El club de cuentos de terror y misterio

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Robert, el muñeco maldito

 

Conozco a muchos amigos y amigas que ya adultos, aún tienen ciertos malos recuerdos o temores con respecto a los muñecos y muñecas, miedos que se originan de muchas maneras en la más tierna infancia, por lo que al compartir con todos ustedes esta leyenda, espero no hacer resurgir viejos terrores infantiles, pues como todos sabemos bien, no hay nada más aterrador para el ser humano que ver surgir el pavor y el miedo en algo muy cercano y antes amistoso, pero que puede volverse en un ser espantoso. Esta es la historia de Robert...


La historia comienza en el hogar del Sr. y la Sra. Thomas Otto, el año 1896. Donde era muy conocido el hecho de que los Ottoabusaban de sus sirvientes y no eran muy amables con la gente. 

Se dice que la Sra. Otto despidió a 4 de sus empleados cuando los vio en el jardín en una ceremonia que ella creyó era brujería por lo que inmediatamente los corrió. 

Había uno los sirvientes, (que ayudaba en el cuidado de el hijo de los Otto, Robert Eugene, "Gene") del cual se decía que estaba iniciado en el arte de vudú y que de acuerdo a lahistoria, esta joven sirvienta le obsequió a Gene un muñeco. Elmuñeco media tres pies de altura, y estaba relleno con paja. La sirvienta dio a la muñeca muchos rasgos físicos que recordaban a los del joven Gene, incluso se dice que Robert tiene cabello de Gene y aunque parezca imposible, el cabello que ahora tiene Robert cambio de color, cosa que es totalmente imposible.


Gene decidió nombrar al muñeco como Robert y a partir de ahí se convirtió en el compañero del niño. Pronto se convirtió en costumbre para los Otto el escuchar a su pequeño hijo el hablando con su juguete todo el tiempo, pero lo que era extraño era que los Otto escuchaban a su hijo respondiendo a sus preguntas con una voz muy diferente y extraña.


A partir de entonces cosas extrañas comenzaron a ocurrir en la casa, los vecinos reportaban con frecuencia ver al muñecomoverse frente a las ventanas de la casa cuando los Otto no estaba en casa. Por otro lado Gene Robert comenzó a culpar almuñeco de pequeñas travesuras y sucedidos en la casa. Incluso los padres escucharon al muñeco reír y moverse por la casa.


Gene comenzó a tener pesadillas, y despertaba gritando por la noche. Cuando sus padres respondían a los gritos de su hijo, a menudo encontraban los muebles volcados y fuera de lugar y a su hijo muerto de miedo. Por regla general solían encontrar aRobert a los pies de la cama de su hijo y con una mirada extraña en los ojos mientras que Gene gritaba y sollozaba "¡Robert lo hizo!"


Hartos sus padres y para poner fin a la situación, decidieron queRobert acabara arrumbado en el desván cubriéndose de polvo.


Al morir su padre, Gene recibió como herencia la casa donde vivió su infancia, así que decidió mudarse a su nuevo hogar en compañía de su esposa. Además de aprovechar el espacio de su antigua casa para poder trabajar sin problemas ahora que era un artista y sobre todo darle uso al mirador que se encontraba en el techo de la casa desde el cual podría inspirarse para obtener material para sus obras.


No paso mucho tiempo después de haberse mudado, cuando en el ático descubrió a su olvidado compañero de juegos y los saco de ahí para colocarlo en el mirador del techo.


A partir de ese momento, el vínculo que hubo en la niñez entre ellos dos volvió a hacerse presente, lo que provoco una atmósfera rara y desagradable en la casa, la cual la esposa deGene resintió mucho. Así que aprovechando una ausencia de su esposo, ella decidió que había tenido suficiente y lo regreso al ático.


Cuando Gene regreso y se entero de lo que había hecho su esposa, se disgusto mucho y rápidamente corrió a rescatar a su amigo del ático, diciéndole a su mujer que Robert necesitaba una habitación para el mismo mientras lo colocaba de nuevo enel mirador. Y en ese momento la esposa de Gene comenzó a dudar de la cordura de su esposo.


Entonces en Key West comenzaron a correr rumores sobreRobert y sus maldades. Mucha gente contaba historias en las que decían haber visto y escuchado a Robert hacer cosas desdeel mirador ya que era común verlo desplazarse por la casa, decían que Robert les hacia muecas y se burlaba de ellos cuando pasaban cerca del lugar, los niños de las escuelas cercanas evitaban el pasar cerca de la casa de los Otto, por temor a descubrir que Robert los estuviera espiando desde el mirador. E incluso los Otto dejaron de recibir visitas por que ya nadie quería visitarlos.


Gene incluso dijo haber ido al mirador y encontrar a Robertmeciéndose frente a la ventana quejándose de su encierro.


Cansado de Robert y sus travesuras, Gene lo devolvio al ático. La gente que los visitaba reportaba el escuchar pasos en los cuartos del piso de arriba e incluso algunas risas que se escuchaban en ciertas partes de la casa lo que de nuevo provoco que la gente se rehusara a atender las invitaciones que los Otto hacían. 

Gene Otto murió en 1972, y su esposa vendió la casarápidamente dejando a Robert olvidado en el ático y de nuevo las historias fueron olvidadas.


Hasta que una nueva familia llego a la casa y Robert fue descubierto por la hija de aquella familia. La pequeña que tenia 10 años, se emocionó mucho al descubrirle, e inmediatamente lo bajo a su habitación junto con sus demás muñecos.


Pero al parecer, la niña no fue del agrado de Robert y comenzó a molestarla, al punto en el que la niña gritaba de terror por las noches, y cuando llegaban sus padres, la niña muerta de miedo señalaba al muñeco sobre su cama alegando que trataba de matarla.


Aun después de 30 años, esta ahora mujer sigue jurando que elmuñeco se movía y trataba de matarla por que el muñeco no la quería.


Robert, todavía veste con su traje blanco marinero abrazando su león de peluche, si lo quieren conocer pueden visitarlo en el museo Martello en Key West, pero como ultima advertencia les comento lo que dice la gente, cuando se encuentren en dicho museo y quieran tomarle una fotografía, primero hay que pedirle permiso para poder hacer esto. Si el muñeco inclina la cabeza hacia un lado, eso quiere decir que el esta de acuerdo y no habrá ningún problema, pero si el no hace nada y Ud. insiste en dicha acción o se ha burlado de el, lo mas probable es que su cámara deje de funcionar y según la historia popular de la maldición de Robert caerá sobre Ud, no solo afectándolo a Ud, si no a sus seres queridos, si no creen, solo es cuestión de darle un vistazo a las paredes de la sala, donde se pueden observar infinidad de fotografías y cartas en las que le solicitan a Robert, levante la maldición que ha caído sobre ellos.

 

Incluso en el museo donde se encuentra hoy, se dice que por las noches se puede oir ruidos y ver sombras desde su exibición.


Es más se dice que al fotografiarlo o grabarlo, en ocaciones mueve su cabeza. Problemas con la cámara como cuantan en el segundo video, que le movieron el sombrero para fotografiarlo y la cámara no funcionó; al ponerle el sombrero en su lugar la cámara volvió a funcionar normalmente.


Finalmente, la fenomenología paranormal en torno a Robert al parecer se ha asentado en el Museo: acá podemos ver una foto tomada a Robert y que fue entregada al portal ghosthuntersofamerica.com. En primer plano se puede ver almuñeco,... y tras él una imagen fantasmal,...

El fantasma del volcán

 

La ciudad donde yo vivo, Arequipa, en el sur del Perú, se halla rodeada de montañas. Los antiguos peruanos tenían por tradición señalar a una montaña o pico de cierta importancia en una comarca como el guardián o protector de la región - denominándolos "Apus"-, y convirtiéndolo en un monte sagrado, en una divinidad. No es raro por tanto, encontrar que existen muchísimas leyendas, mitos e historias sobre cada uno de ellos. Mi ciudad cuenta con tres de ellos: dos volcanes extintos y un nevado: curiosamente, el guardián tutelar de la ciudad, el Misti, es el único que no tiene nombre incaico. Se dice que los incas lo "maldijeron" en un pasado remoto, condenándolo a no tener nombre, según dicen por que algo muy terrible pasó ahí. Desde siempre se han contado historias sobre los raros sucesos que tienen lugar en las faldas de ese volcán, y fue precisamente lo que descubrimos mis amigos y yo aquella noche....

Ocurrió en 1990. En aquellos años se realizaba en laciudad una maratón de ascenso al volcán con motivo del aniversario de fundación de la misma. Yo ya había participado el año anterior en la misma, y animé en ese año a tres compañeros del colegio: Omar, Juan Manuel y Luis. Era nuestro último año de secundaria y ellos consideraron que podría ser una interesante experiencia; además, el hecho de que aún estábamos en el colegio hacía que, gracias a la práctica constante de deporte en esa época -y sin tabaco ni alcohol,... por lo menos, no mucho-, no teníamos pues temor de que semejante prueba nos fuese algo insuperable.

