El club de cuentos de terror y misterio

Relatos de terror, experiencias reales y todo el mundo de lo misterioso y lo paranormal

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Se llama Delia

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Los sollozos no paraban: todos los reunidos en el vetusto dormitorio estaban muy vívidamente afectados; no podíamos hacer nada más que ver hacia delante con los ojos lagrimosos, escuchando los sufridos y casi horrendos lamentos de la niña. Ella gemía, lloraba y temblaba sin parar, acurrucada contra la esquina del cuarto, abrazándose las piernas con ambos brazos, escondiendo a medias la cabeza con sus rodillas. Escuchar sus lamentos de dolor era insoportable, y en medio de la penumbra, me decidí a ayudarla:

 

-...Hola pequeña,... -dije con la voz más dulce que pude-,... dime, ¿qué te pasa?,...

 

Los lamentos y los sendos lagrimones que recorrían sus mejillas rodaban sin parar, mientras alzaba a ratos su rostro, mostrándonos sus ojos bien cerrados; giraba su cara mirando a todos lados, como cuando una persona totalmente desubicada trata de descubrir desde donde proviene una voz,...

 

-...Hola preciosa,... -volví a insistir, suavizando mi voz para darle confianza-,... estamos aquí y queremos ayudarte, dime, ¿qué necesitas?,...

 

Alzó el rostro hacia mí, como si hubiese descubierto desde dónde procedía mi voz. Luego soltó un horrendo gemido que sonó casi como el lamento de un infante, para luego sollozar desesperada:

 

  • - ...¡Solo quiero irme de aquiiii!,... -exclamó finalmente, desesperada-, ¡Quiero a mi mamaaaaaá!!!,... ¡SÁQUENME DE AQUIII!!!,...

 

El llanto de la niña era doloroso en extremo: quienes me acompañaban, prácticamente dejaban oír el sonido de sus gargantas, tragando saliva, conteniendo el llanto al oírlo; sabían todos bien que yo y solamente yo podía rescatarla de aquel espantoso lugar donde sufría lo indecible. En silencio todos aceptaron asintiendo con la cabeza, mientras yo tendía mi mano hacia ella.

 

  • - ...Hemos venido a sacarte de aquí,... -le dije-, no tengas miedo: ahí tiendo mi mano. Está delante de ti,... tómala y yo te ayudaré a salir de ahí,...

 

Por un instante dejó de llorar: sin abrir sus ojos cerrados dirigió su mirada ciega para siempre hacia mí: yo estaba a menos de un metro de donde ella estaba acurrucada, en el suelo,  aterrada. Luego de "ver" hacia delante, sacudió su cabeza con fuerza, negando todo en medio de potentes llantos:

 

  • - ¡NO TE VEO, NO TE VEOOOOOOO!!!,... -gritó la niña-, ¡no hay nadie aquí: es horrible!!!,... ¡todo es muy oscuro, no veo nadaaaa!!!,... ¡TÚ ME MIENTES IGUAL QUE "ÉL"!!!,...
  • - ¿"ÉL"?,... -dije entonces yo, extrañado-, ¿quién es "ÉL"?,...
  • - ...¡Quién me trajo aquiiiií!!!,... -me replicó la pobre criatura aterrada-,... ¡yo no quería venir, yo no quería venir con "él", yo quería ir a casa con mi mamá!!!,... ¡QUIERO A MI MAMAAAÁ!!,...

 

Teníamos que lograr que confiara en nosotros: sino, no lograríamos rescatarla, pero para hacerlo, debíamos saber más,... sobretodo si es que "alguien" más estaba ahí con ella, en medio de la más profunda oscuridad.

 

  • - ...Te llevaré donde tu mamá,... -le mentí miserablemente-, no temas pequeña,... ¿cuál es tu nombre?,...

 

Se hizo un largo silencio: la niña dejó de golpe de llorar. Sendos lagrimones recorrían sus mejillas frente a mis ojos; respiraba con dificultad, pero poco a poco parecía que se serenaba:

 

  • - ...Delia,...
  • - Bien Delia,... -le dije despacio, hablando por todos-, estamos aquí para ayudarte,... solo debes tomar mi mano y seguirme,... debes confiar en mí,... te sacaré de ahí,...

