El club de cuentos de terror y misterio

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El fantasma del espejo

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Cada vez que mi abuelita pasaba por estrecheces económicas se quedaba pensativa en su silla, miraba al cielo con mirada triste y soltaba un profundo y doloroso suspiro: "...¡Ay Dios!" -decía -, "¿por qué pasamos por estas penurias, si a nosotros no debería faltarnos nada". Yo pensaba que eran devaneos propios de la gente mayor, que siempre piensa que toda época pasada fue mejor; más, debido a su insistencia de expresar su muletilla, decidí preguntarle el por qué.

 

Ella cayó un momento. Se fijó detenidamente si mi madre escuchaba. En todo de confidencia me pidió que cierre la puerta del cuarto donde estábamos. Ya segura que todo quedaría entre los dos, comenzó a relatarme la historia: "tu bisabuelo, mi padre, era un hombre muy afortunado"-, me dijo en voz baja. Inmediatamente recordé lo que me habían contado otros parientes acerca de él: que fué un aventurero, que había recorrido toda la cordillera. Que era dueño de todos los secretos de la minería. Nadie mejor que él para amalgamar los minerales. Que conocía los secretos de la alquimia. Que había hecho millonarios a muchos; que había descubierto cientos de minas, que las tuvo todas inventariadas, y que al final nunca tuvo dinero para explotarlas.

 

"Pero hay algo más..."- agregó mi abuela con voz temblorosa -, "él era un brujo". En ese momento me contó algo desconocido para mí: "como era curandero, siempre ayudó a los necesitados. Dicen que cuando vivió con los "Waqchas", ellos, agradecidos por su ayuda, lo convirtieron en "Alto Misayoc" y le enseñaron todo lo que debía saber.

 

Desconociendo yo en esa época el idioma quechua, ella me explicó qué significaba todo eso: los "Waqchas" eran los más pobres descendientes de los incas, y que habían jurado jamás revelar los secretos de los tesoros y las minas ocultos por sus ancestros. También tenían fama de ser brujos muy poderosos. Un "Alto Misayoc" es un Sumo Sacerdote; jamás he escuchado después de esa conversación, que se le haya conferido ese cargo a un blanco o a un mestizo alguna vez.

 

"...Todo el mundo me decía eso y más de mi padre..." -explicaba mi abuela, mirando el aire, moviendo los ojos como si lo viviese-, "nunca les hice caso. Un día, me arrepentí de no haber creído". 

 

"Yo me casé muy joven. Mi padre no estaba de acuerdo; tu abuelo era bueno, pero no muy trabajador: te quedarás pobre junto a ese hombre, me dijo tu bisabuelo"- proseguía contándome mientras tejía. "Tu abuelo y yo nos fuimos a vivir a un cuarto chiquito en los Barrios Altos. Estaba bien para unos recién casados; tu abuelo salía todos los días a buscar trabajo, pero nada. Un día, a la hora del almuerzo, tu abuelo llegó muy contento: ¡había conseguido trabajo de sereno en el puerto!. Yo también estaba contenta. Un hacendado amigo de tu bisabuelo había llegado de la sierra y me había traído cartas de él y una enorme caja de madera".

 

"Tu abuelo puso cara de pocos amigos. No le perdonaba a mi padre por no haber estado presente en nuestra boda"- prosiguió-,"no le hice caso: yo leía una a una las cartas de mi papá; cada una remitida de un sitio distinto y contándome sus viajes de un lado a otro del país, buscando fortuna y lo mucho que me quería. La última carta del paquete era muy extraña. Lo único que decía era: "nunca disfruté las riquezas que hallé por ser muy confiado. En tus ojos veo que tienes mi mismo destino. Acepta mi obsequio de bodas y no cometas los mismos errores que yo". Tu bisabuelo se refería a la caja esa"-, sentenció mi abuela.

 

"Cuando la abrimos, yo me quedé encantada: era un precioso espejo de pie, muy antiguo, de madera y con algunos detalles en pan de oro en el marco. Tu abuelo frunció el entreceño: " ¡Bah!, demasiado ostentoso para esta casa"; y sin mediar palabra, cogió su abrigo y se fue a trabajar, diciendo que volvería en la madrugada".

 

"Era la primera noche que me quedaba sola en casa. Era una construcción vieja y me daba miedo por oscura. Pasaban las horas y yo en silencio, tejiendo en el segundo piso, sola, iluminada apenas por una vela. La medianoche avanzaba, y poco a poco me quedé dormida. No sé si pasó mucho o poco rato, pero algo me despertó. Una extraña sensación de que en el cuarto había alguien más. Al abrir mis ojos, ví frente a mí un enorme cirio de iglesia sobre la mesa, iluminando toda la habitación. Yo no entendía nada, la vela que yo tenía era pequeña y ya se había apagado. Fijé mi mirada en el espejo de mi padre que estaba frente mío,...poco a poco se fue oscureciendo, y apareciendo una imagen nubosa en él. Yo temblaba, mientras veía cómo una figura humana se formaba dentro de él. Quedé paralizada de terror cuando se terminó de formar la aparición: era un anciano barbado, de piel muy pálida, alto y vestido con una larga y ondulante mortaja blanca. Mirándome fijamente, alzó sus huesudas manos y comenzó lentamente a salir del espejo".

 

"Se paró frente a mí, era inmenso y yo me trataba de encoger en el sofá, apretando mi tejido, tratando de alejarme de la mano que temblorosamente tendía hacia mí. Al mismo tiempo, con sus ojos blancos y sin vida muy abiertos, abría su boca cavernosa, exhalando un aire gélido: "....sígueme"; fue lo que me dijo y comenzó a deslizarse hacia la puerta". Yo había perdido todo control de mi persona; me incorporé y lo seguí, caminado sin poder controlar mis piernas".

 

"Me llevó hacia abajo, a la sala. De pie en medio de la sala, el anciano flotaba en el aire frente a un hueco rectangular excavado en el suelo. Allá abajo había un cofre de madera. Ví cómo él abrió la tapa; ¡levantó muy alto su mano de la cual colgaban collares de perlas, de plata con joyas engarzadas y caían en cascada monedas de oro!".

 

"...Esto perteneció a mi familia..."- me dijo el espíritu mirándome con sus ojos sin vida-, "tú eres buena y quiero que sea para ti, pero no debes contarle a nadie hasta que te diga cuando debes sacarlo,.... cuando realmente tengas necesidad de él....-, exclamó mientras veía cómo se elevaba en el aire, despareciendo lentamente.  Al rato desperté de nuevo en el sofá. Me levanté sobresaltada; había ruidos abajo. Corrí escaleras abajo, ¡pensé que tu abuelo se enojaría mucho si miraba el boquete en el piso de la sala!,...pero no había nada ahí, sabía yo que no era un sueño. Los ruidos abajo eran que tu abuelo había vuelto del trabajo. "

 

"No le conté nada de esa noche. Al poco, comencé a ver que el casero que nos alquilaba parecía saber algo: cada vez que venía por el alquiler, miraba atentamente el suelo, como buscando si los ladrillos del suelo estaban movidos. Mantuve mi secreto hasta una noche en que, estando en la cocina, escuché unos gritos terribles que venían del dormitorio de arriba: ¡tu abuelo gritaba, como si pelease contra alguien!, salí de la cocina azorada y apenas pude ver al llegar a la sala que "algo" bajaba las escaleras, abriendo como una ráfaga de viento la puerta hacia la calle,....era como....si una sábana blanca saliese volando hacia la calle. Tu abuelo bajó a grandes zancadas, con la camisa desabotonada, los ojos desorbitados y vociferando incoherencias. Cuando se tranquilizó, me explicó lo que le había pasado".

 

"Estaba en el dormitorio cambiándome de camisa" -me dijo,- "estaba de espaldas al viejo espejo ese cuando algo me hizo voltear: ¡dentro del espejo estaba un viejo horrible, con los ojos blancos como los de los muertos, abriendo su bocaza y estirando sus manos contra mí!; ¡me insultaba, me decía cosas y atravesaba el espejo con sus manos jalándome, arrastrándome!".                  

   

"Presa del pánico, tu abuelo trató de defenderse"- me contaba muy vívidamente mi abuela-, "gritando pidiendo ayuda, comenzó a luchar soltando sendos golpes a esa aparición venida de ultratumba, inmensa, con su boca abierta dispuesta a tragárselo. Tras unos minutos de forcejear, el espíritu se dio por vencido y abandonó la casa, siendo perseguido por tu abuelo".

 

"Apenas terminó de contarme, yo comencé a llorar. Finalmente le conté mi secreto: él montó en cólera, indignado por que no le había dicho nada del espíritu y del tesoro oculto. Juramos no decírselo a nadie. Yo temía que el anciano espectro hubiese cambiado de opinión y ya nos diese el tesoro cuando lo necesitáramos. Pero además, un presentimiento me decía que tu abuelo me ocultaba algo. En vano le pregunté qúe le había dicho el fantasma. Tu abuelo contestaba con evasivas. Yo recordaba lo que mi padre me decía de niña, al hablarme de sus cosas; él decía que los espíritus guardianes de tesoros odian a los ambiciosos. Me guardé mis dudas para otra ocasión".

 

"Pasados algunos meses, tu abuelo me dijo que iríamos los dos de viaje a visitar a un pariente enfermo. Me daba miedo dejar la casa sola, pero él me convenció al decirme que su sobrino y su esposa la cuidarían. Yo no lo sabía, pero tu abuelo estaba metido en deudas de juego; le había contado a su sobrino del tesoro y decidieron sacarlo sin decirme nada. No debí viajar; tenía pesadillas todas las noches antes de hacer el viaje. Al llegar, convencí a tu abuelo de volver inmediatamente".

 

"Cuando llegamos a la puerta de la casa, todos los vecinos la rodeaban, así como varios policías: ¡la puerta estaba abierta de par a par, mis pocos muebles tirados en la sala y un inmenso boquete en medio, y metros abajo, al silueta de un gran baúl en la tierra húmeda!. Tu abuelo se tiraba la barba de ira, había sido traicionado por su propia sangre, su sobrino, al ver el tamaño del tesoro, simplemente se lo llevó. Yo no lloraba por el caudal robado, lloraba por la vergüenza que sentía por ver rota mi confianza en mi esposo. En el segundo piso, hallé el espejo, o lo que quedaba de él: al parecer el sobrino había descubierto el secreto del espejo y el anciano y, movido por la codicia, trató de llevárselo, sólo pudiendo partirlo y llevándose una parte, dejando un tercio del mismo".

 

"Volvimos a ser los mismos pobres de siempre; la fortuna  la sobrino le cayó como con maldición de gitano; tras huir del país con el tesoro, regresaron a los tres años pordioseros: todo lo perdieron en una sucesiva suma de malas inversiones, enfermedades y accidentes. Aún hoy siguen pidiendo perdón por lo que hicieron. Con el tiempo perdoné a tu abuelo. Mi padre, al enterarse lo que pasó, no dijo nada, pero nunca más me regaló nada, ni volvió a enseñarme nada de sus secretos"- mi abuela suspiraba recordando los sucedido, mientras me miraba y sonreía-, "yo por mi parte, cogí los restos del espejo y los enmarqué de nuevo; es ése que está allá".