Tras inscribirnos y pasar las pruebas médicas, nos sentíamos importantes reunidos con los demás participantes, en las charlas informativas, sentados junto a maratonistas bolivianos y africanos que también habían llegado para participar; definitivamente iba a ser una gran aventura. La mañana de la partida, todos estábamos reunidos en la plaza de armas de la ciudad, portando nuestras mochilas y con un número de control en el pecho. Tras darse la partida, los cuatro comenzamos a trotar atrás del grupo; no participábamos por el premio en metálico ni por fama, sólo queríamos conocer un lugar nuevo, nuevas experiencias,... pero no puedo negar que nos sentíamos muy bien al cruzar la ciudad, mientras la gente salía y nos aplaudía, como a todos.

Cuando comenzamos la lenta ascensión al volcán, las cosas realmente se pusieron buenas: una cosa era trotar por el asfalto y otra muy distinta las laderas de un volcán,algo escarpadas y compuestas de una mezcla de tierra suelta y ceniza vieja. El sol realmente abrazaba y la desazón cundió en nuestro pequeño grupo al ver que tardábamos demasiado en ascender la primera loma,... mientras que una radio anunciaba por medio de altavoces, que ya había llegado el primer maratonista a la cima.

Convencidos de que no habría ya una emotiva competencia (por lo menos para nosotros), decidimos tomarlo más bien como una excursión al campo, y sin importarnos ya que los demás competidores nos rebasasen. Cada uno de los integrantes de mi grupo tomaba las cosas a su manera. Luis, el más fornido y deportista de todos, era casi una máquina y ni siquiera movía un músculo del rostro cuando asaltábamos una elevación difícil. Juan Manuel, algo soñador, lo veía todo como una aventura y francamente lo disfrutaba. Yo, por mi parte esperaba no ser derrotado por el volcán (el año anterior no había podido llegar a la cima), y trataba de esforzarme. Omar, el eterno negativo del grupo, al poco rato ya refunfuñaba por el sol aplastante y el polvo. A casi una hora de avanzar por las faldas del volcán, se hizo el silencio: la ciudad quedaba atrás y no se sentía ni el vuelo de una mosca en la desértica inmensidad del lugar: era un silencio inquietante que no he vuelto a sentir jamás.

De pronto, al terminar de rodear una loma, nos dimos de lleno con algo que no esperábamos: un cementerio clandestino. En muchas ciudades de mi país es común que los más pobres eviten enterrar a sus difuntos en los cementerios oficiales por los altos costos, así que, simplemente buscan un lugar algo alejado de la ciudad y los entierran ahí. Con el paso del tiempo, otros les siguen el ejemplo. No es raro también que ahí se entierren personas que murieron de formas, digamos que "oscuras". Alguna vez había visto algunos, desde el asiento de un bus, al viajar.

Este en particular era inmenso: cientos, quizás miles de cruces sembraban el suelo en total desorden. No había nadie ahí y mi grupo de amigos y yo comenzamos a cruzarlo con el cauteloso silencio y respeto que uno tiene al ingresar en un camposanto. Definitivamente nos habíamos perdido: ¡en ningún punto de la ruta del maratón se indicaba que debíamos atravesar un cementerio!. Al comentarles eso al grupo, todos decidimos que lo mejor era ir hacia el otro extremo del cementerio, ya que remataba en una colina bastante alta y desde ahí podíamos tratar de avistar a los otros competidores.

Mientras lo cruzábamos, no dejábamos de sentir una rara sensación de ser observados. Prácticamente todos comenzamos a mirar esas cruces que mostraban con caligrafía de primaria, los nombres, fecha de nacimiento y defunción. En algunos casos tenían al centro de la cruz las fotos de los difuntos, que parecía que nos seguían con sus miradas vacías. Realmente nos sentíamos unos intrusos en aquel lugar. El viento comenzaba a soplar, agitando las coronas de flores de papel, llenado de pronto el lugar de mil y un sonidos extraños.

Al final de nuestro grupo, Omar se había quedado leyendo la inscripción de una cruz muy grande, de color negro: la miraba mientras mascullaba algo. El había estado particularmente molesto desde hacía buen rato: el calor, el polvo que levantaba el viento, todo en su conjunto, le estaban haciendo pensar que debía desquitarse del trance de alguna forma. Sin razón alguna, levantó el pie y soltando un insulto, echó al piso la cruz de una patada. "¡Que haces loco!" -, le resondré. "¡Bah! -respondió encogiéndose de hombros-,"ya están muertos, ¿a quién le importa?,...".Todos los demás se aunaron a reprochar su proceder. Sin hacernos caso, Omar comenzó a caminar hacia la colina. Juan Manuel se apresuró rápidamente a volver a colocar la cruz en su sitio.

Tras ese incidente, no tardamos mucho en llegar a la cima de la colina: pudimos observar a los demás competidores y corrimos a retomar la ruta. A partir de ese momento, todo el resto del trayecto transcurrió en medio de bromas, risas y fotos para el recuerdo. Nos olvidamos de lo que hizo Omar; en realidad éramos grandes amigos y no podíamos estar molestos mucho tiempo.

Al caer la tarde, tratamos de apresurarnos para llegar al campamento base, ubicado a la mitad del volcán, para pernoctar y luego subir a la cima, para ver el amanecer desde ahí,... pero el ascenso era difícil y la noche nos agarró casi 400 metros más abajo. De nuevo solos, nos aprestamos a pasar la noche: nos abrigamos con todo lo que llevamos, comimos algo y, como no habíamos llevado una carpa, comenzamos a excavar un poco en la tierra para colocar ahí nuestras frazadas para dormir hombro con hombro y darnos calor: un viejo truco para pasar las frigidísimas noches en los andes. Rápidamente la temperatura bajó a cero grados. Como no había ahí nada que quemar, nos contentamos pasándonos una botella con un poco de pisco que habíamos llevado. Habíamos escogido para pernoctar un andén abandonado al lado del camino de ascenso al campamento, donde había un horno de carbón natural, también abandonado. Frente a él descansaba un inmenso peñón al lado del camino.

El frío nos obligó muy pronto a acostarnos lado a lado; la vista era excelente: veíamos así acostados el camino por donde habíamos venido, y muchos kilómetros más allá, las luces de la ciudad. Alzando la vista, podíamos ver la preciosa noche estrellada y la lluvia de estrellas fugaces de agosto. Pasaba la medianoche cuando, conversando de trivialidades, "algo" que se hallaba detrás de nuestras cabezas,... y que hizo llegar a todos nosotros una ventisca helada, mucho más helada, si es que podía sentirse aún, en aquel lugar: sorprendiéndonos, un tipo cruzó por en medio de nosotros, que permanecíamos acostados en el suelo.

Nos quedamos helados: era un hombre, de mediana edad, vestido con pantalón ligero, camisa blanca de manga corta y unos zapatos bastante pasados de moda. Nadie dijo nada, ¡en verdad nadie supo como reaccionar!, mientras el sujeto ese caminaba por el andén para terminar sentándose en una roca frente a nosotros, y observándonos muy fijamente. Casi instintivamente, todos comenzamos a mirarlo, a la vez que sacábamos nuestros cuchillos de monte, y que todos habíamos llevado. Un fuerte destello que salió de donde estábamos (el cual explicaré luego), lo iluminó por completo. Ahí lo pudimos ver con detenimiento: tendría unos 30 años, y por el pelo largo con patillas, y zapatos con un enorme taco, se diría que vestía a moda de los sesentas. Lo que nunca olvidaré era su mirada fija y dura. Estaba molesto y parecía que nos odiaba. No sabíamos que hacer.

Omar, que era algo más resuelto finalmente le habo: "¿quién eres?,..." -preguntó primero sin recibir respuesta-, "¿este andén es tuyo?". Nada: el sujeto ese sólo nos miraba. Sentado y sosteniendo su cabeza con ambas manos. Finalmente, y sin explicarnos por qué, Omar le pidió que nos permita quedarnos ahí y le pidió disculpas. Tras unos minutos que parecieron eternos, se incorporó y afirmando con la cabeza, como un matón de barrio, que así te hace saber que espera volverte a ver, comenzó a caminar hacia atrás del peñasco.

Preocupados de que fuese un delincuente y que tuviese compañía, Omar, Luis y yo corrimos tras él, mostrando los cuchillos. Apenas llegamos al peñón, nos dimos cuenta que el sujeto simplemente se evaporó.

"¡Trae las linternas!"- le gritó Omar a Juan Manuel, que se había quedado atrás petrificado de miedo. No tardamos casi nada en desgarrar la oscuridad de la noche con la luz de las linternas: no había nadie ahí. El camino que habíamos recorrido estaba ahí desierto,... ¡habíamos tardado casi media hora en subirlo y era imposible que alguien lo bajase en el escaso minuto que el desconocido había tardado!!!.

Salvo el peñón, no había dónde ocultarse: Todo el lugar era monte pelado. Regresamos adonde dormíamos a insistencia de Juan Manuel, que estaba sumamente nervioso. Las preguntas comenzaron a aparecer: ¿quién era?, ¿qué quiere?, ¿en mangas de camisa con este frío de -5 grados?, ¿de dónde viene si la ciudad está a kilómetros?, ¿un loco? un ladrón?,... no teníamos respuesta alguna.