 

La niña entonces estiró su mano, pero no hacia mí: desesperada comenzó a tantear a toda prisa el suelo al frente suyo. Alargaba sus dedos, los estiraba y los recogía, como tratando de coger algo. Pasado un rato, comenzó a respirar con fuerza, para luego soltar a  llorar dolorosamente:

 

  • - ¡NO PUEDO,... NO PUEDOOOO!,... -gritó desconsolada-, ¡no está mi bastón,... no está mi bastón,... "ÉL" SE LO LLEVÓ,..."ÉL" ME LO QUITOOOÓ!,...

 

Delia, la niña, era ciega: sería más difícil ayudarla; se oía desamparada al no tener a su lado su bastón,... pero noté que la oscuridad total y el desamparo no era lo único a lo que ella le temía.

 

  • - ...Tranquila, pequeña,... -traté de relajarla-, dime,... ¿quién es "Él"?,...

 

Se hizo un silencio

 

  • - ¿"Él"?,...
  • - Si: "Él".
  • - ...¡"Él" me trajo aquiiiií!!!,... - gritó desesperaba mientras miraba hacia todas partes, aterrada hasta el paroxismo-, ¡ES HORRIBLE: ES MUY OSCURO Y FRÍO AQUÍ,... POR FAVOR,... SÁQUENME DE AQUIIIÍ!!!,...
  • - ...Tranquila,... Tranquila,... -proseguí con dulzura-,... estamos acá contigo y no nos iremos hasta llevarte con nosotros,...

 

Pero Delia no se tranquilizaba: lloraba amargamente sin parar: el corazón parecía que iba a salírsele del pecho, mientras se prendía casi con las uñas de sus rodillas, recogiéndose contra sí misma, alejándose de mi:

 

  • - ...¡Yo no quería venir, YO NO QUERÍA IR CON "ÉL"!!!!,... -prosiguió hablando Delia, aterrada-,... yo iba a casa, mi mamá me esperaba,... ¡y "Él" me arrastró, me trajo acá!!,... ¡ME QUITÓ MI BASTÓN Y ME ENCERRÓ AQUIIIÍ!!,...

 

El llanto de Delia era desesperante en extremo: no necesitaba verlo, pero sabía que mis acompañantes en aquel lugar derramaban también sendas lágrimas: todos deseábamos sacarla de ahí, pero no podíamos interrumpirla; Delia seguía hablando, mientras guardábamos silencio:

 

  • - ... Luego me,... luego me,... ¡LUEGO ME!!,... - trataba de decir algo, pero la desesperación la dominaba por completo.
  • - ...¿Qué te hizo?,... -, dije.

 

Delia trató de contenerse. Tragó saliva. Luego bajó el rostro y lo enterró en medio de sus rodillas:

 

  • - ...Me hizo "cosas" que yo no quería hacer,... -musitó con voz grave-, ¡me hizo hacer cosas que yo no quería!!!,... ¡AÚN LO HACEEE, QUIERO IRMEEEE!!!!,... ¡"Él" es horrible, me hace daño,...huele mal,... se ríe de mi!!,...
  • - ...¿"Él", está aquí?,... -, pregunté entonces, conteniendo la rabia y la respiración al mismo tiempo.
  • - ..."Él" siempre está aquí,... - replicó casi de inmediato la pequeña Delia, alzando su rostro lloroso, para hablarme casi con susurros, como tratando de evitar que "alguien" nos escuchara-,... todos los días trato de ir a casa,... con mi mamá,... ¡pero "él" me toma de la mano con fuerza, me arrastra, me esconde mi bastón y me encierraaaa!!!!,...

 

Su voz desesperada entonces comenzó a sonar más gutural, como si procediese desde dentro de su tráquea: frases ininteligibles que hacían que su pecho se alzara con fuerza, como si la vida le abandonase.

 

  • - ....¡Después de,... después de hacerme daño,... no puedo respirar!!!,... ¡aghhh!,... ¡no puedo respiraaaaar!!!!,....

 

No podía yo ya escuchar más: sentí la necesidad de sacarla de ese horrendo lugar de sombras perpetuas y dolor lo antes posible. Delia, la pequeña niña, dirigía sus ojos cerrados hacia mi rostro, como esperando, ansiando una respuesta. Volví a estirar mi mano y tratando de no asustarla, pero inspirándole confianza a la vez: todos a mi alrededor contuvieron el aliento.