 

Volteé a mirar a mis espaldas: en el cuarto de la abuela, colgaba un espejo de mediano tamaño en la pared: está un poco descolorido y tiene un marco de madera de factura reciente; nadie sospecharía de un inocente espejo como ese. "Muchas veces después, las ánimas aparecieron en el espejo, informándome la existencia de tesoros ocultos,...pero nunca los busqué, a veces por miedo, a veces, por que perdía el rastro; en otras más, le decía a alguien de mi confianza para que lo busque y nunca volvían para agradecerme. El destino de mi padre y el mío son iguales,...igual que el tuyo".

 

"¿El mío, y por qué?" -, le pregunté, encogiéndome en hombros. Ella me dio varios motivos. "....Por que cuando yo no esté aquí, tú te quedarás con mi espejo; por que tienes el "don", lo veo en tu mirada, que es la misma que la de tu bisabuelo y que la mía. Y finalmente, por que tienes la marca de la familia" -, sentenció mientras me apuntaba al hombro derecho, refiriéndose a un lunar que ella, yo y otros antes y después en la familia, hemos ostentado.

 

Efectivamente, el espejo hoy en día me pertenece; me quedé muchas noches observándolo detenidamente y nada ha ocurrido. Dándome por vencido, pensé que el espejo había quedado mudo para siempre, pero un suceso que me ocurrió el año pasado me sacó de pronto del error de percepción que tenía. Un amigo mío que pertenece a una de las familias más distinguidas de la ciudad -pero algo venida a menos-, me invitó a pasar un fin de semana en la hacienda de su familia, ubicada en un valle cercano, y con la cual pensaba iniciarse en el ramo hotelero. Tras pasar el día recorriendo el valle, disfrutando de su comida al aire libre y, después de mostrarme los planes que tenía para con su vieja casa hacienda, él, su novia y yo nos sentamos en uno de sus patios a disfrutar del fresco de la noche, tomando una copa.

 

José Antonio, que era el nombre de mi anfitrión, comenzó a relatarme la historia de la hacienda: se decía que había pertenecido a la Compañía de Jesús durante la colonia, y que los jesuitas habían enterrado un tesoro de lingotes de oro y plata en algún lugar de la hacienda antes de ser expulsados. Conforme avanzaba la noche, él insistía en que juntos descubramos el tesoro: "...tú eres bueno y confío en lo que sabes" -, me dijo una y otra vez. A su insistencia terminé prometiéndole que lo pensaría al menos. Al rato nos despedimos y me fui a dormir a mi habitación. Para serles sinceros, nunca me ha emocionado andar buscando lo que yo no escondí.

 

Ya en mi dormitorio, y tras tomar una buena ducha, caminaba por el cuarto mientras me secaba. Estaba sentado en la cama, pensando en que tal vez no tenía el "don" del que la abuela se refería, cuando algo llamó mi atención. El ropero frente a la cama tenía un espejo en su puerta, en el cual me veía reflejado. Ví cómo mi imagen reflejada se oscurecía, como si un punto negro a un borde el espejo se tragase las imágenes reflejadas en él. Intrigado, me acerqué al mueble. Ya estando de pie frente a él, la superficie del espejo se volvió de pronto totalmente negra.

 

La horrible sensación de sentirme pegado al suelo me detuvo en seco. Me quedé paralizado al ver....¡que del espejo emergían en rápida sucesión cuatro figuras humanas enfundadas con hábitos oscuros, tapados sus rostros por capuchas medievales!; ¡no tuve ni tiempo para pedir ayuda, mientras esos seres de pesadilla me tomaban de manos y pies y me arrastraban a la cama!.

 

¡TRATABA DE GRITAR Y NO SALÍA VOZ DE MI GARGANTA, MIENTRAS  ELLOS ME INMOVILIZABAN POR COMPLETO!, ¡DENTRO DE SUS CAPUCHAS NO HABÍAN ROSTROS QUE PUDIESE VER, SÓLO LA MÁS NEGRA DE LAS OSCURIDADES!....dispuesto a aceptar mi destino, dejé de luchar. Yo temblaba descontroladamente mientras una de esas criaturas acercaba su "cara" hacia la mía. Una voz cavernosa salió de una de ellas: "aquí no debes buscar nada,....tienes el don,...pero aún no es tu hora....". No recuerdo nada más de aquella noche.

 

Al día siguiente, José Antonio entró a mi cuarto al ver que no salía a desayunar. Me encontró tirado en el suelo, frente al espejo del ropero, desnudo, en posición fetal, temblando, en estado de shock. Alarmado me llevó inmediatamente al hospital. Por poco me salvé de que casi me diera una pulmonía fulminante. Me he recuperado ya en parte. Aún tengo el espejo de mi abuela en mi departamento; en realidad no le temo en absoluto. Como "ellos" me dijeron, aún no es mi hora. Aún no.                      

El pacto

 

Un relato de: Reynaldo Silva.


Corina llegó corriendo feliz a su casa esa tarde, con el corazón henchido de una gran felicidad adolescente. Estaba enamorada. Tras semanas de sentirse una suerte de "bicho raro" en su nuevo colegio, finalmente alguien le había hablado, ¡y precisamente había sido ese chico tan guapo que no dejó de mirar desde el primer día!. Caminando como entre nubes, atravesó el jardín de su nueva casa, sin hacerle caso a su hermanito y sus nuevos amigos, que ahí jugaban. Tampoco saludó a su madre que preparaba el almuerzo. Menos aún respondió el saludo de su padre, sentado en la sala leyendo el diario.


Sólo en su mente estaba terminar de ducharse cuanto antes para contarles a sus hermanas las buenas nuevas. "¡...Se van a morir de la envidia!!!"- pensaba. Tarareando una canción de moda, la joven de 16 años bailoteaba bajo la regadera mientras el agua tibia rodaba por todo su cuerpo. Corina cerró los ojos cuando el picor del shampú la obligó a hacerlo. De pronto, un potente chorro de agua caliente la sobresalto, haciéndola soltar una fuerte imprecación. Su mamá le increpó inmediatamente: "¡cuidado con ese lenguaje jovencita!". La muchacha quiso responder, pensando en que alguien había abierto el grifo del caño, pero no pudo; con los ojos entrecerrados volteó a mirar hacia atrás suyo: sintió que no estaba sola. 

 

Una ráfaga de viento procedente de ninguna parte levantó la cortina de baño de golpe, erizándole la piel; instintivamente trató de cubrirse el cuerpo con las manos, pero no pudo evitar lo que ocurrió a continuación. Un tremendo bofetón en su mejilla, salido de la nada, la aventó con violencia contra las mayólicas de la pared. Casi de inmediato, la asustada comenzó ver y sentir con horror algo inimaginable: ¡NO HABÍA NADIE CON ELLA EN LA DUCHA, PERO SENTÍA CÓMO LA MANOSEABAN SALVEMENTE!!!, ¡SUS OJOS NO MENTÍAN: NO HABÍA NADIE AHÍ!!!! 

 

Desesperadamente, Corina luchaba contra el ser invisible manoteando, tratando de levantar las rodillas, desesperada tratando de impedir en vano sentir que esas horrendas manos salidas de la nada, le tocaban donde jamás le había permitido a nadie. Apenas fueron unos segundos, pero fue más de lo que ella podía soportar: resbalándose salió del baño, corriendo, desnuda, gritando. Todos en la casa se sobresaltaron, al verla correr sin parar de gritar rumbo a la calle. Su padre saltó de su sofá y apenas la alcanzó cuando llegó a la vereda. Apenas pudo contener a su hija, presa de una crisis nerviosa. Su hermano menor y sus amigos que jugaban en la calle quedaron paralizados. Todo el vecindario se alarmó. Fue necesario que padre y madre cargasen en vilo a la asustada jovencita para regresarla a la casa. 

 

Aquel día todo comenzó: las otras tres hijas llegaron del colegio media hora después; encontraron a Corina dormida a punta de fuertes calmantes. Sus padres no les dijeron nada de lo que ella había dicho que pasó. Debieron hacerlo. Sin aviso, Sandrita de 15 años e Ivonne, de 17, también fueron atacadas: sin importar si estaban solas o acompañadas, recibieron sendas nalgadas procedentes de la nada. Sandrita sufrió también un zarpazo del agresor cuando se cambiaba de ropa, rompiéndole la falda que se estaba quitando y dejándole tres profundos arañones en la pierna. Ivonne por su parte, también sintió unas fuertes y toscas manos que le toquetearon bajo las sábanas, para luego hacer saltar por los aires las cobijas en medio de fuertes risotadas. 

 

Aquella noche fue terrible. La pequeña Carol, de apenas 9 años, se apretujó temblorosa contra el pecho de su madre. El Señor García, su papá, marino de profesión, recorría todos los ambientes de la casa con su arma de reglamento en mano gritando y vociferando al aire, impotente para detener al agresor. Se habían mudado apenas hacía un mes a esa nueva casa, y tras pasar por los problemas propios de trasladarse de pronto a otra ciudad, ahora tenían que enfrentarse a lo desconocido. 

 

La vida se volvió un infierno para toda la familia: las chicas estaban al borde de un colapso nervioso. La madre, viendo el descontrol de su marido, si algo le pasó a ella también, prefirió callarlo. El señor García agotó todo tipo de solución. Estaba al borde de la locura. Asustados por los gritos de las chicas, los vecinos pensaron que vivían al lado de un peligroso abusador. La vida de la familia se volvió un infierno. Fue una semana completa de horror pánico y contínuas agresiones. Eso fue lo que me contó la señora García cuando fue a buscarme. 

 

Yo ya era algo conocido en mi ciudad, más nunca le pregunté si llegó a mí recomendada por alguien o por que me había visto en mi programa de televisión. Sólo me fijé es sus ojos llenos de desesperación, pidiendo una solución a su problema. Pensé en las pobres muchachas siendo atacadas de esa manera por aquel ser que no era de este mundo. Le prometí ir a su casa esa noche y acabar con todo eso costara lo que costara. 

 

Ya era de noche cuando llegué a la pequeña casa. Un viento frío y ululante recorría las calles del barrio de clase media donde vivían. Desde lejos, nadie podría imaginar los terribles sucesos que pasaban en aquella pequeña casita de un piso. Apenas me abrieron la puerta, alcé la vista instintivamente al cielorraso. Quería percibir si "alguien" estaba ahí. Esperaba sentir un erizamiento en mi nuca, señal -al menos para mí-, de que ahí hubiese una presencia. De improviso, una ráfaga de dolor recorrió mi cuello. En vez de sentir lo que esperaba, un doloroso arañón salido de la nada recorrió mi nuca, dejando una rojiza marca en toda su extensión. 