Al regresar adonde estaban nuestras frazadas, Omar me llevó a un lado mientras Juan Manuel trataba aún de encontrar al desconocido con la lámpara. "Mira" -me dijo. ¡Se me heló el espinazo: el tipo había pasado por en medio de Omar y de mi,... pero las frazadas no tenían ninguna huella encima,... era como,... si el tipo hubiese levitado encima,... o que no tuviese pies,...!!!! Aquella noche decidimos hacer guardia por turnos: en realidad nadie casi durmió. Juan Manuel fue el primero y yo lo veía de rato en rato, mirando nerviosamente a la oscuridad, aferrando su cuchillo, sobresaltándose cada vez que el viento ululaba. Fue una noche muy difícil.

Al día siguiente, despertamos muy tarde. No ascendimos al campamento base. En verdad, todos nos queríamos ir de ahí ya. Casi no hablamos del asunto en el trayecto de regreso; nadie sugirió siquiera seguir la ruta del cementerio. A media mañana, casi llegando a la ciudad, Juan Manuel se detuvo a tomar una última foto del volcán, y que se erguía majestuoso aquella mañana soleada. Ahí nos lo contó:

"...¿Saben?, casi me olvido: le tomé una foto a ese tipo anoche". Todos estallamos en júbilo. Hasta ese momento, todos pensábamos que habíamos tenido visiones. Si había una foto, teníamos una prueba de que diablos había pasado. Comenzamos a caminar alegres, hasta alguien se atrevió a decir que, si se trataba de un fantasma, podríamos ganar buen dinero vendiendo la foto a una revista extranjera. Días después pudimos ver el rollo revelado: la foto esperada no existía. Lo natural es que en una noche tan oscura, saliese una imagen también oscura, pero no,... la foto salió totalmente blanca, como si en vez de haber tomado un peñasco, hubiese Juan Manuel apuntado la cámara contra una hoja de papel. Para los entendidos, no tiene ningún sentido. Otras fotos que nos habíamos tomado en el mismo lugar unas horas antes, estaban oscuras, pero nosotros sí salíamos muy nítidos.

Ahora que todos tenemos unos 34 años, no es raro que recordemos acerca de lo sucedido, cada vez que nos reunimos. Aún somos muy buenos amigos. Con Omar hablo de vez en cuando de aquella noche; él cuenta la anécdota cada vez que puede, y su rostro se vuelve sombrío cuando le preguntan acerca de que cree él que ocurrió: ".....en verdad, no lo sé..."-, responde gravemente. Un día le pregunté yo, si no creía que pasó aquello por que él pateó esa cruz en el cementerio. Omar se sorprende y dice que no recuerda haber pateado ninguna cruz,... pero yo sé que miente.

La casa embrujada de La Victoria

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

A finales de los años setentas, mi familia y yo regresamos finalmente a la capital. Mi padre era en aquel entonces un humilde detective, que logró con gran esfuerzo e intachable moralidad, ascender lentamente en su carrera policial. Su deseo de lograr su superación sin recurrir a otra cosa que fuera su honradez, había hecho que nuestra familia recorriese junto con él media docena de ciudades del Perú. Finalmente, había logrado ser destacado a Lima.

 

Tras unas conversaciones con algunos camaradas de armas, se enteró de un pequeño departamento muy barato, en el peligroso distrito de La Victoria. Mi madre recelaba vivir ahí y no era para menos: el distrito fue diseñado por un presidente del siglo XIX para ser el futuro centro de la ciudad, pero la tugurización lo convirtió en el más "bravo" de los barrios de Lima. Obviamente, temía lo que les podría pasar a sus hijos.

 

Tras conversar con el dueño, mi padre estaba más que dispuesto. Mi madre, por su parte, tenía algunas reticencias aún; papá terminó convenciéndola. Mi padre recibía un muy modesto sueldo del estado como Inspector. Trabajaba en la sección de "Fraudes contra el Fisco", un área particularmente difícil; la corrupción era muy alta. Oficiales de menor grado que él se hacían de pequeñas fortunas a los pocos meses de trabajar ahí, y mi padre estaba dispuesto a vivir en una casa humilde para demostrarle a todo el mundo su honradez.

 

El dueño, un alemán muy viejo apellidado Lynch, exigía que se realizase un contrato por ¡18 años!; el motivo por tan extraño contrato nos es hasta ahora un total misterio. A mi madre le parecía bien, ya que estaba cansada de cambiar de ciudad de residencia a cada rato. El alquiler era una ganga; era extraño que nadie quisiera alquilar ese departamento. Mis padres firmaron así el contrato gustosos y a partir de ese momento, pasamos a ser los inquilinos de la que nuestros nuevos vecinos llamaban "La casa embrujada de La Victoria",... cosa que descubrimos al poco tiempo.

 

Recuerdo cuando llegamos al departamento el primer día. Yo era muy chico, pero recuerdo todo: era un departamento muy pequeño (aún no me explico cómo entrábamos ahí mis padres, mis 5 hermanos y yo), de apenas dos dormitorios, una sala-comedor, baño y cocina. Estaba en un segundo piso: en el primero vivía el Señor Lynch y su esposa. La puerta que daba a la calle era de pesado metal forjado, que apenas se podía abrir hasta la mitad, y ocasionando un tremendo estruendo. Ese fue el motivo de que jamás nos hubiesen robado esa casa mientras vivimos ahí: cualquiera que la abriese despertaría a medio barrio. Frente a la puerta había una inmensa y empinada escalera de escalones de mármol, que daba a la puerta de madera del departamento. Aún recuerdo hoy que cuando se subía, los pasos se sentían con un fuerte eco que retumbaba en tus oídos; te daba algo de miedo eso. El departamento era acogedor pero algo frío y sombrío.

 

Lo que me aterró desde el primer instante fue el Señor Lynch: era alto, fornido, muy blanco, canoso y barbado; apenas hablaba español. Su caminar era pesado y lento. Jamás salía de su casa salvo para ir a nuestro departamento para cobrar el alquiler mensual. Yo le abría siempre la puerta y me quedaba paralizado al verlo. Al venir mi madre a pagarle, me escondía tras ella. Era un tipo extraño. Se decía en el barrio que en realidad era un nazi escapado de Europa después de la guerra. Y no era para más, su comportamiento lo sugería: no hablaba con nadie, y no tenía amigos. Su esposa solo salía de su casa una vez a la semana, rumbo al mercado. El Señor Lynch también se encerraba en su casa rodeado de los seis más hermosos y fieros pastores alemanes que haya yo visto jamás, y de los cuales nunca se separaba. Su comportamiento evidenciaba que se escondía de algo,....o que quería evitar que algo o alguien, llegase hasta él.

 

Las primeras semanas transcurrieron alegremente en acondicionar nuestro nuevo hogar, hacer nuevas amistades, y muy disimuladamente, hacer saber a los "guapos" del barrio, que éramos una familia de padre policía. Nadie nos temía, por el contrario; surgió de pronto un sentimiento de respeto del vecindario por nosotros: sabían que para cualquier cosa, es mejor llevarse bien con un oficial de la policía. Lo que enturbió las cosas fue lo que descubrimos en esos primeros días: "¿dónde vive usted?" -, preguntaba el tendero ó algún vecino que recién conocíamos, y tras decir: "en el 240 de Casimiro Negrón,..", la respuesta era inmediatamente la misma: "¿en la casa embrujada???? ,....que valientes!". Prudentemente, mi madre sugirió que no hiciéramos caso.

 

Al poco tiempo, mi padre comenzó a ser destacado a labores que lo obligaban a viajar varios días, dejando a mi madre, y sus tres hijos varones y tres mujeres (entre ellos, yo), solos en esa casa. Para ese entonces nada importante nos había ocurrido, pero eso cambiaría de pronto cuando se acercaba la llegada de la luna llena. Una noche, unos días antes, los perros del Señor Lynch comenzaron a ladrar y aullar horrorosamente, espantando a mis hermanos adolescentes y a mí: nos apretujados todos nosotros contra el cuerpo de nuestra madre en su cama, escuchando también al anciano ese imprecándoles a sus animales en alemán. Era algo realmente extraño: sé de perros que ladran y le aúllan a la luna, pero nunca que lo hagan días antes de que aparezca. Ese raro suceso se extendió por otras dos noches más.

 

Al poco tiempo llegó finalmente la luna llena. Mi madre cocinaba el almuerzo. Estaba sola en casa; era de día, y nosotros estábamos en el colegio. Según me contó tiempo después, escuchó que tocaban a la puerta: se extrañó al no haber sentido la pesada puerta de metal abriéndose. Caminó a la puerta del departamento y se sorprendió al abrirla y no encontrar ahí a nadie,... y también al ver la puerta de metal también cerrada, escalones abajo. Regresó extrañada a la cocina, pensando que había imaginado oír un ruido. No pasó mucho para que nuevamente se escuche un golpe en la puerta. Esta vez mi madre corrió para descubrir al bromista,...pero nada: ahí no había nadie. Ya para ese momento, mi madre estaba muy asustada.