 

  • - ...¿Deseas venir con nosotros?,...

 

Ella no me respondió: solo alzó el rostro y afirmó con la cabeza. No necesitaba yo más. Le tendí de nuevo la mano. Temerosa, levantó su mano y a tientas, trató un rato de cogerme. Pasados unos minutos que parecieron eternos, sus dedos se aferraron de mi índice, primero temerosamente y luego con algo más de firmeza. Emocionado ví, como en su rostro se dibujaba una tímida sonrisa. Entonces el dormitorio comenzó a llenarse de las voces de mis compañeros y compañeras que trataron de darle a Delia el coraje para venir finalmente con nosotros: "Ven con nosotros, Delia,...", decían con voz emocionada las chicas que nos acompañaban; "Ven, Delia: te ayudaremos", agregaban los muchachos. Sentí sus dedos aferrándose con más fuerza a mi mano cuando escuchó ella las insistentes voces: "te llevaremos a casa,...", "verás a tu mamá,...", "ven, pequeña, ven,..."

 

Entonces el aire se puso pesado de golpe,... gélido y muy pesado: alcé la vista y ví el rostro de ella, crispado de pronto por el horror: el cuerpo se me heló por completo, ¡SENTÍ SOBRE MI MANO, LA PESADA Y DURA PRESIÓN,... DE OTRA MANO, APRETÁNDOME,... COMPRIMIÉNDOME DOLOROSAMENTE LOS DEDOS!!! Bajé la vista y mis ojos se abrieron como nunca antes en mi vida, mientras escuchaba a la pobre niña soltando un grito gutural y horrendo, como si todo su ser fuese atravesado por un indescriptible dolor: ¡APRETÁNDOME LA MANO, NO HABÍA NADA!!!, ¡ERA HORRENDA LA SENSACIÓN DE DOLOR QUE SENTÍA,... ERA COMO UNA MANO INVISIBLE LO QUE COMPRIMÍA MIS DEDOS!!! Traté de zafarme de esa fuerza inhumana, de pesadilla que me atenazaba, proveniente de la nada, pero no pude. Delia lloraba sin parar, aterrada por completo chillaba y gemía. De pronto, se calló. Tras un silencio aterrador, giró su rostro hacia mí y abriendo los ojos, exclamó:

 

  • - ...No,... -dijo entonces Delia, mirándome fijamente con sus ojos sin vida, y con una voz que me escarapeló por completo-,... "Él" no me dejará ir con ustedes,... nunca,...

 

Entonces, aterrado, ví yo y todos los demás cómo,.... ¡CÓMO UNA FUERZA INVISIBLE,... UN BRAZO Y UNA MANO MUSCULOSA Y SEMITRANSPARENTE  LE TOMARON CON FUERZA POR EL PECHO!!!,... ella pegó un grito terrible, que nos estremeció por completo; por un segundo estiró su brazo al máximo hacia mí, pero ya no se pudo agarrar de mi mano,... a pesar de la semipenumbra de la habitación, yo y mis acompañantes vimos con pánico cómo esa mano transparente apretujó su seno derecho, marcando dolorosamente sobre él sus enormes e inhumanos dedos, haciéndola gritar de nuevo. Atrayéndola con fuerza inaudita, la asió cual garra y la jaló con fuerza contra la pared a sus espaldas. Un golpe seco, su nuca estrellándose pesadamente contra la pared, un sonido realmente horrible y todo terminó.

 

Todos nos quedamos mudos y a la vez sumamente impactados: habíamos sido derrotados de nuevo; no pudimos rescatar a la niña, a la pobre, pequeña y aterrada Delia.