 

Había pensado que, al haber tantas adolescentes en esa casa, podría tratarse de un caso de poltergeist, pero no: aquella "entidad" era muy agresiva. Había que actuar rápido. En la sala de la casa estaban reunida la familia García en pleno, salvo dos: Carol, la pequeña de la casa, había sido prudentemente enviada a dormir en casa de unos parientes. La abuela, que había llegado del norte, rezaba insistentemente a todo venerable existente en la cristiandad, en su cuarto. Me senté en la mesa con el señor García, y saqué un tablero oui-ja; pocos saben que este método de comunicación es el mejor para contactar con entidades agresivas,...pero somos muy pocos los que lo podemos hacer. 

 

Mientras la madre era rodeada por sus hijas en un sofá, comencé a explicarles a todos lo que pretendía hacer: comunicarme con el agresor, ver qué lo motivaba y descubrir cómo hacer que se retire de esa casa. Antes de empezar la sesión, la abuela salió de su cuarto. Nos hizo saber que quería participar: "quiero hablar con mi Ernestito" -, dijo pausadamente. El señor García se rehusó de plano. Me explicaron que la abuelita había perdido a un hijo de 23 años en un accidente aéreo en los años cincuentas. Los ojos de la mujer me suplicaban que aceptase. Lo hice por varios motivos: uno, que entendía su necesidad para hacerlo; un familiar lejano mío falleció en el mismo accidente y entendía el dolor de no tener una tumba dónde llorar. Otro, y el más importante, era que, desde que entré en la casa "sentí" que ahí adentro había más de una entidad. 

 

La sesión de oui-ja para contactar con el pariente fallecido fue a la vez emotiva y muy reveladora: casi de inmediato, Ernesto respondió. La abuela de la casa comenzó a mirar fijamente la copa invertida; nos dijo a todos que "veía" a su hijo como una aparición, dentro de la copa. La anciana, con los ojos rebalsando de lágrimas comenzó a conversar con él. Todos lloraban al ver que las preguntas de la mujer eran respondidas con suaves movimientos que deletreaban las respuestas. Yo también debo admitir que ví un "vaho" vaporoso, pulsante, dentro de la copa. Se sentía algo caliente. Ernesto nos dijo que él estaba tratando de proteger a la familia del agresor invisible, pero que era más fuerte que él. "Dice que tú deberás pactar con el alma en pena" -me dijo al final la ancianita-, "mi Ernestito te ayudará en lo que pueda". Al finalizar el contacto, la mujer me agradeció con un beso en la frente y volvió a su cuarto, a sus santos y a sus rezos. Me sentí aliviado de que tenía un aliado. 

 

Mientras veíamos a la abuela retirarse, la copa se movió de nuevo: otra presencia hacía contacto. Era débil y movía temblorosamente la copa por encima del tablero. Era un niño. La esposa del señor García se incorporó del sofá y se reunió con nosotros en la mesa. No nos había dicho nada, pero tres noches antes, cuando estaba sola en la cocina, de noche, había aparecido un niño frente a ella, pero no había sentido miedo. Se llamaba Miguel. Deletreando como lo haría un infante de 6 años, Miguelito -como se hacía llamar a sí mismo-, nos contó su historia: había vivido en esa casa y había muerto hace 10 años en la calle frente a ella, tras ser atropellado por salir corriendo tras su pelota. Aquella presencia también nos conmovió: "....S.O.L.O...Q.U.I.E.R.O...J.U.G.A.R...", era lo que decía insistentemente. 

 

La señora García nos contó que sentía apagadas risas de niño cada vez que un escalofrío le anunciaba que el agresor fantasmal le rondaba, como a sus hijas. Supuse que aquel niño protegía a la señora, por que la consideraba su madre. Un alma pura como Miguelito seguramente podía mantener a raya a un espíritu bajo. No podía pedirle a Miguelito que me ayude a enfrentarlo, y él mismo me lo confirmó. Al preguntarle si había visto al agresor, respondió: "...S.I....P.E.R.O...L.E...T.E.N.G.O...M.I.E.D.O..." 

 

"...M.E...P.U.E.D.O...Q.U.E.D.A.R...", dijo a continuación. Era un alma buena y sola y la madre aceptó inmediatamente. Tras conminarle que se porte bien y que no asuste, decidí despedirme de él. De pronto, todos miramos hacia el extremo de la sala. Ante los ojos de todos los presentes, Miguelito apareció: todos contuvimos el aire ante la aparición, era un niño precioso, vestía un oberol y mostraba un inmenso pegote de sangre coagulada a un lado de su cabecita. La señora García, conmovida y movida por su instinto de madre, se acercó a él, impelida por el deseo de abrazarlo. El pequeño espíritu desapareció ante nosotros, quedando la huella de sus ojos llenos de pena, en el aire un buen rato. 

 

Cuando todos nos encontrábamos aún sorpendidos, la copa tiró violentamente de las manos del señor García y la mía, hasta casi salir disparada de la mesa. Había otra presencia. Casi de inmediato toda la sala se llenó de una horrenda sensación de calor, asfixiante, junto a un horrendo olor que al principio no pude identificar. Todos mirábamos alrededor asustados. La madre corrió al sofá donde estaban sus hijas, que comenzaron a gemir de miedo. Sebastián, el único hijo varón, se paró y se puso tras su padre. El señor García amartilló su arma en el bolsillo. Pedí a todos calma. Como si brotase de las paredes, una gruesa y profunda risa, como si saliese de una garganta inhumana, nos rodeó. Los rezos de la abuela se escuchaban más altos en ese momento. Claramente pudimos sentir unos pasos pesados que se aproximaban hacia nosotros. Tratando de no mostrar miedo, sentí una muy caliente y jadeante respiración tras de mí, que hizo que me ardiese de nuevo el arañón en la nuca. De pronto, una súbita y desconocida "fuerza" cayó sobre ambos; "algo" nos presionaba la cabeza, pegándonos contra nuestras sillas. Aquella "cosa" no quería que nos levantásemos, quería conversar. Le sugerí al señor García que no luchase contra esa horrenda presión: tomaríamos contacto inteligente con ese ser. El papá de las chicas y yo estábamos sentados frente a frente, a ambos extremos de la mesa. Aquel "sujeto" debería ser inmenso, dado que sentíamos cómo nos mantenía en nuestros sitios, como si aprisionasen dos inmensas manazas nuestras cabezas. 

 

No hubo necesidad de preguntarle quién era; él lo deletreó a una velocidad aterradora en el tablero: "...S.O.Y...M.O.N.T.O.N.D.I.U.M.O...". Cuando Sebastián dijo el nombre, toda la familia quedó desconcertada: les parecía un mal chiste. Yo comprendí al momento qué significaba ese nombre. Los García provenían del norte, y jamás habían escuchado un apodo chacarero: los chacareros eran los rudos y decididos campesinos que dieron fama a Arequipa de irreductible; hablaban un dialecto, en parte castellano antiguo, parte quechua y parte aymara. "Montondiumo" era una corrupción de "montón de humo", que era como se les decía los fumadores empedernidos. Ahí recordé dónde había olido esa peste que impregnaba el ambiente, hasta casi hacer toser. Era el olor de los "mapachos", unos cigarros de la selva peruana, tiempo atrás muy populares entre hombres rudos, y hoy sólo utilizados por los chamanes selváticos. 

 

El haber sido yo criado en el campo, me permitía entender la forma de expresarse del "ente", así como parte de su manera de pensar. La copa se deslizaba a una velocidad de vértigo por la mesa, mientras no paraba de sentirse esa horrenda respiración envolviéndonos a todos:

 

"...E.S.T.A...E.S...M.I...T.I.E.R.R.A...N.O...M.E... I.R.É...J.A.J.A.J.A.J.A..."-, respondía cada vez que le preguntaba su proceder. Los terrenos donde había sido construida la casa le habían pertenecido tiempo atrás. Iba a ser difícil sacarlo de ahí: un chacarero primero moriría antes de abandonar su tierra,....en este caso, ni eso había servido. 

 

La sesión se prolongó por varias horas: con infinita paciencia, logramos desentrañar la historia de "Montondiumo"; se me heló la sangre conforme deletreaba las escasas respuestas que daba: era un espíritu muy bajo, un condenado, un "rematado" para el mundo de los espíritus. Un ser brutal y sin compasión en vida, y que era ahora prisionero de sus bajezas. Había habitado ahí hacía casi 80 años. Todos le temían y él no temía a nada ni a nadie. Había extendido sus propiedades en base al robo y al asesinato: si un campesino humilde le temía, simplemente asaltaba su casa una noche, les robaba todo, violaba a las mujeres y después los asesinaba a todos. Nadie se atrevía ha reclamar después las tierras que "Montondiumo" pasaba a su propiedad.

 

Su final fue tan violento como su vida: una noche, una cuadrilla de ladrones lo mató para robarle. Él estaba borracho en su cama y no pudo defenderse con su formidable fuerza. Al preguntarle qué quería, su respuesta llenó de terror a toda la familia: "...L.A.S...N.I.Ñ.A.S...S.E.R.Á.N...M.Í.A.S...J.A.J.A.J.A.J.A...". El señor García apretaba los dientes de rabia e impotencia. Era un ente espiritual tan bajo que sólo buscaba calmar sus bajas pasiones. El lenguaje en el cual explicaba lo que pretendía hacer era asquerosamente soez y vulgar, tanto que esa parte de la conversación yo no la podría compartir con ustedes. Las muchachas temblaban al sentir cómo al mismo tiempo, "Montondiumo" soltaba sobre las mejillas de todas, ese horrendo vaho de respiración inhumana suyo, acompañada con el olor del más fuerte y picante de los tabacos. 

 

Pensando en cómo deshacerme de aquel terror vomitado de los más bajos planos de realidad, recordé algo que mi abuelo me enseñó: "ciertos espíritus bajos acceden a abandonar un lugar si pactas con ellos para ayudarlos a liberarse". Fue en vano. Aquella entidad no quiso aceptar ni velas, ni misas, ni oraciones por su alma: no creía en Dios y se sabía condenado para siempre. La noche se terminaba y aquella criatura no nos dejaba levantar de la mesa; era necesario acabar con todo eso. Por precaución, yo había llevado conmigo un artilugio heredado de mi abuelo, el cual estaba a mis pies, dentro de una mochila: mi abuelo lo había usado infinidad de veces para "controlar" espíritus rebeldes. Era una base de madera de la cual emergía una varilla de acero, en forma de una "J" invertida. 

 

Se coloca un anillo de oro, muy antiguo en la varilla, descansando éste en la base de madera; al extremo de la "J" invertida se coloca un frasco de cristal, de modo que la boca del frasco queda al final de la varilla. Sólo funciona con frascos de cristal con tapa muy antiguos: el vidrio ahumado del siglo XIX es excelente para "aprisionar" espíritus o parte de ellos. Lo saqué con la mano que tenía libre y lo puse en la mesa. El nombre del invisible espectro me había dado una idea. Valía la pena intentarlo. "Montondiumo; ¿qué quieres para dejar en paz a esta familia?". Dije en voz alta. El "ente" picó el anzuelo:"...L.I.C.O.R...C.I.G.A.R.R.O.S...M.U.J.E.R.E.S...J.A.J.A.J.A...".