 

Su temor aumentó cuando volvió a escuchar toques en la puerta; esta vez no era un golpe seco: eran golpes insistentes. Armada de valor, abrió de golpe la puerta,....y de nuevo nada. En un arranque muy suyo, abrió la puerta completamente y con un gesto con la mano, dijo en voz alta, dirigiéndose al invisible desconocido: "¡Entra!". Tras darse cuenta de que esa actitud era un sinsentido, la cerró de golpe y regresó a sus quehaceres, muy agitada y tratando de mantener la compostura. Volvió a sus deberes sin poder dejar de pensar  en lo que los vecinos le habían dicho y mascullando una oración que aprendió mucho tiempo atrás en el colegio de monjas. Decidió en ese momento no decirnos nada sobre lo ocurrido.

 

Aquella noche, mi madre se encerró en su dormitorio, tratando de tranquilizarse  su manera, tejiendo. Cuando mi padre viajaba, mamá era como un general en casa: si ordenaba ir a dormir, todos nos metíamos en la cama y a dormir sin chistar; como en el departamento sólo había dos dormitorios, en uno dormían mis padres y yo (que era el más pequeño), y en el otro mis cinco hermanos. No fue difícil conciliar el sueño por que, curiosamente, los perros del piso de abajo guardaban esa noche un pétreo silencio. Al filo de la medianoche, mi madre escuchó barullo afuera en la sala: se escuchaban murmullos; se escuchaba como si un grupo de gente conversara. Pensando que eran mis hermanos, les ordenó en voz alta irse a dormir, sin despegarse ella de la cama. Yo dormía profundamente en mi cama, a su lado. Al escuchar ella que los ruidos continuaban, se levantó molesta y se dirigió a la sala.

 

Como éramos una familia de 8, la sala constaba de una enorme mesa también con ocho sillas. Teníamos la costumbre, en esa época, de poner las sillas sobre la mesa, al modo de los restaurantes, al caer la noche. Mi madre apenas encendió las luces, se indignó ante el espectáculo que observó: todas las sillas estaban volteadas y en total desorden. Para ella, era una intolerable travesura. Caminó hacia el dormitorio de mis hermanos, abrió la puerta y encendió la luz: mis hermanos estaban dormidos y se extrañaron al ver a mi mamá muy molesta, preguntándoles quién había sido: ellos no sabían nada de nada. "Castigados: no van al cine el sábado!" -, fue la sentencia recibida. Mis pobres hermanos pedían explicaciones, pero mi madre no entraba en razón.

 

Conforme avanzó la noche, mis hermanos sollozaban y renegaban en la oscuridad del cuarto, molestos por el castigo injustificado. Henry, el mayor, era el único que tenía el privilegio de tener una cama sólo para él: mi otro hermano y mis 3 hermanas compartían, a pares, sendas camas-camarotes. Henry tenía la puerta del dormitorio enfrente: insomne, mi hermano recorría con la vista el cuarto a oscuras, tratando de retomar el sueño. De  pronto, se percató que la puerta se abría. El picaporte giró, se abrió la puerta casi por completo, para luego unos segundos  después, lentamente, se cerró completamente, y finalizó girando de nuevo el picaporte; ¡no lo podía creer cuando vió el mismo proceso repetirse tres veces más!!,...

 

La cuarta vez, no se contuvo y susurrando, le avisó a la mayor de mis hermanas, Eliana. "....mira la puerta..."-, le dijo. La molestia de mi hermana por el castigo despareció por completo cuando la vió con sus propios ojos abrirse y cerrarse varias veces más. Ambos estaban aterrados y no sabían que hacer. En un arrebato de valor, Henry se incorporó de su cama y prendió las luces. Cerró la puerta y tras apagar la luz, corrió a su cama. Tratando de no pensar en ese suceso, se volteó para tratar de dormir. Eliana no pudo dejar de ver la puerta a pesar de que ya estaba cerrada.

 

Al poco rato, vió con pavor cómo "alguien" apareció de pronto, sentado sobre un viejo baúl, a los pies de su cama: era un anciano, de baja estatura, vestido con un traje raído. El ser espectral no la miraba, miraba hacia el frente, y tenía en una mano una botella y un vaso en la otra, y ajeno a la espantada testigo, hacía una y otra vez el ademán de servirse una copa y beberla. Mi hermana encogió los pies y trató de gritar, pero el miedo era tal que no pudo articular palabra. Fueron eternos los minutos que luchó contra su propio cuerpo que no paraba de temblar, hasta que finalmente pudo voltearse y esconderse bajo las sábanas.

 

A la mañana siguiente, ambos conversaron y decidieron no decirnos a los demás hermanos nada, para evitar que nos asustásemos: igualmente, decidieron no decirle nada a mi mamá: "no nos va a creer"-, pensaron; ¡cuán equivocados estaban!,... los demás hermanos descubriríamos qué pasaba en aquella casa ese segundo día de luna llena, por la noche.

Aquella noche, algo me despertó. Eran voces. Mi madre dormía a mi lado, y yo no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior. Por un momento pensé que mi padre había vuelto de viaje y estaba reunido con sus compañeros de trabajo en la sala. A través de la puerta entreabierta pude ver un raro destello que provenía del salón. Presté atención; las voces eran a ratos susurros, a ratos voces más airadas, pero en un idioma extraño. A ratos se sentía el golpe de un puño sobre la mesa, e igualmente se sentía el sonido de que las patas de las sillas eran arrastradas por el piso por efecto del peso de los desconocidos que estaban supuestamente sentados en ellas. Recuerdo que parecía ser una larga velada, por que tras escuchar un buen rato me dormí, rendido.

 

En el otro dormitorio, el drama familiar ya cobraba visos espantosos: mis otras dos hermanas, Rossana y Janet ocupaban las camas de arriba de las dos camas-camarotes. Janet dormía apaciblemente, ignorante de lo que ocurría afuera. Según ella me contó, volteó de posición y abrió los ojos por un momento, para tener frente a sí un espectáculo pasmoso: frente a ella, a escasos centímetros de su rostro, y flotando en el aire, a buena altura del suelo,... ¡había un bebé!!; Janet se quedó paralizada del espanto. El bebé flotaba en el aire, ingrávido. Estaba desnudo y movía agitadamente los brazos, con sus ojos cerrados, cerrando sus puñitos. Al poco rato, comenzó a gemir y a llorar. Era un llanto lúgubre y realmente macabro. Rossana despertó al sentir el inusual ruido. Ambas observaban a esa entidad de pesadilla en medio de ellas, flotando ingrávido. No les quedó más que voltearse y, protegiéndose con las cobijas, trataron de no verlo ni oírlo, rezando sin cesar.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, seguí a mi madre a la sala: ella estaba parada, mirando las sillas revueltas por todo el lugar. Quiso recriminar a mis hermanos otra vez, pero ellos no la dejaron hablar: había sido demasiado y, uno tras otro, le comenzaron a explicarle lo vivido hasta ese momento: "¡mamá, en esta casa "penan": vámonos!"-, dijo Janet, totalmente aterrorizada. Tratando de poner calma en la familia, mi madre trató de convencernos que ahí no pasaba nada, para finalmente decir que esperaríamos a que vuelva mi padre para decidirlo. Al poco rato, él llegó. Papá siempre fué un total escéptico frente a esas cosas, así que, enterado de lo que pasaba, nos convenció de que no sucedía en esa casa nada raro, mientras nos colmaba de mimos y de regalos. Así, ese día tuvimos algo de paz,....por lo menos hasta la noche.

 

Esa vez me tocó a mí vivir una terrible experiencia. Estando papá en casa, nos quedamos todos juntos en la sala viendo televisión hasta muy tarde. Al día siguiente no había clases. Poco a poco nos fuimos todos a dormir. Yo, exhausto, fui cargado hasta mi cama. Pasada la medianoche, me desperté. Mis padres dormían y yo me levanté de la cama: mi papá me había traído un muñeco de peluche y yo lo había olvidado en la sala, y hacia ahí me dirigí. La sala estaba totalmente a oscuras. Vi el peluche en el piso, sobre la alfombra, y me apresuré a recogerlo, agachándome. Le tenía -y le sigo teniendo-, miedo a la oscuridad y quería regresar cuanto antes a mi cama. De pronto, no pude incorporarme. Frente a mí apareció de pronto una luz, que comenzó a crecer muy rápido. Esa luz pulsaba frente a mí y tomaba una forma vagamente humana. Quedé paralizado, y no pude hacer nada más que gritar: ¡y grité y grite,...y grité!!!,... y nadie me escuchó: simplemente no salió ningún sonido de mi boca. El terror me tenía paralizado; no podía moverme de ese lugar, era como si estuviese pegado al suelo. La luz comenzó a crecer y a acercarse a mí,....y se me hizo la noche.

 

No recuerdo más nada. Tampoco supe quién me llevó de vuelta a mi cama donde desperté al día siguiente: ni mis padres lo saben. Ahora pienso que he perdido varias horas de mi vida en ese suceso; no lo sé. También esa noche, el hermano que no había sufrido ningún encuentro con lo desconocido hasta ese momento, Martín, tuvo un encuentro, al ir a la cocina por algo de comer,... pero nunca ha querido decir qué fue lo que pasó.