 

Lentamente Vanessa comenzó a abrir los ojos, conforme su rostro, que hacía pocos instantes  mostraba los rasgos y gestos de una niña de ocho años, comenzaba a retomar la apariencia de la mujer de 35 años que era Vanessa. Estaba regresando en sí. Atrás quedaba ya la voz aguda y dolorosamente sufriente de Delia, para dar paso a la voz madura y enronquecida de mi amiga médium:

 

  • - ...¿Qué pasó?, ¿hicimos contacto?,... -comenzó a preguntarme Vanessa, peinándose con los dedos y tomándose la cabeza como sintiendo recién que se le avecinaba una tremenda jaqueca-,... ¿rescatamos a la niña?,...
  • - ...Se llama Delia,... - le dije mientras me sentaba a su lado, contra la pared; yo también estaba exhausto. Prendí y cigarrillo y le ofrecí otro. Vanessa aceptó gustosa-,... no está sola: un "ente" no la deja ir. Fracasamos de nuevo,...
  • - ...Cuéntamelo todo después,... -replicó Vanessa, soltando una gran bocanada de humo-,... Delia,... se llama Delia,... solo eso sabemos,...

 

En ese momento, el resto de nuestros acompañantes explotó: de golpe, los demás miembros de nuestro "Círculo de rescate" empezaron a dar de gritos. Tras pasar horas tomados de las manos, las dos chicas exclamaron a grandes voces que no volverían a intentarlo nunca más. Los otros dos miembros, dos muchachos amigos de Vanessa, discutían entre si acaloradamente, acerca de si se hizo lo suficiente o si debíamos intentarlo de nuevo.

 

Yo solo pensaba la desazón que no me abandonaba: seis años,... seis años de intentos fallidos; seis años tratando de rescatar al espíritu de Delia,... y 24 años en que su alma atormentada sufría, penaba en aquella casa abandonada, que nadie quería habitar,... 24 años de haber sido violada y muerta,... 24 años de sufrir lo indecible en manos de su maldito asesino, aún junto con ella, en el Más Allá,...

 

  • - ...Lo peor es que ella no sabe que está muerta,... -, dije con un susurro, como para que solo lo escuchara Vanessa.

¿Ruedas de engranaje en el antiguo Perú?

 

Estas ruedas de bronce, halladas en nuestro país fueron mostradas por el profesor Rafael Larco Hoyle, en algunos de sus trabajos publicados; después de eso, no se supo ya más nada: es uno de esos muchos hallazgos intrigantes que se han realizado en nuestro país, pero que se hallan bien custodiadas en nuestros museos, y completamente fuera de la vista del público. Se sabe que proceden de un yacimiento arqueológico pre-inca y nada más,... y muchos podrían considerarlos como cabezas de mazas incas,... salvo porque no son de piedra, como era costumbre en el Imperio,... y que su diseño es demasiado intrincado para poder confundirlas con artefactos tan comunes en nuestros museos, y como podemos ver, algunos carecen de puntas, perdiendo así toda la practicidad del diseño de la conocidísima arma inca: es obvio que se parecen poderosamente a los engranajes modernos. Todo un misterio.

 

Prisión eterna

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Respirando agitadamente, el agotado hombre miraba sonriente el mar encrespado, ese día de invierno. El sol se alzaba calentando apenas la playa rocosa de aquella desolada isla. Jadeante, mojado, el fornido joven sonreía mostrando todos los dientes, mientras observaba el océano, mientras se quitaba lentamente todos los implementos que llevaba sobre su traje de buzo. Mientras soltaba una sonora carcajada, escuchaba los gritos que, de cuando en cuando se dejaban escuchar en medio de la estática que soltaba su transmisor, ahora a sus pies, junto a su cinturón, con sus otras herramientas.

 

"....FZZZZ!!....¡CARRASCO; MALDITA SEA, TENIENTE. REGRESE DE INMEDIATO A LA LANCHA ES UNA ORDEN!!!....FZZZ!!!..." - se escuchaba bramando a un iracundo instructor de voz ronca-, "....¡NO ME IMPORTA CUÁNTO TARDE EN ENCONTRARLO: LO ENCONTRARÉ!!!.....FZZZZ.....LE ESPERA EL CALABOZO!!!...FZZZ.....". Sin inmutarse ante las terribles amenazas, el Teniente Guillermo Carrasco, comando anfibio de la Marina de Guerra, observaba la desértica isla a la que había arribado. Se había vuelto a salir con la suya. Hijo de un muy alto oficial de la Armada, siempre se las había ingeniado para hacer lo que le viniese en gana. Era el mejor en todo: el mejor de su promoción en la Escuela Naval, el mejor nadador, el mejor comando de la Unidad de Operaciones Especiales.