 

Respondió de inmediato. Era lo que suponía: los placeres lo tenían dominado.
 

Tardé dos horas en acordar el extraño "pacto": el "ente" pedía que le diesen una ofrenda de sus preciados "mapachos" una vez al mes, y una copa de licor también,.....pero no cedía en sus pretensiones: deseaba a las muchachas. No lo iba yo a permitir. Pensando en que su inmensa testarudez debería estar aunada a un inmenso ego. "No puedes poseerlas como eres ahora"-le dije, imprecándolo- "acepta lo que te ofrezco, ¿o quieres que las muchachas sepan que ya no eres un HOMBRE?". Aún me estremezco recordando lo que pasó después de que dije eso: ¡la mesa comenzó a vibrar de una manera espantosa!, ¡todos se aterraron cuando los vasos y copas de la vitrina cercana comenzaron a estallar!; ¡el Señor García y yo tratábamos con todas nuestras fuerzas de despegarnos de la mesa que soltaba sin tregua golpes con las patas contra el suelo!....


Los ojos de pánico de los presentes luego observaron con horror la furia de la entidad: ¡como grandes surcos aparecieron sendos arañones atravesando la mesa de madera y el tablero oui-ja!. Tratando de parar eso, exclamé: "¡NO TIENES OTRA OPCIÓN: ACEPTA EL PACTO QUE TE OFREZCO. HAZ INGRESAR EL ANILLO EN EL FRASCO COMO MUESTRA DE QUE DAS TU PALABRA!". Se podían sentir los jadeos cargados de odio del espíritu, recorriendo toda la sala. De pronto dejó de azotar la mesa para jalarla hacia un lado, arrastrando las patas. Todas las mujeres de la casa lloraban y rezaban, mientras yo repetía una y otra vez mi mandato, mientras veía cómo el anillo de oro vibraba cada vez más, alzándose a ratos por la varilla de acero. Fueron interminables los minutos que luchamos contra ese ser. 

 

Finalmente, sintiéndose vencido, "Montondiumo" cedió: el anillo se elevó de golpe, siguiendo la ruta que le daba la varilla, para caer sonoramente dentro del frasco. Me apresuré a taparla. De pronto, toda la casa cayó en un profundo e inquietante silencio. Todos mirábamos hacia el techo, observando. No había certeza si la entidad estaba prisionera o no. Pasado un rato, vimos cómo la copa, que había quedado volcada sobre la mesa, se elevó lentamente, sin que nadie la tocase, y tras tomar de nuevo su posición invertida, se deslizó lentamente sobre los restos del tablero, hasta detenerse en la palabra "SI". 

 

No había logrado encerrar al espíritu, pero había logrado pactar con él. Los siguientes minutos los usé en definir totalmente los acuerdos del pacto con una ahora algo más tratable entidad: los García se comprometían a dejar un paquete de "mapachos" en un cenicero, en la mesa de la sala, el primer día de cada mes, así como una copa de anisado, y el Señor García debería tomar otra copa del licor, a la salud del ente. "Montondiumo" prometía no molestar jamás a las muchachas y proteger la casa. Pude despedir a esa alma condenada casi al amanecer. Al irse, desapareció el olor acre y la sensación de calor, dejando paso a la gélida atmósfera del amanecer serrano. La familia quiso insistir en que me quede con ellos a desayunar, muy agradecidos. Me negué; estaba exhausto, y deseaba irme a casa.

 

La calma volvió a la casa; el pacto fue rigurosamente cumplido por ambas partes. Los cigarros y el licor desaparecían misteriosamente, sólo dejando un trazo de olor a tabaco negro y anís en la atmósfera. Las chicas no sufrieron más ataques. De tiempo en tiempo, recibía yo personas que me buscaban en busca de ayuda, recomendados por "una familia sinceramente agradecida". Poco supe después de los García. Me encontré con Corina años después en la calle; se iba a casar. Tiempo después, supe que el pacto duró ocho años: un día, Corina y su esposo, que vivían en la capital, visitaron a su familia. Era primero del mes. 

 

La familia en pleno se reunió en la sala y celebraron la visita. Al hacerse de noche, todo comenzó de nuevo: contento por la visita, el señor García había olvidado poner la ofrenda, estando en su lugar las cervezas que la familia compartía. Sin aviso, a espaldas de Corina, hizo su aparición "Montondiumo": era un hombrón de casi dos metros, robusto, su piel era renegrida, del color de los muertos. Su cara estaba cruzada por sendas cicatrices y en sus ojos pudieron ver todos, el tremendo odio que se desbordaba de su negra alma. La aparición de pesadilla duró apenas un minuto, para luego desvanecerse frente a todos. Ahí comprendieron el terrible error cometido. 

 

Apenas de haber desaparecido, los gritos de terror retumbaron en toda la casa: era Corina que, ante los ojos espantados de su familia y su esposo, y sin poder levantarse de su silla, pegada a ella por una fuerza invisible, sufría una horrenda agresión que creía acabada para siempre. Todos presenciaron impotentes cómo unas zarpas invisibles y descontroladas destrozaban su ropa totalmente. La familia no aguantó más. Abandonaron la casa esa misma noche. Nunca más he sabido de ellos. 

 

Por mi parte, aún conservo el "pacto" con "Montondiumo". No me atrevo a abrir el frasco. En una gaveta donde conservo medio centenar de "pactos" iguales a ese, el suyo se destaca: cada primer día de cada mes, vibra, saltando el anillo dentro del frasco, tratando de liberarse de su encierro.

Se llama Delia

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Los sollozos no paraban: todos los reunidos en el vetusto dormitorio estaban muy vívidamente afectados; no podíamos hacer nada más que ver hacia delante con los ojos lagrimosos, escuchando los sufridos y casi horrendos lamentos de la niña. Ella gemía, lloraba y temblaba sin parar, acurrucada contra la esquina del cuarto, abrazándose las piernas con ambos brazos, escondiendo a medias la cabeza con sus rodillas. Escuchar sus lamentos de dolor era insoportable, y en medio de la penumbra, me decidí a ayudarla:

 

-...Hola pequeña,... -dije con la voz más dulce que pude-,... dime, ¿qué te pasa?,...

 

Los lamentos y los sendos lagrimones que recorrían sus mejillas rodaban sin parar, mientras alzaba a ratos su rostro, mostrándonos sus ojos bien cerrados; giraba su cara mirando a todos lados, como cuando una persona totalmente desubicada trata de descubrir desde donde proviene una voz,...

 

-...Hola preciosa,... -volví a insistir, suavizando mi voz para darle confianza-,... estamos aquí y queremos ayudarte, dime, ¿qué necesitas?,...

 

Alzó el rostro hacia mí, como si hubiese descubierto desde dónde procedía mi voz. Luego soltó un horrendo gemido que sonó casi como el lamento de un infante, para luego sollozar desesperada:

 

  • - ...¡Solo quiero irme de aquiiii!,... -exclamó finalmente, desesperada-, ¡Quiero a mi mamaaaaaá!!!,... ¡SÁQUENME DE AQUIII!!!,...

 

El llanto de la niña era doloroso en extremo: quienes me acompañaban, prácticamente dejaban oír el sonido de sus gargantas, tragando saliva, conteniendo el llanto al oírlo; sabían todos bien que yo y solamente yo podía rescatarla de aquel espantoso lugar donde sufría lo indecible. En silencio todos aceptaron asintiendo con la cabeza, mientras yo tendía mi mano hacia ella.

 

  • - ...Hemos venido a sacarte de aquí,... -le dije-, no tengas miedo: ahí tiendo mi mano. Está delante de ti,... tómala y yo te ayudaré a salir de ahí,...

 

Por un instante dejó de llorar: sin abrir sus ojos cerrados dirigió su mirada ciega para siempre hacia mí: yo estaba a menos de un metro de donde ella estaba acurrucada, en el suelo,  aterrada. Luego de "ver" hacia delante, sacudió su cabeza con fuerza, negando todo en medio de potentes llantos:

 

  • - ¡NO TE VEO, NO TE VEOOOOOOO!!!,... -gritó la niña-, ¡no hay nadie aquí: es horrible!!!,... ¡todo es muy oscuro, no veo nadaaaa!!!,... ¡TÚ ME MIENTES IGUAL QUE "ÉL"!!!,...
  • - ¿"ÉL"?,... -dije entonces yo, extrañado-, ¿quién es "ÉL"?,...
  • - ...¡Quién me trajo aquiiiií!!!,... -me replicó la pobre criatura aterrada-,... ¡yo no quería venir, yo no quería venir con "él", yo quería ir a casa con mi mamá!!!,... ¡QUIERO A MI MAMAAAÁ!!,...

 

Teníamos que lograr que confiara en nosotros: sino, no lograríamos rescatarla, pero para hacerlo, debíamos saber más,... sobretodo si es que "alguien" más estaba ahí con ella, en medio de la más profunda oscuridad.

 

  • - ...Te llevaré donde tu mamá,... -le mentí miserablemente-, no temas pequeña,... ¿cuál es tu nombre?,...

 

Se hizo un largo silencio: la niña dejó de golpe de llorar. Sendos lagrimones recorrían sus mejillas frente a mis ojos; respiraba con dificultad, pero poco a poco parecía que se serenaba:

 

  • - ...Delia,...
  • - Bien Delia,... -le dije despacio, hablando por todos-, estamos aquí para ayudarte,... solo debes tomar mi mano y seguirme,... debes confiar en mí,... te sacaré de ahí,...

 

La niña entonces estiró su mano, pero no hacia mí: desesperada comenzó a tantear a toda prisa el suelo al frente suyo. Alargaba sus dedos, los estiraba y los recogía, como tratando de coger algo. Pasado un rato, comenzó a respirar con fuerza, para luego soltar a  llorar dolorosamente:

 

  • - ¡NO PUEDO,... NO PUEDOOOO!,... -gritó desconsolada-, ¡no está mi bastón,... no está mi bastón,... "ÉL" SE LO LLEVÓ,..."ÉL" ME LO QUITOOOÓ!,...

 

Delia, la niña, era ciega: sería más difícil ayudarla; se oía desamparada al no tener a su lado su bastón,... pero noté que la oscuridad total y el desamparo no era lo único a lo que ella le temía.

 

  • - ...Tranquila, pequeña,... -traté de relajarla-, dime,... ¿quién es "Él"?,...

 

Se hizo un silencio

 

  • - ¿"Él"?,...
  • - Si: "Él".
  • - ...¡"Él" me trajo aquiiiií!!!,... - gritó desesperaba mientras miraba hacia todas partes, aterrada hasta el paroxismo-, ¡ES HORRIBLE: ES MUY OSCURO Y FRÍO AQUÍ,... POR FAVOR,... SÁQUENME DE AQUIIIÍ!!!,...
  • - ...Tranquila,... Tranquila,... -proseguí con dulzura-,... estamos acá contigo y no nos iremos hasta llevarte con nosotros,...