 

A la mañana siguiente, mis padres se encerraron en su dormitorio a solas, para decidir qué hacer. Tampoco han querido hasta hoy decirnos qué discutieron, pero la decisión fue tajante: nos quedaríamos a vivir ahí. A partir de ese día, poco a poco nos fuimos acostumbrando a vivir en esa casa. Cada mes, los perros ladraban antes de la luna llena, para luego callar de golpe al aparecer la luna y junto con ella, esos y muchos otros terroríficos sucesos, y que necesitaría yo hacer un libro para relatarlos todos juntos. Cuando las apariciones eran espantosas, mi madre, con su acostumbrada lógica, nos decía: "no le teman a los muertos, témanle a los vivos", o "si no te molestan, déjalos en paz; también cuidan la casa". Nunca pudimos hablar con el Señor Lynch acerca de lo que pasaba en esa casa: simplemente esquivaba el tema. Definitivamente ocultaba algo, y demostraba que les temía más que nosotros.

 

Hoy en día más que nunca, mi familia y yo creemos que era cierto lo que algunos suponían en el barrio: que eran los espíritus del pasado que buscaban a un anciano atormentado por sus actos pasados, que trataba de huir de ellos, y que nosotros estábamos en medio de esa extraña búsqueda de justicia. Algunas veces he ido, en el transcurrir de los años, a mi viejo barrio. Lynch y su esposa ya deben haber muerto, no lo sé. Me paro en la calle y veo ese pequeño departamento, que ahora se ve más viejo que antes, y cubiertas las paredes de graffitis de las pandillas: el barrio ha empeorado. No sé quién vive ahí ahora, pero daría lo que fuera por pasar aunque sea una noche de luna llena, de nuevo en esa casa.

El fantasma del espejo

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Cada vez que mi abuelita pasaba por estrecheces económicas se quedaba pensativa en su silla, miraba al cielo con mirada triste y soltaba un profundo y doloroso suspiro: "...¡Ay Dios!" -decía -, "¿por qué pasamos por estas penurias, si a nosotros no debería faltarnos nada". Yo pensaba que eran devaneos propios de la gente mayor, que siempre piensa que toda época pasada fue mejor; más, debido a su insistencia de expresar su muletilla, decidí preguntarle el por qué.

 

Ella cayó un momento. Se fijó detenidamente si mi madre escuchaba. En todo de confidencia me pidió que cierre la puerta del cuarto donde estábamos. Ya segura que todo quedaría entre los dos, comenzó a relatarme la historia: "tu bisabuelo, mi padre, era un hombre muy afortunado"-, me dijo en voz baja. Inmediatamente recordé lo que me habían contado otros parientes acerca de él: que fué un aventurero, que había recorrido toda la cordillera. Que era dueño de todos los secretos de la minería. Nadie mejor que él para amalgamar los minerales. Que conocía los secretos de la alquimia. Que había hecho millonarios a muchos; que había descubierto cientos de minas, que las tuvo todas inventariadas, y que al final nunca tuvo dinero para explotarlas.

 

"Pero hay algo más..."- agregó mi abuela con voz temblorosa -, "él era un brujo". En ese momento me contó algo desconocido para mí: "como era curandero, siempre ayudó a los necesitados. Dicen que cuando vivió con los "Waqchas", ellos, agradecidos por su ayuda, lo convirtieron en "Alto Misayoc" y le enseñaron todo lo que debía saber.

 

Desconociendo yo en esa época el idioma quechua, ella me explicó qué significaba todo eso: los "Waqchas" eran los más pobres descendientes de los incas, y que habían jurado jamás revelar los secretos de los tesoros y las minas ocultos por sus ancestros. También tenían fama de ser brujos muy poderosos. Un "Alto Misayoc" es un Sumo Sacerdote; jamás he escuchado después de esa conversación, que se le haya conferido ese cargo a un blanco o a un mestizo alguna vez.

 

"...Todo el mundo me decía eso y más de mi padre..." -explicaba mi abuela, mirando el aire, moviendo los ojos como si lo viviese-, "nunca les hice caso. Un día, me arrepentí de no haber creído". 

 

"Yo me casé muy joven. Mi padre no estaba de acuerdo; tu abuelo era bueno, pero no muy trabajador: te quedarás pobre junto a ese hombre, me dijo tu bisabuelo"- proseguía contándome mientras tejía. "Tu abuelo y yo nos fuimos a vivir a un cuarto chiquito en los Barrios Altos. Estaba bien para unos recién casados; tu abuelo salía todos los días a buscar trabajo, pero nada. Un día, a la hora del almuerzo, tu abuelo llegó muy contento: ¡había conseguido trabajo de sereno en el puerto!. Yo también estaba contenta. Un hacendado amigo de tu bisabuelo había llegado de la sierra y me había traído cartas de él y una enorme caja de madera".

 

"Tu abuelo puso cara de pocos amigos. No le perdonaba a mi padre por no haber estado presente en nuestra boda"- prosiguió-,"no le hice caso: yo leía una a una las cartas de mi papá; cada una remitida de un sitio distinto y contándome sus viajes de un lado a otro del país, buscando fortuna y lo mucho que me quería. La última carta del paquete era muy extraña. Lo único que decía era: "nunca disfruté las riquezas que hallé por ser muy confiado. En tus ojos veo que tienes mi mismo destino. Acepta mi obsequio de bodas y no cometas los mismos errores que yo". Tu bisabuelo se refería a la caja esa"-, sentenció mi abuela.

 

"Cuando la abrimos, yo me quedé encantada: era un precioso espejo de pie, muy antiguo, de madera y con algunos detalles en pan de oro en el marco. Tu abuelo frunció el entreceño: " ¡Bah!, demasiado ostentoso para esta casa"; y sin mediar palabra, cogió su abrigo y se fue a trabajar, diciendo que volvería en la madrugada".

 

"Era la primera noche que me quedaba sola en casa. Era una construcción vieja y me daba miedo por oscura. Pasaban las horas y yo en silencio, tejiendo en el segundo piso, sola, iluminada apenas por una vela. La medianoche avanzaba, y poco a poco me quedé dormida. No sé si pasó mucho o poco rato, pero algo me despertó. Una extraña sensación de que en el cuarto había alguien más. Al abrir mis ojos, ví frente a mí un enorme cirio de iglesia sobre la mesa, iluminando toda la habitación. Yo no entendía nada, la vela que yo tenía era pequeña y ya se había apagado. Fijé mi mirada en el espejo de mi padre que estaba frente mío,...poco a poco se fue oscureciendo, y apareciendo una imagen nubosa en él. Yo temblaba, mientras veía cómo una figura humana se formaba dentro de él. Quedé paralizada de terror cuando se terminó de formar la aparición: era un anciano barbado, de piel muy pálida, alto y vestido con una larga y ondulante mortaja blanca. Mirándome fijamente, alzó sus huesudas manos y comenzó lentamente a salir del espejo".

 

"Se paró frente a mí, era inmenso y yo me trataba de encoger en el sofá, apretando mi tejido, tratando de alejarme de la mano que temblorosamente tendía hacia mí. Al mismo tiempo, con sus ojos blancos y sin vida muy abiertos, abría su boca cavernosa, exhalando un aire gélido: "....sígueme"; fue lo que me dijo y comenzó a deslizarse hacia la puerta". Yo había perdido todo control de mi persona; me incorporé y lo seguí, caminado sin poder controlar mis piernas".

 

"Me llevó hacia abajo, a la sala. De pie en medio de la sala, el anciano flotaba en el aire frente a un hueco rectangular excavado en el suelo. Allá abajo había un cofre de madera. Ví cómo él abrió la tapa; ¡levantó muy alto su mano de la cual colgaban collares de perlas, de plata con joyas engarzadas y caían en cascada monedas de oro!".

 

"...Esto perteneció a mi familia..."- me dijo el espíritu mirándome con sus ojos sin vida-, "tú eres buena y quiero que sea para ti, pero no debes contarle a nadie hasta que te diga cuando debes sacarlo,.... cuando realmente tengas necesidad de él....-, exclamó mientras veía cómo se elevaba en el aire, despareciendo lentamente.  Al rato desperté de nuevo en el sofá. Me levanté sobresaltada; había ruidos abajo. Corrí escaleras abajo, ¡pensé que tu abuelo se enojaría mucho si miraba el boquete en el piso de la sala!,...pero no había nada ahí, sabía yo que no era un sueño. Los ruidos abajo eran que tu abuelo había vuelto del trabajo. "

 

"No le conté nada de esa noche. Al poco, comencé a ver que el casero que nos alquilaba parecía saber algo: cada vez que venía por el alquiler, miraba atentamente el suelo, como buscando si los ladrillos del suelo estaban movidos. Mantuve mi secreto hasta una noche en que, estando en la cocina, escuché unos gritos terribles que venían del dormitorio de arriba: ¡tu abuelo gritaba, como si pelease contra alguien!, salí de la cocina azorada y apenas pude ver al llegar a la sala que "algo" bajaba las escaleras, abriendo como una ráfaga de viento la puerta hacia la calle,....era como....si una sábana blanca saliese volando hacia la calle. Tu abuelo bajó a grandes zancadas, con la camisa desabotonada, los ojos desorbitados y vociferando incoherencias. Cuando se tranquilizó, me explicó lo que le había pasado".

 

"Estaba en el dormitorio cambiándome de camisa" -me dijo,- "estaba de espaldas al viejo espejo ese cuando algo me hizo voltear: ¡dentro del espejo estaba un viejo horrible, con los ojos blancos como los de los muertos, abriendo su bocaza y estirando sus manos contra mí!; ¡me insultaba, me decía cosas y atravesaba el espejo con sus manos jalándome, arrastrándome!".                  

