Oda, mirándole, de pie junto a una mesa de piedra. Sobre la mesa, yacía un cuerpo. Era el cuerpo de una mujer; estaba desnuda y era realmente hermosa. Su piel pálida, muy pálida, demostraba que era un cuerpo sin vida,... pero su apariencia en general era la de estar perfectamente conservada. Carlitos miró a Oda buscando una respuesta.

"Es el trabajo de toda mi vida" -, le dijo, para luego acariciar el cabello negro azabache del cuerpo, mientras susurraba algunas frases en japonés-, "el proceso está casi terminado: muy pronto lograré que tenga temperatura normal y su piel tendrá otra vez su color original. Mi Oei estará conmigo por siempre". Carlitos seguía paralizado del asombro: si era cierto que ese cadáver tenía 20 años sin sufrir cambios, aquel viejo había hecho un descubrimiento fabuloso. Oda continuó sorprendiéndolo: "ven, toca...."- le pidió mientras tomaba un brazo del cuerpo-, "toca: no hay rigidez. Las articulaciones se mueven". El reportero tomó el brazo y continuó sorprendiéndose: se sentía y se movía igual como el brazo de cualquier persona viva. Cualquiera que la viese, pensaría que sólo estaba dormida.

De pronto, el viejo se descompuso y comenzó a llorar, cayendo de rodillas, tomando la mano de su esposa muerta, hablando en japonés. Carlitos aprovechó esa dolorosa escena: Oda no lo miraba, así que sacó la cámara que llevaba. Tomó tres fotos. Si aquello era cierto, necesitaría pruebas. Miró al pobre viejo borracho que lloraba amargamente: definitivamente era un genio, pero también el infeliz estaba totalmente loco. Lo alzó del suelo, tratando de calmarlo. Ayudándolo a subir las escaleras, dejaron aquella habitación, subiendo los dos muy trabajosamente.

Ya de nuevo en la sala, Oda comenzó a hablar: "tardé muchos años en lograrlo". Al periodista le faltaba cabeza para preguntarle; "...pero, ¿cómo es posible?....". El nipón le respondió sin dejar de mirar la mesa de madera frente a él: "....parte química, parte alquimia,.... nazis nos dieron libros que obtuvieron de países invadidos; los leí todos". A Carlitos le comenzó a dar vueltas la cabeza cuando el nipón le comenzó a explicar una intragable mezcolanza de fórmulas químicas, gases, recetas de pociones alquímicas extraídas de textos medievales y descubrimientos judíos y chinos acerca de "Golems" y la "píldora de la inmortalidad".

Oda era muy precios al describir todo eso, a pesar de su embriaguez,... pero Carlitos lamentablemente había sido un pésimo estudiante de química en el colegio, y no entendió nada. Oda tardó dos horas en explicarle su proceso secreto, para finalizar diciendo: "lo que hacían antepasados hoy le dicen magia: yo le digo ciencia....". El joven reportero se quedó un rato pensando hasta que finalmente le preguntó el por qué de decía todo eso. "....Estoy viejo y moriré pronto, Carlos-san...." -le respondió Oda-, "necesito que, cuando yo morir, uses mi fórmula conmigo: no quiero dejar sola a mi Oei....". Cuando Carlitos salió de la casa, ya había amanecido. Volvería el domingo siguiente: Oda le había hecho jurar que lo haría. Ese día, su procedimiento estaría totalmente completo y le daría al reportero por escrito su fórmula. Carlitos no fue a trabajar ese lunes al diario.
Una vez llegado el domingo, Carlitos Bejarano se bajó rápidamente del bus en la plaza del pueblo. Estaba impaciente para acudir a su cita. El barullo al otro extremo de la plaza llamó su atención. Los lugareños se arremolinaban lanzando todo tipo de exclamaciones, mientras las mujeres lloraban. Instintivamente, como buen reportero, corrió hacia el lugar. El joven llegó a tiempo para ver cómo recién cubrían el cráneo destrozado con periódicos: era Oda. Había salido temprano a comprar pescado al mercado cuando un conductor ebrio lo atropelló. Tenía el cráneo destrozado. Su muerte había sido instantánea.

En sus pocos años de periodista ya había visto varios cadáveres, pero ver a quien ya consideraba su amigo, fue demasiado, comenzó a caminar por la plaza en estado de shock. No podía quitarse de las retinas la cara de Oda muerto, sus ojos crispados, su boca abierta, como una grotesca mueca. Conforme se recuperaba, Carlitos recordó lo que lo había llevado al pueblo ese día: el secreto de Oda. Al acercarse de nuevo al cuerpo, vio cómo los policías revisaban los bolsillos del atropellado mientras levantaban el cadáver. Un policía trató de abrir y leer su libreta de notas, pero le fue imposible: estaba totalmente empapadas en sangre.

Carlitos vio con desazón cómo las fórmulas químicas anotadas en tinta china se borraban por el contacto con la sangre y por la grosera manipulación del ignorante policía; se habían perdido para siempre. Mientras miraba cómo cargaban el cuerpo en una camioneta, el periodista recordó el otro secreto de Oda. Comenzó a correr hacia su casa: debía llegar antes que los policías descubrieran el cuerpo de Oei. Sin saber que haría, Carlitos Bejarano entró como una tromba a la casa. Abrió la puerta secreta y descendió a toda velocidad los escalones. Apenas tomó aire al estar frente al cuerpo de Oei. Miró por todos lados: todo el piso estaba lleno de papeles rotos escritos en japonés.

El único vestigio del trabajo del japonés era el cuerpo desnudo e intacto de su amada, frente a él. En eso pensaba cuando se percató de su frente: adosada a ella, el cadáver tenía un disco de arcilla, en el cual estaban escritos algunos caracteres en algo que parecía ser hebreo. Carlitos se acercó para ver las letras con más detenimiento. En ese momento el joven quedó paralizado por el horror: los ojos de la muerta comenzaros a entreabrirse lentamente, dejando ver un horroroso resplandor verdoso que salía de ellos. El joven comenzó a gritar paralizado del pánico sin poder dejar de ver también cómo la boca también se abría enormemente, soltando en la habitación esa luz verdosa y un vaho espeso y nauseabundo, mientras que de la garganta de ese ser se dejaba oír un grotesco y profundo lamento de ultratumba: "¡OOOO.....DDDAAAAAAA..!!!!!".


Apenas vió que ese ser comenzaba a incorporarse de la mesa de piedra, el joven no aguantó más y salió disparado de aquel lugar de pesadilla, gritando sin parar. Sin detenerse, tiró al suelo todo lo que se le puso en el camino hacia la calle. Con una fuerza sobrehumana, Carlitos destrozó la puerta de madera, para correr por las calles del pueblo sin dejar de gritar. Al ver pasar por la plaza al joven enloquecido, botando espuma por la boca y sin parar de gritar, los lugareños que comentaban el desdichado final de Oda sólo se encogieron en hombros: de seguro el "japonés loco" había contagiado con su locura al pobre jovencito ese.

 

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