 

Pero Delia no se tranquilizaba: lloraba amargamente sin parar: el corazón parecía que iba a salírsele del pecho, mientras se prendía casi con las uñas de sus rodillas, recogiéndose contra sí misma, alejándose de mi:

 

  • - ...¡Yo no quería venir, YO NO QUERÍA IR CON "ÉL"!!!!,... -prosiguió hablando Delia, aterrada-,... yo iba a casa, mi mamá me esperaba,... ¡y "Él" me arrastró, me trajo acá!!,... ¡ME QUITÓ MI BASTÓN Y ME ENCERRÓ AQUIIIÍ!!,...

 

El llanto de Delia era desesperante en extremo: no necesitaba verlo, pero sabía que mis acompañantes en aquel lugar derramaban también sendas lágrimas: todos deseábamos sacarla de ahí, pero no podíamos interrumpirla; Delia seguía hablando, mientras guardábamos silencio:

 

  • - ... Luego me,... luego me,... ¡LUEGO ME!!,... - trataba de decir algo, pero la desesperación la dominaba por completo.
  • - ...¿Qué te hizo?,... -, dije.

 

Delia trató de contenerse. Tragó saliva. Luego bajó el rostro y lo enterró en medio de sus rodillas:

 

  • - ...Me hizo "cosas" que yo no quería hacer,... -musitó con voz grave-, ¡me hizo hacer cosas que yo no quería!!!,... ¡AÚN LO HACEEE, QUIERO IRMEEEE!!!!,... ¡"Él" es horrible, me hace daño,...huele mal,... se ríe de mi!!,...
  • - ...¿"Él", está aquí?,... -, pregunté entonces, conteniendo la rabia y la respiración al mismo tiempo.
  • - ..."Él" siempre está aquí,... - replicó casi de inmediato la pequeña Delia, alzando su rostro lloroso, para hablarme casi con susurros, como tratando de evitar que "alguien" nos escuchara-,... todos los días trato de ir a casa,... con mi mamá,... ¡pero "él" me toma de la mano con fuerza, me arrastra, me esconde mi bastón y me encierraaaa!!!!,...

 

Su voz desesperada entonces comenzó a sonar más gutural, como si procediese desde dentro de su tráquea: frases ininteligibles que hacían que su pecho se alzara con fuerza, como si la vida le abandonase.

 

  • - ....¡Después de,... después de hacerme daño,... no puedo respirar!!!,... ¡aghhh!,... ¡no puedo respiraaaaar!!!!,....

 

No podía yo ya escuchar más: sentí la necesidad de sacarla de ese horrendo lugar de sombras perpetuas y dolor lo antes posible. Delia, la pequeña niña, dirigía sus ojos cerrados hacia mi rostro, como esperando, ansiando una respuesta. Volví a estirar mi mano y tratando de no asustarla, pero inspirándole confianza a la vez: todos a mi alrededor contuvieron el aliento.

 

  • - ...¿Deseas venir con nosotros?,...

 

Ella no me respondió: solo alzó el rostro y afirmó con la cabeza. No necesitaba yo más. Le tendí de nuevo la mano. Temerosa, levantó su mano y a tientas, trató un rato de cogerme. Pasados unos minutos que parecieron eternos, sus dedos se aferraron de mi índice, primero temerosamente y luego con algo más de firmeza. Emocionado ví, como en su rostro se dibujaba una tímida sonrisa. Entonces el dormitorio comenzó a llenarse de las voces de mis compañeros y compañeras que trataron de darle a Delia el coraje para venir finalmente con nosotros: "Ven con nosotros, Delia,...", decían con voz emocionada las chicas que nos acompañaban; "Ven, Delia: te ayudaremos", agregaban los muchachos. Sentí sus dedos aferrándose con más fuerza a mi mano cuando escuchó ella las insistentes voces: "te llevaremos a casa,...", "verás a tu mamá,...", "ven, pequeña, ven,..."

 

Entonces el aire se puso pesado de golpe,... gélido y muy pesado: alcé la vista y ví el rostro de ella, crispado de pronto por el horror: el cuerpo se me heló por completo, ¡SENTÍ SOBRE MI MANO, LA PESADA Y DURA PRESIÓN,... DE OTRA MANO, APRETÁNDOME,... COMPRIMIÉNDOME DOLOROSAMENTE LOS DEDOS!!! Bajé la vista y mis ojos se abrieron como nunca antes en mi vida, mientras escuchaba a la pobre niña soltando un grito gutural y horrendo, como si todo su ser fuese atravesado por un indescriptible dolor: ¡APRETÁNDOME LA MANO, NO HABÍA NADA!!!, ¡ERA HORRENDA LA SENSACIÓN DE DOLOR QUE SENTÍA,... ERA COMO UNA MANO INVISIBLE LO QUE COMPRIMÍA MIS DEDOS!!! Traté de zafarme de esa fuerza inhumana, de pesadilla que me atenazaba, proveniente de la nada, pero no pude. Delia lloraba sin parar, aterrada por completo chillaba y gemía. De pronto, se calló. Tras un silencio aterrador, giró su rostro hacia mí y abriendo los ojos, exclamó:

 

  • - ...No,... -dijo entonces Delia, mirándome fijamente con sus ojos sin vida, y con una voz que me escarapeló por completo-,... "Él" no me dejará ir con ustedes,... nunca,...

 

Entonces, aterrado, ví yo y todos los demás cómo,.... ¡CÓMO UNA FUERZA INVISIBLE,... UN BRAZO Y UNA MANO MUSCULOSA Y SEMITRANSPARENTE  LE TOMARON CON FUERZA POR EL PECHO!!!,... ella pegó un grito terrible, que nos estremeció por completo; por un segundo estiró su brazo al máximo hacia mí, pero ya no se pudo agarrar de mi mano,... a pesar de la semipenumbra de la habitación, yo y mis acompañantes vimos con pánico cómo esa mano transparente apretujó su seno derecho, marcando dolorosamente sobre él sus enormes e inhumanos dedos, haciéndola gritar de nuevo. Atrayéndola con fuerza inaudita, la asió cual garra y la jaló con fuerza contra la pared a sus espaldas. Un golpe seco, su nuca estrellándose pesadamente contra la pared, un sonido realmente horrible y todo terminó.

 

Todos nos quedamos mudos y a la vez sumamente impactados: habíamos sido derrotados de nuevo; no pudimos rescatar a la niña, a la pobre, pequeña y aterrada Delia.

 

Lentamente Vanessa comenzó a abrir los ojos, conforme su rostro, que hacía pocos instantes  mostraba los rasgos y gestos de una niña de ocho años, comenzaba a retomar la apariencia de la mujer de 35 años que era Vanessa. Estaba regresando en sí. Atrás quedaba ya la voz aguda y dolorosamente sufriente de Delia, para dar paso a la voz madura y enronquecida de mi amiga médium:

 

  • - ...¿Qué pasó?, ¿hicimos contacto?,... -comenzó a preguntarme Vanessa, peinándose con los dedos y tomándose la cabeza como sintiendo recién que se le avecinaba una tremenda jaqueca-,... ¿rescatamos a la niña?,...
  • - ...Se llama Delia,... - le dije mientras me sentaba a su lado, contra la pared; yo también estaba exhausto. Prendí y cigarrillo y le ofrecí otro. Vanessa aceptó gustosa-,... no está sola: un "ente" no la deja ir. Fracasamos de nuevo,...
  • - ...Cuéntamelo todo después,... -replicó Vanessa, soltando una gran bocanada de humo-,... Delia,... se llama Delia,... solo eso sabemos,...

 

En ese momento, el resto de nuestros acompañantes explotó: de golpe, los demás miembros de nuestro "Círculo de rescate" empezaron a dar de gritos. Tras pasar horas tomados de las manos, las dos chicas exclamaron a grandes voces que no volverían a intentarlo nunca más. Los otros dos miembros, dos muchachos amigos de Vanessa, discutían entre si acaloradamente, acerca de si se hizo lo suficiente o si debíamos intentarlo de nuevo.

 

Yo solo pensaba la desazón que no me abandonaba: seis años,... seis años de intentos fallidos; seis años tratando de rescatar al espíritu de Delia,... y 24 años en que su alma atormentada sufría, penaba en aquella casa abandonada, que nadie quería habitar,... 24 años de haber sido violada y muerta,... 24 años de sufrir lo indecible en manos de su maldito asesino, aún junto con ella, en el Más Allá,...

 

  • - ...Lo peor es que ella no sabe que está muerta,... -, dije con un susurro, como para que solo lo escuchara Vanessa.

Prisión eterna

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Respirando agitadamente, el agotado hombre miraba sonriente el mar encrespado, ese día de invierno. El sol se alzaba calentando apenas la playa rocosa de aquella desolada isla. Jadeante, mojado, el fornido joven sonreía mostrando todos los dientes, mientras observaba el océano, mientras se quitaba lentamente todos los implementos que llevaba sobre su traje de buzo. Mientras soltaba una sonora carcajada, escuchaba los gritos que, de cuando en cuando se dejaban escuchar en medio de la estática que soltaba su transmisor, ahora a sus pies, junto a su cinturón, con sus otras herramientas.

 

"....FZZZZ!!....¡CARRASCO; MALDITA SEA, TENIENTE. REGRESE DE INMEDIATO A LA LANCHA ES UNA ORDEN!!!....FZZZ!!!..." - se escuchaba bramando a un iracundo instructor de voz ronca-, "....¡NO ME IMPORTA CUÁNTO TARDE EN ENCONTRARLO: LO ENCONTRARÉ!!!.....FZZZZ.....LE ESPERA EL CALABOZO!!!...FZZZ.....". Sin inmutarse ante las terribles amenazas, el Teniente Guillermo Carrasco, comando anfibio de la Marina de Guerra, observaba la desértica isla a la que había arribado. Se había vuelto a salir con la suya. Hijo de un muy alto oficial de la Armada, siempre se las había ingeniado para hacer lo que le viniese en gana. Era el mejor en todo: el mejor de su promoción en la Escuela Naval, el mejor nadador, el mejor comando de la Unidad de Operaciones Especiales.

 

Mirando las escarpadas rocas frente a él, Guillermo se sentía satisfecho consigo mismo. No lo había planeado. Faltaba apenas una semana para que termine su entrenamiento y fuese destacado a una embajada en Europa: su equipo salió a hacer una de sus últimas prácticas en mar abierto. Apenas vió la isla, envuelta en la niebla del amanecer, simplemente se decidió y se lanzó de la lancha rápida en la que iba. Fueron cinco horas nadando. Nadie lo pudo detener; el era el único que podía hacer ese trayecto nadando, y él lo sabía. Respirando a todo pulmón, sintiendo que las gélidas aguas del Pacífico a las que había vencido lo hacían sentir totalmente vivo, miró como si fuese su trofeo el lugar al que había llegado: la isla de El Frontón, también conocida como la isla del Muerto.