   

"Presa del pánico, tu abuelo trató de defenderse"- me contaba muy vívidamente mi abuela-, "gritando pidiendo ayuda, comenzó a luchar soltando sendos golpes a esa aparición venida de ultratumba, inmensa, con su boca abierta dispuesta a tragárselo. Tras unos minutos de forcejear, el espíritu se dio por vencido y abandonó la casa, siendo perseguido por tu abuelo".

 

"Apenas terminó de contarme, yo comencé a llorar. Finalmente le conté mi secreto: él montó en cólera, indignado por que no le había dicho nada del espíritu y del tesoro oculto. Juramos no decírselo a nadie. Yo temía que el anciano espectro hubiese cambiado de opinión y ya nos diese el tesoro cuando lo necesitáramos. Pero además, un presentimiento me decía que tu abuelo me ocultaba algo. En vano le pregunté qúe le había dicho el fantasma. Tu abuelo contestaba con evasivas. Yo recordaba lo que mi padre me decía de niña, al hablarme de sus cosas; él decía que los espíritus guardianes de tesoros odian a los ambiciosos. Me guardé mis dudas para otra ocasión".

 

"Pasados algunos meses, tu abuelo me dijo que iríamos los dos de viaje a visitar a un pariente enfermo. Me daba miedo dejar la casa sola, pero él me convenció al decirme que su sobrino y su esposa la cuidarían. Yo no lo sabía, pero tu abuelo estaba metido en deudas de juego; le había contado a su sobrino del tesoro y decidieron sacarlo sin decirme nada. No debí viajar; tenía pesadillas todas las noches antes de hacer el viaje. Al llegar, convencí a tu abuelo de volver inmediatamente".

 

"Cuando llegamos a la puerta de la casa, todos los vecinos la rodeaban, así como varios policías: ¡la puerta estaba abierta de par a par, mis pocos muebles tirados en la sala y un inmenso boquete en medio, y metros abajo, al silueta de un gran baúl en la tierra húmeda!. Tu abuelo se tiraba la barba de ira, había sido traicionado por su propia sangre, su sobrino, al ver el tamaño del tesoro, simplemente se lo llevó. Yo no lloraba por el caudal robado, lloraba por la vergüenza que sentía por ver rota mi confianza en mi esposo. En el segundo piso, hallé el espejo, o lo que quedaba de él: al parecer el sobrino había descubierto el secreto del espejo y el anciano y, movido por la codicia, trató de llevárselo, sólo pudiendo partirlo y llevándose una parte, dejando un tercio del mismo".

 

"Volvimos a ser los mismos pobres de siempre; la fortuna  la sobrino le cayó como con maldición de gitano; tras huir del país con el tesoro, regresaron a los tres años pordioseros: todo lo perdieron en una sucesiva suma de malas inversiones, enfermedades y accidentes. Aún hoy siguen pidiendo perdón por lo que hicieron. Con el tiempo perdoné a tu abuelo. Mi padre, al enterarse lo que pasó, no dijo nada, pero nunca más me regaló nada, ni volvió a enseñarme nada de sus secretos"- mi abuela suspiraba recordando los sucedido, mientras me miraba y sonreía-, "yo por mi parte, cogí los restos del espejo y los enmarqué de nuevo; es ése que está allá".

 

Volteé a mirar a mis espaldas: en el cuarto de la abuela, colgaba un espejo de mediano tamaño en la pared: está un poco descolorido y tiene un marco de madera de factura reciente; nadie sospecharía de un inocente espejo como ese. "Muchas veces después, las ánimas aparecieron en el espejo, informándome la existencia de tesoros ocultos,...pero nunca los busqué, a veces por miedo, a veces, por que perdía el rastro; en otras más, le decía a alguien de mi confianza para que lo busque y nunca volvían para agradecerme. El destino de mi padre y el mío son iguales,...igual que el tuyo".

 

"¿El mío, y por qué?" -, le pregunté, encogiéndome en hombros. Ella me dio varios motivos. "....Por que cuando yo no esté aquí, tú te quedarás con mi espejo; por que tienes el "don", lo veo en tu mirada, que es la misma que la de tu bisabuelo y que la mía. Y finalmente, por que tienes la marca de la familia" -, sentenció mientras me apuntaba al hombro derecho, refiriéndose a un lunar que ella, yo y otros antes y después en la familia, hemos ostentado.

 

Efectivamente, el espejo hoy en día me pertenece; me quedé muchas noches observándolo detenidamente y nada ha ocurrido. Dándome por vencido, pensé que el espejo había quedado mudo para siempre, pero un suceso que me ocurrió el año pasado me sacó de pronto del error de percepción que tenía. Un amigo mío que pertenece a una de las familias más distinguidas de la ciudad -pero algo venida a menos-, me invitó a pasar un fin de semana en la hacienda de su familia, ubicada en un valle cercano, y con la cual pensaba iniciarse en el ramo hotelero. Tras pasar el día recorriendo el valle, disfrutando de su comida al aire libre y, después de mostrarme los planes que tenía para con su vieja casa hacienda, él, su novia y yo nos sentamos en uno de sus patios a disfrutar del fresco de la noche, tomando una copa.

 

José Antonio, que era el nombre de mi anfitrión, comenzó a relatarme la historia de la hacienda: se decía que había pertenecido a la Compañía de Jesús durante la colonia, y que los jesuitas habían enterrado un tesoro de lingotes de oro y plata en algún lugar de la hacienda antes de ser expulsados. Conforme avanzaba la noche, él insistía en que juntos descubramos el tesoro: "...tú eres bueno y confío en lo que sabes" -, me dijo una y otra vez. A su insistencia terminé prometiéndole que lo pensaría al menos. Al rato nos despedimos y me fui a dormir a mi habitación. Para serles sinceros, nunca me ha emocionado andar buscando lo que yo no escondí.

 

Ya en mi dormitorio, y tras tomar una buena ducha, caminaba por el cuarto mientras me secaba. Estaba sentado en la cama, pensando en que tal vez no tenía el "don" del que la abuela se refería, cuando algo llamó mi atención. El ropero frente a la cama tenía un espejo en su puerta, en el cual me veía reflejado. Ví cómo mi imagen reflejada se oscurecía, como si un punto negro a un borde el espejo se tragase las imágenes reflejadas en él. Intrigado, me acerqué al mueble. Ya estando de pie frente a él, la superficie del espejo se volvió de pronto totalmente negra.

 

La horrible sensación de sentirme pegado al suelo me detuvo en seco. Me quedé paralizado al ver....¡que del espejo emergían en rápida sucesión cuatro figuras humanas enfundadas con hábitos oscuros, tapados sus rostros por capuchas medievales!; ¡no tuve ni tiempo para pedir ayuda, mientras esos seres de pesadilla me tomaban de manos y pies y me arrastraban a la cama!.

 

¡TRATABA DE GRITAR Y NO SALÍA VOZ DE MI GARGANTA, MIENTRAS  ELLOS ME INMOVILIZABAN POR COMPLETO!, ¡DENTRO DE SUS CAPUCHAS NO HABÍAN ROSTROS QUE PUDIESE VER, SÓLO LA MÁS NEGRA DE LAS OSCURIDADES!....dispuesto a aceptar mi destino, dejé de luchar. Yo temblaba descontroladamente mientras una de esas criaturas acercaba su "cara" hacia la mía. Una voz cavernosa salió de una de ellas: "aquí no debes buscar nada,....tienes el don,...pero aún no es tu hora....". No recuerdo nada más de aquella noche.

 

Al día siguiente, José Antonio entró a mi cuarto al ver que no salía a desayunar. Me encontró tirado en el suelo, frente al espejo del ropero, desnudo, en posición fetal, temblando, en estado de shock. Alarmado me llevó inmediatamente al hospital. Por poco me salvé de que casi me diera una pulmonía fulminante. Me he recuperado ya en parte. Aún tengo el espejo de mi abuela en mi departamento; en realidad no le temo en absoluto. Como "ellos" me dijeron, aún no es mi hora. Aún no.                      

Los fantasmas del casino

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Desde que se legalizaron los casinos en mi país, han proliferado en todas las grandes ciudades, llenos de sus luces y promesas de fortuna. Pero ahí termina la similitud con el mundo de glamour que nos vende el cine, al mejor estilo de Las Vegas: en mi ciudad,  como en todo el país, son lugares elegantes donde en las madrugadas vagan sombras de personas más que personas en sí: hombres y mujeres que buscan algo que no encuentran en sus vidas, jugando lo poco, mucho o nada que poseen. Espectros de vivos más que otra cosa son, y yo, por un tiempo era uno de ellos. Estos sombríos y tristes ambientes eran, al menos para mí, el último lugar en el mundo en que pensé toparme con seres del Más Allá, pero eso fue a final de cuentas, lo que precisamente sucedió,...

                                                                                       

Era una época oscura de mi vida. Solitario y deprimido, mi trabajo y los buenos negocios que lograba día a día, no llenaban para nada mi existencia. Luego de alegrarme -incluso saltando, alzando los brazos y dándome hurras a mi mismo-, al final de un día en el que mi billetera estaba a punto de reventar de dinero, terminaba dándome cuenta que no me servía de nada, cuando al caer la noche me encontraba solo, sin alguien a mi lado con quién disfrutarlo o compartirlo. Aunque sea un afecto sincero siquiera. Solo otra vez.