 

Mirando las escarpadas rocas frente a él, Guillermo se sentía satisfecho consigo mismo. No lo había planeado. Faltaba apenas una semana para que termine su entrenamiento y fuese destacado a una embajada en Europa: su equipo salió a hacer una de sus últimas prácticas en mar abierto. Apenas vió la isla, envuelta en la niebla del amanecer, simplemente se decidió y se lanzó de la lancha rápida en la que iba. Fueron cinco horas nadando. Nadie lo pudo detener; el era el único que podía hacer ese trayecto nadando, y él lo sabía. Respirando a todo pulmón, sintiendo que las gélidas aguas del Pacífico a las que había vencido lo hacían sentir totalmente vivo, miró como si fuese su trofeo el lugar al que había llegado: la isla de El Frontón, también conocida como la isla del Muerto.

 

El Frontón fué utilizada por mucho tiempo como una isla-prisión, una de las peores del Perú; delincuentes, políticos de todo calibre y finalmente, terroristas había vivido y muerto en ese pedazo de tierra. Después que los terroristas de Sendero Luminoso la convirtiesen en una especie de Iwo-Jima llena de túneles y trampas, en 1986 tomaron el penal. La marina tuvo que debelar el motín, a sangre y fuego. Desde ese entonces, la isla es Zona  Militar Restringida: nadie vive ahí, los pescadores no pueden acercarse a ella; ni los mismos marinos tienen acceso. Todos sabían que ahí murió mucha gente,...de manera turbia. Toda esa historia había atraído al Teniente Guillermo Carrasco a ese lugar. No le gustaba que le cuenten historias: él prefería vivirlas.

 

Durante todo ese día, el joven comando se dedicó a disfrutar de su libertad: nadó a sus anchas en las caletas en medio de lobos de mar y pingüinos de Humbolt, sin más sonido que el mar y las gaviotas a su alrededor. Buceó y pescó un suculento almuerzo para más tarde. Recorrió las ruinas del penal destruido a cañonazos navales hacía mucho tiempo; se decepcionó de no encontrar siquiera el más minúsculo recuerdo para llevarse como testimonio de su presencia ahí. Cruzó la isla de lado a lado y se divirtió escondiéndose entre las peñas al paso de dos lanchas de la marina que lo buscaban. Les demostró a ellos y a sí mismo que era el mejor comando: no pudieron descubrirlo. Casi al atardecer, se quedó mirando los restos de una pared destrozada a balazos del llamado "Pabellón Azul", el último reducto de los presos insurrectos. Se leía aún ahí en medio de los boquetes chamuscados "VIVA LA LUCHA....". Cuando el sol se ponía, se encaminó a la playa junto al destruido muelle del viejo penal. Pensaba en probar cuántos días podía sobrevivir en ese pedazo de roca en medio del océano.

 

La noche era muy fría y ventosa. Sentado y cubriéndose del viento tras unas peñas, el Teniente Carrasco trataba de calentarse apretujándose a una pequeño fuego que había improvisado con algunos pedazos de madera que encontró en el muelle. Tranquilo, Guillermo degustaba sus raciones de combate y un pescado que se asaba a fuego lento. La neblina nocturna de invierno envolvía todo. Cualquier persona no hubiese soportado semejante frío, pero él estaba en su elemento: puro músculo sólido templado a punta de las pruebas físicas más extenuantes, apenas se sentía algo incómodo. Las luces de la ciudad apenas se veían en medio de la oscura noche. El viento silbaba en medio de las rocas. Por precaución, el marino había dejado su radio encendida, pero ésta estaba muda. Hasta exactamente las 8 de la noche.

 

"....FZZZ.....¡ES SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD: RÍNDANSE Y DEPONGAN LAS ARMAS!!...FZZZZ"- se escuchó de pronto en la radio. Carrasco se sobresaltó. La voz era perfectamente entendible,...pero la voz era extraña, cavernosa, casi inhumana. Casi de inmediato, el sorprendido marino escuchó algo inaudito: cientos de voces, cantaban una profunda salmodia, era una horrenda canción, mezcla de canto andino y canto guerrero. Jamás había oído algo así. Se le escarapeló la espalda. El canto parecía salir del derruido pabellón al frente suyo, parecía emerger de las entrañas de la tierra, de todos lados. ¡Esto no puede ser posible!, pensó el marino: ¡he recorrido la isla de cabo a rabo: AQUÍ NO HAY NADIE!