 

El Frontón fué utilizada por mucho tiempo como una isla-prisión, una de las peores del Perú; delincuentes, políticos de todo calibre y finalmente, terroristas había vivido y muerto en ese pedazo de tierra. Después que los terroristas de Sendero Luminoso la convirtiesen en una especie de Iwo-Jima llena de túneles y trampas, en 1986 tomaron el penal. La marina tuvo que debelar el motín, a sangre y fuego. Desde ese entonces, la isla es Zona  Militar Restringida: nadie vive ahí, los pescadores no pueden acercarse a ella; ni los mismos marinos tienen acceso. Todos sabían que ahí murió mucha gente,...de manera turbia. Toda esa historia había atraído al Teniente Guillermo Carrasco a ese lugar. No le gustaba que le cuenten historias: él prefería vivirlas.

 

Durante todo ese día, el joven comando se dedicó a disfrutar de su libertad: nadó a sus anchas en las caletas en medio de lobos de mar y pingüinos de Humbolt, sin más sonido que el mar y las gaviotas a su alrededor. Buceó y pescó un suculento almuerzo para más tarde. Recorrió las ruinas del penal destruido a cañonazos navales hacía mucho tiempo; se decepcionó de no encontrar siquiera el más minúsculo recuerdo para llevarse como testimonio de su presencia ahí. Cruzó la isla de lado a lado y se divirtió escondiéndose entre las peñas al paso de dos lanchas de la marina que lo buscaban. Les demostró a ellos y a sí mismo que era el mejor comando: no pudieron descubrirlo. Casi al atardecer, se quedó mirando los restos de una pared destrozada a balazos del llamado "Pabellón Azul", el último reducto de los presos insurrectos. Se leía aún ahí en medio de los boquetes chamuscados "VIVA LA LUCHA....". Cuando el sol se ponía, se encaminó a la playa junto al destruido muelle del viejo penal. Pensaba en probar cuántos días podía sobrevivir en ese pedazo de roca en medio del océano.

 

La noche era muy fría y ventosa. Sentado y cubriéndose del viento tras unas peñas, el Teniente Carrasco trataba de calentarse apretujándose a una pequeño fuego que había improvisado con algunos pedazos de madera que encontró en el muelle. Tranquilo, Guillermo degustaba sus raciones de combate y un pescado que se asaba a fuego lento. La neblina nocturna de invierno envolvía todo. Cualquier persona no hubiese soportado semejante frío, pero él estaba en su elemento: puro músculo sólido templado a punta de las pruebas físicas más extenuantes, apenas se sentía algo incómodo. Las luces de la ciudad apenas se veían en medio de la oscura noche. El viento silbaba en medio de las rocas. Por precaución, el marino había dejado su radio encendida, pero ésta estaba muda. Hasta exactamente las 8 de la noche.

 

"....FZZZ.....¡ES SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD: RÍNDANSE Y DEPONGAN LAS ARMAS!!...FZZZZ"- se escuchó de pronto en la radio. Carrasco se sobresaltó. La voz era perfectamente entendible,...pero la voz era extraña, cavernosa, casi inhumana. Casi de inmediato, el sorprendido marino escuchó algo inaudito: cientos de voces, cantaban una profunda salmodia, era una horrenda canción, mezcla de canto andino y canto guerrero. Jamás había oído algo así. Se le escarapeló la espalda. El canto parecía salir del derruido pabellón al frente suyo, parecía emerger de las entrañas de la tierra, de todos lados. ¡Esto no puede ser posible!, pensó el marino: ¡he recorrido la isla de cabo a rabo: AQUÍ NO HAY NADIE!

 

Instintivamente, se ocultó tras un peñazco, mientras buscaba a tientas desesperadamente su cuchillo de comando en la oscuridad de la noche. Agazapado, observaba a las ruinas que retumbaban por ese canto que sólo hablaba de muerte y sangre, y que se escuchaba horroroso, como proveniente de ultratumba. Casi al mismo tiempo, la radio se volvió a encender, dejando escuchar nuevamente esa voz: "....FZZZ....TENIENTE, CABO: USEN LAS CARGAS. ECHEN ABAJO ESA PUERTA....FZZZ". Tras quedar totalmente desconcertado por esa transmisión, un tremendo estrépito lo sobresaltó por completo: una potente detonación hizo retumbar toda la isla. El comando quedó paralizado de terror: sus oídos no le mentían, una explosión casi le hirió los tímpanos, pero no hubo ningún fogonazo. Casi de inmediato, lo imposible; un infernal estruendo se desató a su alrededor. Ráfagas de ametralladoras, disparos varios, explosiones de granadas,...gritos de comandos lanzándose al ataque, gritos de dolor, lamentos, insultos,...proviniendo de todas partes,... ¡pero las voces no provenían de gargantas humanas!,.... ¡las explosiones retumbaban pero nada las ocasionaba!,...¡AHÍ NO HABÍA NADA NI NADIE, SÓLO LA OSCURIDAD!!!

 

Apretando los dientes, mirando con desesperación a todos lados, Guillermo se sentía enloquecer. La que también enloquecía era la radio en ese momento: decenas de voces se dejaban escuchar: "..... ¡NECESITAMOS UN MÉDICO: A MI TENIENTE LE DIERON EN LA CABEZA!!!....FZZZ.....¡GRUPO ALFA, DISPARAN DESDE ARRIBA: RETROCEDAN!!...FZZZ....¡TRAIGAN LA BAZUCA AL LADO NORTEEE!!!....FZZZ...¡¡TENGO TRES BAJAS: NECESITO REFUERZOS!!!....FZZZ..."

 

Todo el cuerpo le temblaba al joven comando: lo habían preparado para toda situación, menos para esa. Sus instintos de militar le pedían luchar, la sangre le hervía. Escuchaba horrorizado gritos de hombres muriendo, agonizando, suplicando ayuda a gritos a escasos pasos de él,... ¡PERO NO HABÍA NADA NI NADIE A SU ALREDEDOR!,...sólo rocas y oscuridad, y lo desconocido. El Teniente Guillermo Carrasco creyó por un momento que había enloquecido por completo. Desesperado comenzó a gritar como un energúmeno. De pronto, todo el estruendo se apagó de golpe. Sólo se escuchaba en la isla sus propios gritos. Tardó en callarse. Sudaba, temblaba, con los ojos desorbitados, mirando a todos lados, mirando la neblina nocturna que le envolvía. El silencio era absoluto.

 

El comando se incorporó aferrándose a su cuchillo, amenazando las sombras que le envolvían con él. No dejaba de temblar, mientras caminaba alrededor de la pequeña fogata. Carrasco se agachó a recoger su transmisor, ahora mudo. Apenas lo alzó, la sangre se le heló en las venas: no se había percatado que la radio estaba inservible, al tomarla descubrió que la batería del aparato no estaba. Al llegar a la isla, seguramente se había caído al golpear con las rocas. Tratando de entender de alguna forma lo que estaba ocurriendo, el militar se tomaba la cabeza, buscando un por qué. Caminaba como atontado, aún afectado por semejantes sucesos. De pronto, en medio de la negrura de la noche, escuchó un gemido lejano.

 

Dispuesto llegar al fondo del asunto, reunió todo su valor y comenzó a avanzar hacia las ruinas del penal, de donde parecía provenir ese apagado gemido. Demostrando lo aprendido, el militar sigilosamente saltaba de una roca a otra, de un pedazo de pared a otro, apenas iluminado por la luna que ya se elevaba sobre la neblina baja. De rato en rato, se detenía, escuchaba atentamente, buscando de dónde provenía el gemido. Tardó casi una hora, atravesando los edificios derruidos. En lo profundo del pabellón, se detuvo ante una especie de cueva que se hundía en la roca. Tal vez era uno de los boquetes que los presos amotinados hicieron. Carrasco giró alrededor suyo. El gemido se había apagado. De pronto, un sonido de pisadas lo hizo voltear violentamente. Frente  él estaba un muchacho asustado.

 

Llevaba uniforme militar completo, cargando en un brazo un fusil automático. Estaba muy pálido y asustado. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y gemía mientras le observaba desde dentro de la cueva. "¡QUIÉN ERES TÚ!" -, le gritó tratando de mostrar aplomo. El muchachito, le vio con sus ojos grandes y llorosos. No parecía tener más de 19 o 20 años. Parecía que no entendió la pregunta, hasta que alzó la cabeza y dio un paso adelante. Se quitó el casco de acero y, con ambas manos lo pegó a su pecho al estilo naval y dijo con voz cavernosa: "¡Cabo de Mar Jaime Nina, 05732660, Señor!....". El Teniente Carrasco se quedó paralizado del horror: ¡al quitarse el casco, el muchacho dejo ver que tenía en su frente un limpio agujero de bala!.

 

Guillermo jamás había sentido miedo ante nada ni nadie. En ese instante las piernas le temblaron, y dejó caer su cuchillo al suelo. Sabía perfectamente que nadie sobreviviría a una herida así,....ese infante de marina frente a él NO PODÍA ESTAR VIVO. Paralizado por el pánico, escuchó a la aparición que seguía hablando: "....del pelotón "Delta": le informo que todo mi equipo ha muerto. Mi Teniente me ordenó proteger esta posición, Señor". Carrasco se sentía embotado, casi al borde de la locura; conforme la luna llena iluminaba al joven, veía un inmenso manchón de sangre en su uniforme que abarcaba todo el pecho: el pobre muchacho tenía también un tajo que le cruzaba el cuello casi por completo. "¿Vino a reemplazarme, Señor?"-, preguntó ansiosamente el muchacho. "¡Tú,....tú...!"-exclamó Carrasco, aterrado-, "¡TÚ ESTÁS MUERTO!". La aparición parecía no entender. Movía la cabeza incrédulo mientras decía: "no, yo no estoy muerto: estoy herido. Recuerdo que algo golpeó mi cabeza, pero después me puse de pie y seguí en mi puesto. Mi Teniente, ¿regresaré a casa?". Temblando sin cesar, Carrasco trataba de caminar hacia atrás, alejándose de la aparición, sin saber que hacer: "¡tú no puedes volver por que estás muerto!!". Le dijo una y otra vez. El muchacho le escuchó tratando de comprender. Comenzó a caminar mirando al frente, casi ignorándolo. Alzó su pálida mano apuntando hacia las luces de la ciudad: "¿ve?, allá por Comas está la casa de mi mamá. Me espera. Mañana es su cumpleaños. Me gusta la comida de mi mamá,... ¿entonces,...no la volveré a ver?". Aterrado, descompuesto, Carrasco comenzó a negar con la cabeza.