 

Aquella noche no tenía ganas de regresar a mi casa; en realidad no tenía ganas de nada. Después de pasar gran parte de la noche en un bar bebiendo solitariamente, ingresé al casino. Me había vuelto ludópata -y no tengo vergüenza en admitir que aún lucho contra ese vicio-, y a pesar de que no llegué como otros a perder todo en el juego, me estaba ocasionando un significativo forado en mi economía.

 

El casino en cuestión -uno de los más importantes en esa época en la ciudad-, ocupaba, como era habitual en esos tiempos, los ambientes de un antiguo banco quebrado durante la crisis económica de los ochentas. Era el ambiente excelente para ser casino: amplio, techos altos y una caja fuerte heredada de su pasado uso; no era el primer lugar en la ciudad que, siguiendo un destino, un karma, recibía como en otros tiempos, dinero a carretadas, aunque ahora de otra forma.

 

Era ya de madrugada. El lugar estaba casi desierto, salvo por los eternos trasnochadores de siempre, ya totalmente absorbidos por el vicio. Algunos ricos, algunos pobres, pero todos imposibilitados ya de controlar su adicción. Apoyadas en la barra del bar, cabeceaban las camareras, jóvenes que, luciendo diminutas minifaldas, prácticamente vivían ahí, esclavizadas a su belleza, recibiendo un sueldo de hambre. Era un ambiente tremendamente triste. Era excelente para mí, por que así se sentía mi propio corazón.

 

Tras avanzar por en medio de las máquinas tragamonedas, tambaleándome bajo los efectos del alcohol, una atenta y despierta camarera -seguro era su primer día- , me invitó a subir al segundo piso, mientras ponía en mis manos un vaso de licor: estrenaban una mesa de ruleta electrónica esa noche. Como yo no jugaba a ese juego hacía mucho, fui a la caja a que me den una tarjeta electrónica para jugar y subí despacio las escaleras.

 

Arriba sólo habían cuatro personas, sentadas en la mesa de la ruleta: un fornido hombrón en mangas de camisa, gordo y siempre sonriente, un joven barbado y descuidado en su vestimenta, una señora de unos cuarenta años, elegante y bien arreglada y una señora de unos 60 años, con apariencia de una abuelita bonachona.

 

Había dos asientos libres, así que me senté tras dedicarles una silenciosa venia. Todos asintieron con la cabeza y comencé a jugar. Conforme avanzaba la noche, comenzaron a conversarme, haciéndome sentir parte del grupo: Don Porfirio era el nombre del hombrón, siempre sonriente a pesar de los reveses en sus jugadas. Su tez morena y sus gestos campechanos evidenciaban que era un agricultor algo adinerado, pero venido a menos. César, en cambio, el joven de peinado descuidado y barba de tres días era uno de esos tipos desesperados y sin fortuna que esperan el día en que les llegue la suerte. Susy, la mujer elegante, era la esposa de un empresario que jamás estaba en casa y que mataba las noches de soledad gastando su dinero, y esperando alguna fugaz aventura. Doña Lupita era una viuda sin hijos, que entró una vez al casino y no salió ya más.

 

"¿No vienes mucho por aquí, verdad?"-, me soltó Susy, sentada a mi lado, con una voz muy melosa y haciéndome notar su espectacular delantera enfundada en su ajustado suéter de casimir. "¿por qué tan solito?". Se notaba que había puesto su mira en mí. A pesar de sus años era una mujer muy atractiva. "Por que sí...." -, fue mi respuesta. No deseaba que nadie me preguntase acerca de mi vida.

 

"Ten cuidado, muchachito"-, me dijo en tono de confidencia Don Porfirio, pícaramente, codéandome-, "que si Susy te agarra, ya no te suelta". Casi de inmediato soltó una tremenda carcajada que hizo retumbar el lugar. "¡Cállate viejo viagra!" -, le soltó Susy junto con un pellizcón, ocasionando que todos se rieran también. "¿Por qué tan seriecito, corazón?" -, volvió a la carga Susy. "....Cómo no voy a estar serio, si estoy perdiendo"- le dije. Mostrando su mejor sonrisa, volvió a la carga: "si es por dinero, no te preocupes; yo te presto,..."- dijo para luego voltear y alzar la mano-, "...señorita: dos escoceses en las rocas, por favor".

 

Mientras la camarera nos traía las bebidas, el resto siguió la plática. Don Porfirio llevaba la voz cantante, como siempre: "¡bah!, ¿y qué si se pierde?, yo voy perdiendo 350 y no me quejo....". Yo ya voy 600" -, agregó César, cogiéndose la cabeza de desesperación para luego dar un puñetazo a la máquina-, "¡maldición, esta porquería está arreglada!".

 

"Cuidado Cesaritos, que te van a botar,..." - intervino Doña Lupita con tranquilidad, soltando un suspiro-, "yo voy 180 perdidos, pero que más da, ¿de qué me sirven si estoy sola?...". Aquella gente era de cuidado: me estaban desplumando pero casi ni se inmutaban de las pérdidas que tenían. Alcé la vista y me encontré con los ojos azules de Susy, tendiéndome un vaso; "¿y a quién le importa?, ¡es sólo dinero!"-, me dijo como si leyese mi pensamiento.

 

De repente, Doña Lupita soltó un profundo suspiro y dijo: "....si al menos viese a Patty otra vez,..."-, lo dijo como si fuese la tal Patty la persona más importante en su mundo. "...¡ya van a empezar con sus historias!"-, exclamó molesto César, apurando de golpe su cuba libre. "Por que no crees en ella, ella no se te aparece...." -, le respondió la mujer con tranquilidad. Habían picado mi curiosidad y no me pude resistir a preguntar: "¿y quién es esa Patty?". Todos se miraron a los ojos, como preguntándose si debían revelármelo. A los pocos segundos Don Porfirio respondió con un guiño: "es un fantasma".      

 

"¿Un fantasma, y cómo es eso?"-, interrogué ansioso. Todos guardaron silencio y dejaron que Doña Lupita comenzara el relato. Ella lo hizo con respeto, levantando la vista, como si le hablase a alguien más: "cuando abrió este casino, entró a trabajar una chiquilla; tenía menos de 18 años así que mintió para conseguir el empleo. Era muy hermosa,...tenía una carita de ángel" - suspiró de nuevo y prosiguió -, "era taaaan buena!...".

 

"Preciosa realmente" -agregó Susy-, "mucho más que yo a su edad". Doña Lupita la interrumpió, haciendo énfasis en lo que quería resaltar. "No sólo era su físico: era su alma. Siempre aconsejaba, te daba ánimos. Escuchaba tus problemas. Todos la querían y la respetaban. Si algún viejo verde la molestaba, no intervenía la Seguridad del casino: todos los clientes nos parábamos y sacábamos al insolente. Ella estaba sola en el mundo y nosotros éramos como una gran familia y ella era como nuestra hija".

 

"Era la hembra más rica que haya conocido,..." -, exclamó César, interviniendo groseramente en el relato. "!Cállate imbécil; respeta a los difuntos!!" -, le soltó de golpe Susy. César le soltó un ademán con la mano y siguió jugando. "...Una noche, Patty se despidió y salió apurada...." -retomó el relato Doña Lupita, ahora más seria y triste-, "nunca se supo adónde se iba ó con quién. Tomó un taxi cualquiera, no de los de la empresa que hace servicio a los empleados del casino".

 

De pronto, la ancianita comenzó a sollozar. Todos bajaron la mirada, muy serios. "Apareció a la mañana siguiente,....la habían matado. Unos malditos la habían violado y la tiraron degollada en un descampado, como si fuese un animal,... ¡malnacidos, ojalá se mueran todos!!!..."-, culminó la pobre mujer.

 

"Desde entonces, se aparece acá en el casino; aparece y te ayuda cuando tienes problemas"-, sentenció Don Porfirio. "yo nunca la he visto" -, intervino Susy. "Es que tú tienes plata, cariño: sólo ayuda a quién de veras lo necesita- , agregó la anciana-, "¿sabes?, una vez hice una tontería: aposté toda mi pensión a las tragamonedas. Tenía deudas y no me quedaba más que 5 soles. Me puse a pensar en ella. No la ví, pero sentí que estaba ahí conmigo: jugué de nuevo y la máquina me dio ¡tres veces seguidas el premio máximo!".

 

"Una jugada en un millón...." -, volvió  hablar César. "Si, es cierto -dijo la Doña-, "y yo por ambiciosa, quise seguir jugando, ¡y la máquina se apagó de pronto por completo!; ¡algo extrañísimo, ni el personal del casino sabían por qué!; en fin, entendí que Patty me decía que coja la plata y que me vaya,.... Pasé una bonita navidad ese año,...".