 

Instintivamente, se ocultó tras un peñazco, mientras buscaba a tientas desesperadamente su cuchillo de comando en la oscuridad de la noche. Agazapado, observaba a las ruinas que retumbaban por ese canto que sólo hablaba de muerte y sangre, y que se escuchaba horroroso, como proveniente de ultratumba. Casi al mismo tiempo, la radio se volvió a encender, dejando escuchar nuevamente esa voz: "....FZZZ....TENIENTE, CABO: USEN LAS CARGAS. ECHEN ABAJO ESA PUERTA....FZZZ". Tras quedar totalmente desconcertado por esa transmisión, un tremendo estrépito lo sobresaltó por completo: una potente detonación hizo retumbar toda la isla. El comando quedó paralizado de terror: sus oídos no le mentían, una explosión casi le hirió los tímpanos, pero no hubo ningún fogonazo. Casi de inmediato, lo imposible; un infernal estruendo se desató a su alrededor. Ráfagas de ametralladoras, disparos varios, explosiones de granadas,...gritos de comandos lanzándose al ataque, gritos de dolor, lamentos, insultos,...proviniendo de todas partes,... ¡pero las voces no provenían de gargantas humanas!,.... ¡las explosiones retumbaban pero nada las ocasionaba!,...¡AHÍ NO HABÍA NADA NI NADIE, SÓLO LA OSCURIDAD!!!

 

Apretando los dientes, mirando con desesperación a todos lados, Guillermo se sentía enloquecer. La que también enloquecía era la radio en ese momento: decenas de voces se dejaban escuchar: "..... ¡NECESITAMOS UN MÉDICO: A MI TENIENTE LE DIERON EN LA CABEZA!!!....FZZZ.....¡GRUPO ALFA, DISPARAN DESDE ARRIBA: RETROCEDAN!!...FZZZ....¡TRAIGAN LA BAZUCA AL LADO NORTEEE!!!....FZZZ...¡¡TENGO TRES BAJAS: NECESITO REFUERZOS!!!....FZZZ..."

 

Todo el cuerpo le temblaba al joven comando: lo habían preparado para toda situación, menos para esa. Sus instintos de militar le pedían luchar, la sangre le hervía. Escuchaba horrorizado gritos de hombres muriendo, agonizando, suplicando ayuda a gritos a escasos pasos de él,... ¡PERO NO HABÍA NADA NI NADIE A SU ALREDEDOR!,...sólo rocas y oscuridad, y lo desconocido. El Teniente Guillermo Carrasco creyó por un momento que había enloquecido por completo. Desesperado comenzó a gritar como un energúmeno. De pronto, todo el estruendo se apagó de golpe. Sólo se escuchaba en la isla sus propios gritos. Tardó en callarse. Sudaba, temblaba, con los ojos desorbitados, mirando a todos lados, mirando la neblina nocturna que le envolvía. El silencio era absoluto.

 

El comando se incorporó aferrándose a su cuchillo, amenazando las sombras que le envolvían con él. No dejaba de temblar, mientras caminaba alrededor de la pequeña fogata. Carrasco se agachó a recoger su transmisor, ahora mudo. Apenas lo alzó, la sangre se le heló en las venas: no se había percatado que la radio estaba inservible, al tomarla descubrió que la batería del aparato no estaba. Al llegar a la isla, seguramente se había caído al golpear con las rocas. Tratando de entender de alguna forma lo que estaba ocurriendo, el militar se tomaba la cabeza, buscando un por qué. Caminaba como atontado, aún afectado por semejantes sucesos. De pronto, en medio de la negrura de la noche, escuchó un gemido lejano.