 

Abriendo sus ojos más, mirando las luces que apenas se observaban, Mostrando un dolor muy profundo, comenzó de nuevo a gemir. Al voltear hacia el Teniente, le tendió la mano y le dio algo: "tome; lléveselo a mi mamá. Lo va a necesitar". Guillermo observó lo que le había dado: era una raída billetera. En ella sólo había su carnet de identidad  militar y dos míseros billetes de 10,000 intis. Mientras el joven caminaba de nuevo hacia la cueva, se detuvo y volvió a hablarle al comando. Le tendió su viejo fusil: "hay algo más,....debe irse cuanto antes de aquí. Ellos están bajo la tierra. Tome mi arma, mi Teniente; la va a necesitar". La mano temblorosa del Teniente Carrasco asió el cañón enmohecido del arma. Se aferró con fuerza a él mientras veía a la aparición arrastrando los pies, llorando amargamente, mientras se perdía en las profundidades de la cueva.

 

Fue demasiado para el joven comando: se dejó caer en donde estaba, llorando amargamente. El miedo lo había doblegado y el cuerpo le fallaba. No sabía que hacer más que dejar salir todos los sentimientos encontrados que le dominaban. De pronto, una serie de jadeantes susurros comenzaron a rodearle, salidos de la nada. "....MIRA, AHÍ HAY OTRO..."-decía una voz-, "...DEBE MORIR..."-decía otra. "NO SALDRÁ VIVO DE AQUÍ...."- escuchó casi como si estuviese alguien a sus espaldas. Voces de odio, con sed de sangre, profundas, roncas, burlonas, que le rodeaban por todo lado. El Teniente se incorporó. Tener el arma en sus manos le daba ahora el valor que le hacía falta. Con el fusil en una mano y el cuchillo en otra, comenzó a bramar, sintiéndose invencible de nuevo, otra vez se sentía el mejor. "¡VENGAN MALDITOS: NO LES TEMO. LOS HARÉ PEDAZOS!!!..."-, dijo una y otra vez el comando, retando a quienes le rodeaban. No pudo avanzar mucho: en menos de un segundo, la tierra bajo sus pies se abrió.

 

¡Como vomitadas por la tierra, decenas de manos huesudas, garras de hueso y tendones apenas, comenzaron a tomarlo, a asirlo, aferrándose a él por todos lados, impidiéndole correr, caminar siquiera!, ¡aullando de pavor, el militar trataba de zafarse, mientras asestaba cuchillada tras cuchillada, que apenas dejaban marcas en los huesos!. Carrasco apretó una y otra vez el gatillo del fusil hasta que se dio cuenta que el arma no funcionaba. Rápidamente, las garras de los agresores de ultratumba lo hundieron en el boquete en medio de los escombros, llevándose a su víctima que no dejaba de gritar, mientras desaparecía. Lo último que vieron sus ojos en este mundo fue la luna llena allá arriba en el cielo, luz pálida que después se volvió en total oscuridad.

 

Los fantasmas del casino

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Desde que se legalizaron los casinos en mi país, han proliferado en todas las grandes ciudades, llenos de sus luces y promesas de fortuna. Pero ahí termina la similitud con el mundo de glamour que nos vende el cine, al mejor estilo de Las Vegas: en mi ciudad,  como en todo el país, son lugares elegantes donde en las madrugadas vagan sombras de personas más que personas en sí: hombres y mujeres que buscan algo que no encuentran en sus vidas, jugando lo poco, mucho o nada que poseen. Espectros de vivos más que otra cosa son, y yo, por un tiempo era uno de ellos. Estos sombríos y tristes ambientes eran, al menos para mí, el último lugar en el mundo en que pensé toparme con seres del Más Allá, pero eso fue a final de cuentas, lo que precisamente sucedió,...

                                                                                       

Era una época oscura de mi vida. Solitario y deprimido, mi trabajo y los buenos negocios que lograba día a día, no llenaban para nada mi existencia. Luego de alegrarme -incluso saltando, alzando los brazos y dándome hurras a mi mismo-, al final de un día en el que mi billetera estaba a punto de reventar de dinero, terminaba dándome cuenta que no me servía de nada, cuando al caer la noche me encontraba solo, sin alguien a mi lado con quién disfrutarlo o compartirlo. Aunque sea un afecto sincero siquiera. Solo otra vez.

 

Aquella noche no tenía ganas de regresar a mi casa; en realidad no tenía ganas de nada. Después de pasar gran parte de la noche en un bar bebiendo solitariamente, ingresé al casino. Me había vuelto ludópata -y no tengo vergüenza en admitir que aún lucho contra ese vicio-, y a pesar de que no llegué como otros a perder todo en el juego, me estaba ocasionando un significativo forado en mi economía.

 

El casino en cuestión -uno de los más importantes en esa época en la ciudad-, ocupaba, como era habitual en esos tiempos, los ambientes de un antiguo banco quebrado durante la crisis económica de los ochentas. Era el ambiente excelente para ser casino: amplio, techos altos y una caja fuerte heredada de su pasado uso; no era el primer lugar en la ciudad que, siguiendo un destino, un karma, recibía como en otros tiempos, dinero a carretadas, aunque ahora de otra forma.

 

Era ya de madrugada. El lugar estaba casi desierto, salvo por los eternos trasnochadores de siempre, ya totalmente absorbidos por el vicio. Algunos ricos, algunos pobres, pero todos imposibilitados ya de controlar su adicción. Apoyadas en la barra del bar, cabeceaban las camareras, jóvenes que, luciendo diminutas minifaldas, prácticamente vivían ahí, esclavizadas a su belleza, recibiendo un sueldo de hambre. Era un ambiente tremendamente triste. Era excelente para mí, por que así se sentía mi propio corazón.

 

Tras avanzar por en medio de las máquinas tragamonedas, tambaleándome bajo los efectos del alcohol, una atenta y despierta camarera -seguro era su primer día- , me invitó a subir al segundo piso, mientras ponía en mis manos un vaso de licor: estrenaban una mesa de ruleta electrónica esa noche. Como yo no jugaba a ese juego hacía mucho, fui a la caja a que me den una tarjeta electrónica para jugar y subí despacio las escaleras.

 

Arriba sólo habían cuatro personas, sentadas en la mesa de la ruleta: un fornido hombrón en mangas de camisa, gordo y siempre sonriente, un joven barbado y descuidado en su vestimenta, una señora de unos cuarenta años, elegante y bien arreglada y una señora de unos 60 años, con apariencia de una abuelita bonachona.

 

Había dos asientos libres, así que me senté tras dedicarles una silenciosa venia. Todos asintieron con la cabeza y comencé a jugar. Conforme avanzaba la noche, comenzaron a conversarme, haciéndome sentir parte del grupo: Don Porfirio era el nombre del hombrón, siempre sonriente a pesar de los reveses en sus jugadas. Su tez morena y sus gestos campechanos evidenciaban que era un agricultor algo adinerado, pero venido a menos. César, en cambio, el joven de peinado descuidado y barba de tres días era uno de esos tipos desesperados y sin fortuna que esperan el día en que les llegue la suerte. Susy, la mujer elegante, era la esposa de un empresario que jamás estaba en casa y que mataba las noches de soledad gastando su dinero, y esperando alguna fugaz aventura. Doña Lupita era una viuda sin hijos, que entró una vez al casino y no salió ya más.

 

"¿No vienes mucho por aquí, verdad?"-, me soltó Susy, sentada a mi lado, con una voz muy melosa y haciéndome notar su espectacular delantera enfundada en su ajustado suéter de casimir. "¿por qué tan solito?". Se notaba que había puesto su mira en mí. A pesar de sus años era una mujer muy atractiva. "Por que sí...." -, fue mi respuesta. No deseaba que nadie me preguntase acerca de mi vida.

 

"Ten cuidado, muchachito"-, me dijo en tono de confidencia Don Porfirio, pícaramente, codéandome-, "que si Susy te agarra, ya no te suelta". Casi de inmediato soltó una tremenda carcajada que hizo retumbar el lugar. "¡Cállate viejo viagra!" -, le soltó Susy junto con un pellizcón, ocasionando que todos se rieran también. "¿Por qué tan seriecito, corazón?" -, volvió a la carga Susy. "....Cómo no voy a estar serio, si estoy perdiendo"- le dije. Mostrando su mejor sonrisa, volvió a la carga: "si es por dinero, no te preocupes; yo te presto,..."- dijo para luego voltear y alzar la mano-, "...señorita: dos escoceses en las rocas, por favor".

 

Mientras la camarera nos traía las bebidas, el resto siguió la plática. Don Porfirio llevaba la voz cantante, como siempre: "¡bah!, ¿y qué si se pierde?, yo voy perdiendo 350 y no me quejo....". Yo ya voy 600" -, agregó César, cogiéndose la cabeza de desesperación para luego dar un puñetazo a la máquina-, "¡maldición, esta porquería está arreglada!".

 

"Cuidado Cesaritos, que te van a botar,..." - intervino Doña Lupita con tranquilidad, soltando un suspiro-, "yo voy 180 perdidos, pero que más da, ¿de qué me sirven si estoy sola?...". Aquella gente era de cuidado: me estaban desplumando pero casi ni se inmutaban de las pérdidas que tenían. Alcé la vista y me encontré con los ojos azules de Susy, tendiéndome un vaso; "¿y a quién le importa?, ¡es sólo dinero!"-, me dijo como si leyese mi pensamiento.

 

De repente, Doña Lupita soltó un profundo suspiro y dijo: "....si al menos viese a Patty otra vez,..."-, lo dijo como si fuese la tal Patty la persona más importante en su mundo. "...¡ya van a empezar con sus historias!"-, exclamó molesto César, apurando de golpe su cuba libre. "Por que no crees en ella, ella no se te aparece...." -, le respondió la mujer con tranquilidad. Habían picado mi curiosidad y no me pude resistir a preguntar: "¿y quién es esa Patty?". Todos se miraron a los ojos, como preguntándose si debían revelármelo. A los pocos segundos Don Porfirio respondió con un guiño: "es un fantasma".      

 

"¿Un fantasma, y cómo es eso?"-, interrogué ansioso. Todos guardaron silencio y dejaron que Doña Lupita comenzara el relato. Ella lo hizo con respeto, levantando la vista, como si le hablase a alguien más: "cuando abrió este casino, entró a trabajar una chiquilla; tenía menos de 18 años así que mintió para conseguir el empleo. Era muy hermosa,...tenía una carita de ángel" - suspiró de nuevo y prosiguió -, "era taaaan buena!...".

 

"Preciosa realmente" -agregó Susy-, "mucho más que yo a su edad". Doña Lupita la interrumpió, haciendo énfasis en lo que quería resaltar. "No sólo era su físico: era su alma. Siempre aconsejaba, te daba ánimos. Escuchaba tus problemas. Todos la querían y la respetaban. Si algún viejo verde la molestaba, no intervenía la Seguridad del casino: todos los clientes nos parábamos y sacábamos al insolente. Ella estaba sola en el mundo y nosotros éramos como una gran familia y ella era como nuestra hija".

 

"Era la hembra más rica que haya conocido,..." -, exclamó César, interviniendo groseramente en el relato. "!Cállate imbécil; respeta a los difuntos!!" -, le soltó de golpe Susy. César le soltó un ademán con la mano y siguió jugando. "...Una noche, Patty se despidió y salió apurada...." -retomó el relato Doña Lupita, ahora más seria y triste-, "nunca se supo adónde se iba ó con quién. Tomó un taxi cualquiera, no de los de la empresa que hace servicio a los empleados del casino".