 

"Yo sí la ví una vez..."-, comenzó a decir Don Porfirio-, "no la conocía hasta ese momento. Tenía deudas y el banco me dio un préstamo, ¡pero en vez de irme a mi casa me metí  acá y lo jugué todo,....eran como 5,000 dólares!!!; me quedé toda la noche. A la una de la madrugada, me quedaban apenas 100. ¡Pensaba en pegarme un tiro cuando llegase a la casa,... lo había perdido todo!; entonces se apareció a mis espaldas. Me ofreció un cigarro y con esa sonrisita tan linda que tenía, me dijo: "14 - 33 y 8",... y luego se retiró. No conocía su historia, así que lo tomé como una posibilidad. ¿Y sabes qué?, ¡jugué esos números y ¡los repetí cuatro veces en la ruleta y gané 8,000!!!, ¡JAJAJA!!!. "

 

"Cuando cobré y me iba a ir, le pregunté a una de las chicas: "oye, ¿cómo se llama esa chiquita de pelo negro lacio, con uniforme naranja y blanco?, ¡se ha ganado un premio!",...pero la chica me respondió muy seria, que no había ninguna chica trabajando con esas características,....y además, el uniforme naranja con blanco lo usaban dos años atrás, no como el de ahora que es azul"- , explicó apuntándome a la muchacha que nos traía cigarrillos. "Después me contaron que era una almita".

 

"Bueno, fue interesante la historia, pero ya me debo ir; me dejaron "limpio"-, les dije poniéndome de pie. "Nooo; quédate. Que yo sepa, la noche aún es joven"-, me dijo Susy. "Me gustaría, pero debo trabajar mañana"-, traté de explicarle. Al mismo tiempo, las bebidas habían hecho su efecto y necesitaba ir a los servicios higiénicos. Ví de pronto  un empleado de limpieza que entraba rápidamente a un cuarto al lado de la mesa y salía igualmente de rápido-, "¿ese es el baño?". Todos se quedaron mudos de pronto. "mejor ve al del piso de abajo"-, me sugirió Don Porfirio. "¿Pero por qué si éste está más cerca?"-, inquirí. "....Por que Patty no es el único fantasma que hay aquí....", - , me respondió Doña Lupita, mostrándome el temor en sus ojos.

 

"¿Me dejan contarle ésta?" -, exclamó de pronto muy emocionado César. Todos asintieron-, "¡bien!; esta te va a gustar. ¿recuerdas que éste lugar era antes un banco?". Asentí con la cabeza: "sí, mi hermano mayor trabajó aquí...". Se notaba que César se regodeaba contando la historia, a pesar de estar ya totalmente ebrio. "¡Pues bien!, hace unos 10 años hubo un desfalco, ¿te imaginas?, ¡millones de dólares se hicieron humo!,...¡eso sí es dinero de verdad! .Como iba diciendo, acusaron al sub-gerente general, pero muchos dicen que el responsable era el gerente general, que era un tipo emparentado con los dueños del banco. En resumen, cuando apareció el escándalo en los periódicos, el sujeto vió desde su oficina llegar a la policía para detenerlo. Se paró, se fue al baño de empleados y se ahorcó. Pero, ¿sabes qué?, yo creo que lo "silenciaron" para que diga no nada, ¿comprendes?".

 

"Es un alma atormentada" -agregó Don Porfirio-, "¿viste a ese tipo que salió como alma que lleva el diablo?, nadie entra ahí y si lo hace, no se queda mucho tiempo". Mirando la puerta cerrada, le respondí: "yo tampoco me quedaré mucho. Además, si busca venganza, no creo que tenga nada contra mí". Me miró como un padre ve a su hijo. "¿No escuchaste?, ese tipo fue asesinado, no es una buena alma. Yo que tú no iría". Pensando en aquel momento más en mis necesidades fisiológicas, finalmente me decidí: "ya vuelo"-, les dije. La única que me contestó fue Susy: "te espero aquí, corazón,...".

 

Al cerrar la puerta tras de mí, no percibí nada dentro del baño. Estaba limpio y aseado y del exterior no se oía nada más que los sonidos propios del casino. Hice lo que tenía que hacer y ya presto para salir, me encontraba en el lavado aseándome. Pensaba si en hacerle o no caso a Susy, mientras me miraba al espejo. Igualmente, pensaba en que aquel baño no revestía nada que diese temor. En eso pensaba cuando sentí el primer golpe.   

 

Mi rostro golpeó duramente contra el espejo, pero no lo llegó a romper. Me tenían firmemente agarrado del cuello, apretando mi cara contra el cristal, impidiéndome ver al agresor. Tenía manos extraordinariamente fuertes y la que me agarraba la cara como si fuese una tenaza. Casi al instante sentí la descarga: tres fuertes mazazos con el puño de mi cobarde oponente rehundieron en mi costado, justo en el hígado, sacándome de golpe todo el aire. Mis brazos cayeron a ambos lados como si de un muñeco de trapo fuesen. Estaba yo indefenso e incapaz de defenderme. Cuando apenas estaba reponiéndome, sentí ambas manos alrededor de mi cuello. Me estaba ahorcando. El maldito que me atacaba rodeó con sus dedos mi cuello, asfixiándome. Sin poder pedir ayuda, tratando de respirar, comencé a agitar las manos como loco, tratando de asirme a algo para responder al ataque. Mi cara seguía pegada al espejo. Quería gritar y no podía, mientras sentía esos horrorosos dedos comprimiendo, tratando demencialmente que yo deje de respirar para siempre. Apenas pude abrir el grifo del agua en mi vano intento de buscar algo que me sirviese como un arma.

 

Cada segundo que pasaba trataba en vano de decir "ayuda,... ayudaaa..." y lo único que salía de mi garganta eran estertores y sonidos guturales. Afuera nadie me escuchaba y sólo podía oír la mecánica voz femenina de la ruleta electrónica diciendo: "...HAGAN...SUS APUESTAS, SEÑORES....NEGRO EL 26..." . Cuando casi me daba por vencido, me sentí de pronto alzado en el aire: el muy maldito era más alto y más fuerte que yo y sosteniéndome con ambas manos por el cuello, me levantó del suelo. Sentí con terror cómo mis pies se despegaban del piso. Desesperadamente con las puntas de mis pies trataba yo de apoyarme de nuevo.

 

No sé si fueron minutos o segundos los transcurridos, pero conforme sentía la terrible falta de aire, las venas de mi cabeza a punto de estallar y como que mis ojos se salían de sus órbitas, el sujeto que intentaba asesinarme separó mi cara del espejo, y así pude ver finalmente la cara de mi agresor: no tenía cara....

 

¡NO HABÍA NADIE AHÍ!,.... Vi con horror cómo yo flotaba en el aire, a escasos centímetros del suelo: ese ser invisible, me ahorcaba salvajemente, pero sólo podía ver la forma que sus también invisibles dedos marcaban alrededor de mi cuello. Ahí sentí lo que me parece, hasta hoy, lo que se debe sentir al morir: una sensación de extraño vacío, una sensación de abandono, un embotamiento de las ideas,.... No sé cómo describirlo.

 

Cuando casi ya aceptaba mi destino, aquella entidad me agitó en el aire como un muñeco unas cuantas veces, para luego dejarme caer pesadamente al suelo. Sentir de nuevo el aire entrando en mis pulmones es una sensación que no olvidaré jamás. Tardé un buen rato en incorporarme,.... si no hubiese ido al baño minutos antes, tengan por seguro que me hubiese hecho encima. Sudaba yo a mares y mi pulso estaba apenas componiéndose cuando mirando mi deplorable estado en el espejo, y sorprendiéndome por las rojas marcas de dedos en mi cuello. A través del espejo pude ver a mis espaldas cómo la puerta de metal de uno de los excusados se abría y cerraba a una velocidad fenomenal, casi desprendiéndose de sus goznes. No lo pensé dos veces, ese ser quería que me largase y así lo hice.

 

Salí como una tromba del baño. No pensé en nadie ni en nada, sólo quería salir cuanto antes de ese lugar. Al pasar por la mesa de la ruleta, todos comenzaron a reírse con fuerza, sin importarles mi deplorable estado; ¡malditos desgraciados!, pensé que eran mis amigos...

 

Al bajar las escaleras tambaleándome dirigiéndome a la salida, comencé a respirar mejor. Los demás empleados del casino estaban tan adormilados que ni se fijaron en mí; pensarían que era simplemente yo otro borracho que se iba. No dejaba de temblar e instintivamente volteé hacia tras para ver si "eso" me seguía, y ahí fué cuando la ví: estaba parada atrás de dos señoras que jugaban en una tragamonedas. Era delgada, de pelo lacio oscuro, su cuerpo delgado enfundado en una blusa blanca y una minifalda naranja. Llevaba en la mano una charola con cigarrillos. Nadie la miraba excepto yo. Me miró fijamente, con una mirada que mostraba una infinita pena. En silencio, comenzó a menear su cabeza; entendí que me decía que no volviese. Eso fue lo que hice.

 

Los moretones en mi cuello tardaron en sanar. Jamás  volví a ese casino. Aún juego pero por nada del mundo iría de nuevo allá. Al poco de lo que me pasó, me enteré que la gerencia del casino decidió clausurar el segundo piso del mismo, ignoro por qué. Sólo sé que algunas amigas mías han trabajado ahí después de ese día y todas aseguran haber visto a Patty en más de una ocasión. Con respecto a "lo otro", ese baño ahora es un depósito lleno hasta el techo de cajas.

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