 

De pronto, la ancianita comenzó a sollozar. Todos bajaron la mirada, muy serios. "Apareció a la mañana siguiente,....la habían matado. Unos malditos la habían violado y la tiraron degollada en un descampado, como si fuese un animal,... ¡malnacidos, ojalá se mueran todos!!!..."-, culminó la pobre mujer.

 

"Desde entonces, se aparece acá en el casino; aparece y te ayuda cuando tienes problemas"-, sentenció Don Porfirio. "yo nunca la he visto" -, intervino Susy. "Es que tú tienes plata, cariño: sólo ayuda a quién de veras lo necesita- , agregó la anciana-, "¿sabes?, una vez hice una tontería: aposté toda mi pensión a las tragamonedas. Tenía deudas y no me quedaba más que 5 soles. Me puse a pensar en ella. No la ví, pero sentí que estaba ahí conmigo: jugué de nuevo y la máquina me dio ¡tres veces seguidas el premio máximo!".

 

"Una jugada en un millón...." -, volvió  hablar César. "Si, es cierto -dijo la Doña-, "y yo por ambiciosa, quise seguir jugando, ¡y la máquina se apagó de pronto por completo!; ¡algo extrañísimo, ni el personal del casino sabían por qué!; en fin, entendí que Patty me decía que coja la plata y que me vaya,.... Pasé una bonita navidad ese año,...".

 

"Yo sí la ví una vez..."-, comenzó a decir Don Porfirio-, "no la conocía hasta ese momento. Tenía deudas y el banco me dio un préstamo, ¡pero en vez de irme a mi casa me metí  acá y lo jugué todo,....eran como 5,000 dólares!!!; me quedé toda la noche. A la una de la madrugada, me quedaban apenas 100. ¡Pensaba en pegarme un tiro cuando llegase a la casa,... lo había perdido todo!; entonces se apareció a mis espaldas. Me ofreció un cigarro y con esa sonrisita tan linda que tenía, me dijo: "14 - 33 y 8",... y luego se retiró. No conocía su historia, así que lo tomé como una posibilidad. ¿Y sabes qué?, ¡jugué esos números y ¡los repetí cuatro veces en la ruleta y gané 8,000!!!, ¡JAJAJA!!!. "

 

"Cuando cobré y me iba a ir, le pregunté a una de las chicas: "oye, ¿cómo se llama esa chiquita de pelo negro lacio, con uniforme naranja y blanco?, ¡se ha ganado un premio!",...pero la chica me respondió muy seria, que no había ninguna chica trabajando con esas características,....y además, el uniforme naranja con blanco lo usaban dos años atrás, no como el de ahora que es azul"- , explicó apuntándome a la muchacha que nos traía cigarrillos. "Después me contaron que era una almita".

 

"Bueno, fue interesante la historia, pero ya me debo ir; me dejaron "limpio"-, les dije poniéndome de pie. "Nooo; quédate. Que yo sepa, la noche aún es joven"-, me dijo Susy. "Me gustaría, pero debo trabajar mañana"-, traté de explicarle. Al mismo tiempo, las bebidas habían hecho su efecto y necesitaba ir a los servicios higiénicos. Ví de pronto  un empleado de limpieza que entraba rápidamente a un cuarto al lado de la mesa y salía igualmente de rápido-, "¿ese es el baño?". Todos se quedaron mudos de pronto. "mejor ve al del piso de abajo"-, me sugirió Don Porfirio. "¿Pero por qué si éste está más cerca?"-, inquirí. "....Por que Patty no es el único fantasma que hay aquí....", - , me respondió Doña Lupita, mostrándome el temor en sus ojos.

 

"¿Me dejan contarle ésta?" -, exclamó de pronto muy emocionado César. Todos asintieron-, "¡bien!; esta te va a gustar. ¿recuerdas que éste lugar era antes un banco?". Asentí con la cabeza: "sí, mi hermano mayor trabajó aquí...". Se notaba que César se regodeaba contando la historia, a pesar de estar ya totalmente ebrio. "¡Pues bien!, hace unos 10 años hubo un desfalco, ¿te imaginas?, ¡millones de dólares se hicieron humo!,...¡eso sí es dinero de verdad! .Como iba diciendo, acusaron al sub-gerente general, pero muchos dicen que el responsable era el gerente general, que era un tipo emparentado con los dueños del banco. En resumen, cuando apareció el escándalo en los periódicos, el sujeto vió desde su oficina llegar a la policía para detenerlo. Se paró, se fue al baño de empleados y se ahorcó. Pero, ¿sabes qué?, yo creo que lo "silenciaron" para que diga no nada, ¿comprendes?".

 

"Es un alma atormentada" -agregó Don Porfirio-, "¿viste a ese tipo que salió como alma que lleva el diablo?, nadie entra ahí y si lo hace, no se queda mucho tiempo". Mirando la puerta cerrada, le respondí: "yo tampoco me quedaré mucho. Además, si busca venganza, no creo que tenga nada contra mí". Me miró como un padre ve a su hijo. "¿No escuchaste?, ese tipo fue asesinado, no es una buena alma. Yo que tú no iría". Pensando en aquel momento más en mis necesidades fisiológicas, finalmente me decidí: "ya vuelo"-, les dije. La única que me contestó fue Susy: "te espero aquí, corazón,...".

 

Al cerrar la puerta tras de mí, no percibí nada dentro del baño. Estaba limpio y aseado y del exterior no se oía nada más que los sonidos propios del casino. Hice lo que tenía que hacer y ya presto para salir, me encontraba en el lavado aseándome. Pensaba si en hacerle o no caso a Susy, mientras me miraba al espejo. Igualmente, pensaba en que aquel baño no revestía nada que diese temor. En eso pensaba cuando sentí el primer golpe.   

 

Mi rostro golpeó duramente contra el espejo, pero no lo llegó a romper. Me tenían firmemente agarrado del cuello, apretando mi cara contra el cristal, impidiéndome ver al agresor. Tenía manos extraordinariamente fuertes y la que me agarraba la cara como si fuese una tenaza. Casi al instante sentí la descarga: tres fuertes mazazos con el puño de mi cobarde oponente rehundieron en mi costado, justo en el hígado, sacándome de golpe todo el aire. Mis brazos cayeron a ambos lados como si de un muñeco de trapo fuesen. Estaba yo indefenso e incapaz de defenderme. Cuando apenas estaba reponiéndome, sentí ambas manos alrededor de mi cuello. Me estaba ahorcando. El maldito que me atacaba rodeó con sus dedos mi cuello, asfixiándome. Sin poder pedir ayuda, tratando de respirar, comencé a agitar las manos como loco, tratando de asirme a algo para responder al ataque. Mi cara seguía pegada al espejo. Quería gritar y no podía, mientras sentía esos horrorosos dedos comprimiendo, tratando demencialmente que yo deje de respirar para siempre. Apenas pude abrir el grifo del agua en mi vano intento de buscar algo que me sirviese como un arma.

 

Cada segundo que pasaba trataba en vano de decir "ayuda,... ayudaaa..." y lo único que salía de mi garganta eran estertores y sonidos guturales. Afuera nadie me escuchaba y sólo podía oír la mecánica voz femenina de la ruleta electrónica diciendo: "...HAGAN...SUS APUESTAS, SEÑORES....NEGRO EL 26..." . Cuando casi me daba por vencido, me sentí de pronto alzado en el aire: el muy maldito era más alto y más fuerte que yo y sosteniéndome con ambas manos por el cuello, me levantó del suelo. Sentí con terror cómo mis pies se despegaban del piso. Desesperadamente con las puntas de mis pies trataba yo de apoyarme de nuevo.

 

No sé si fueron minutos o segundos los transcurridos, pero conforme sentía la terrible falta de aire, las venas de mi cabeza a punto de estallar y como que mis ojos se salían de sus órbitas, el sujeto que intentaba asesinarme separó mi cara del espejo, y así pude ver finalmente la cara de mi agresor: no tenía cara....

 

¡NO HABÍA NADIE AHÍ!,.... Vi con horror cómo yo flotaba en el aire, a escasos centímetros del suelo: ese ser invisible, me ahorcaba salvajemente, pero sólo podía ver la forma que sus también invisibles dedos marcaban alrededor de mi cuello. Ahí sentí lo que me parece, hasta hoy, lo que se debe sentir al morir: una sensación de extraño vacío, una sensación de abandono, un embotamiento de las ideas,.... No sé cómo describirlo.

 

Cuando casi ya aceptaba mi destino, aquella entidad me agitó en el aire como un muñeco unas cuantas veces, para luego dejarme caer pesadamente al suelo. Sentir de nuevo el aire entrando en mis pulmones es una sensación que no olvidaré jamás. Tardé un buen rato en incorporarme,.... si no hubiese ido al baño minutos antes, tengan por seguro que me hubiese hecho encima. Sudaba yo a mares y mi pulso estaba apenas componiéndose cuando mirando mi deplorable estado en el espejo, y sorprendiéndome por las rojas marcas de dedos en mi cuello. A través del espejo pude ver a mis espaldas cómo la puerta de metal de uno de los excusados se abría y cerraba a una velocidad fenomenal, casi desprendiéndose de sus goznes. No lo pensé dos veces, ese ser quería que me largase y así lo hice.

 

Salí como una tromba del baño. No pensé en nadie ni en nada, sólo quería salir cuanto antes de ese lugar. Al pasar por la mesa de la ruleta, todos comenzaron a reírse con fuerza, sin importarles mi deplorable estado; ¡malditos desgraciados!, pensé que eran mis amigos...

 

Al bajar las escaleras tambaleándome dirigiéndome a la salida, comencé a respirar mejor. Los demás empleados del casino estaban tan adormilados que ni se fijaron en mí; pensarían que era simplemente yo otro borracho que se iba. No dejaba de temblar e instintivamente volteé hacia tras para ver si "eso" me seguía, y ahí fué cuando la ví: estaba parada atrás de dos señoras que jugaban en una tragamonedas. Era delgada, de pelo lacio oscuro, su cuerpo delgado enfundado en una blusa blanca y una minifalda naranja. Llevaba en la mano una charola con cigarrillos. Nadie la miraba excepto yo. Me miró fijamente, con una mirada que mostraba una infinita pena. En silencio, comenzó a menear su cabeza; entendí que me decía que no volviese. Eso fue lo que hice.

 

Los moretones en mi cuello tardaron en sanar. Jamás  volví a ese casino. Aún juego pero por nada del mundo iría de nuevo allá. Al poco de lo que me pasó, me enteré que la gerencia del casino decidió clausurar el segundo piso del mismo, ignoro por qué. Sólo sé que algunas amigas mías han trabajado ahí después de ese día y todas aseguran haber visto a Patty en más de una ocasión. Con respecto a "lo otro", ese baño ahora es un depósito lleno hasta el techo de cajas.

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