 

Dispuesto llegar al fondo del asunto, reunió todo su valor y comenzó a avanzar hacia las ruinas del penal, de donde parecía provenir ese apagado gemido. Demostrando lo aprendido, el militar sigilosamente saltaba de una roca a otra, de un pedazo de pared a otro, apenas iluminado por la luna que ya se elevaba sobre la neblina baja. De rato en rato, se detenía, escuchaba atentamente, buscando de dónde provenía el gemido. Tardó casi una hora, atravesando los edificios derruidos. En lo profundo del pabellón, se detuvo ante una especie de cueva que se hundía en la roca. Tal vez era uno de los boquetes que los presos amotinados hicieron. Carrasco giró alrededor suyo. El gemido se había apagado. De pronto, un sonido de pisadas lo hizo voltear violentamente. Frente  él estaba un muchacho asustado.

 

Llevaba uniforme militar completo, cargando en un brazo un fusil automático. Estaba muy pálido y asustado. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas y gemía mientras le observaba desde dentro de la cueva. "¡QUIÉN ERES TÚ!" -, le gritó tratando de mostrar aplomo. El muchachito, le vio con sus ojos grandes y llorosos. No parecía tener más de 19 o 20 años. Parecía que no entendió la pregunta, hasta que alzó la cabeza y dio un paso adelante. Se quitó el casco de acero y, con ambas manos lo pegó a su pecho al estilo naval y dijo con voz cavernosa: "¡Cabo de Mar Jaime Nina, 05732660, Señor!....". El Teniente Carrasco se quedó paralizado del horror: ¡al quitarse el casco, el muchacho dejo ver que tenía en su frente un limpio agujero de bala!.

 

Guillermo jamás había sentido miedo ante nada ni nadie. En ese instante las piernas le temblaron, y dejó caer su cuchillo al suelo. Sabía perfectamente que nadie sobreviviría a una herida así,....ese infante de marina frente a él NO PODÍA ESTAR VIVO. Paralizado por el pánico, escuchó a la aparición que seguía hablando: "....del pelotón "Delta": le informo que todo mi equipo ha muerto. Mi Teniente me ordenó proteger esta posición, Señor". Carrasco se sentía embotado, casi al borde de la locura; conforme la luna llena iluminaba al joven, veía un inmenso manchón de sangre en su uniforme que abarcaba todo el pecho: el pobre muchacho tenía también un tajo que le cruzaba el cuello casi por completo. "¿Vino a reemplazarme, Señor?"-, preguntó ansiosamente el muchacho. "¡Tú,....tú...!"-exclamó Carrasco, aterrado-, "¡TÚ ESTÁS MUERTO!". La aparición parecía no entender. Movía la cabeza incrédulo mientras decía: "no, yo no estoy muerto: estoy herido. Recuerdo que algo golpeó mi cabeza, pero después me puse de pie y seguí en mi puesto. Mi Teniente, ¿regresaré a casa?". Temblando sin cesar, Carrasco trataba de caminar hacia atrás, alejándose de la aparición, sin saber que hacer: "¡tú no puedes volver por que estás muerto!!". Le dijo una y otra vez. El muchacho le escuchó tratando de comprender. Comenzó a caminar mirando al frente, casi ignorándolo. Alzó su pálida mano apuntando hacia las luces de la ciudad: "¿ve?, allá por Comas está la casa de mi mamá. Me espera. Mañana es su cumpleaños. Me gusta la comida de mi mamá,... ¿entonces,...no la volveré a ver?". Aterrado, descompuesto, Carrasco comenzó a negar con la cabeza.

 

Abriendo sus ojos más, mirando las luces que apenas se observaban, Mostrando un dolor muy profundo, comenzó de nuevo a gemir. Al voltear hacia el Teniente, le tendió la mano y le dio algo: "tome; lléveselo a mi mamá. Lo va a necesitar". Guillermo observó lo que le había dado: era una raída billetera. En ella sólo había su carnet de identidad  militar y dos míseros billetes de 10,000 intis. Mientras el joven caminaba de nuevo hacia la cueva, se detuvo y volvió a hablarle al comando. Le tendió su viejo fusil: "hay algo más,....debe irse cuanto antes de aquí. Ellos están bajo la tierra. Tome mi arma, mi Teniente; la va a necesitar". La mano temblorosa del Teniente Carrasco asió el cañón enmohecido del arma. Se aferró con fuerza a él mientras veía a la aparición arrastrando los pies, llorando amargamente, mientras se perdía en las profundidades de la cueva.

 

Fue demasiado para el joven comando: se dejó caer en donde estaba, llorando amargamente. El miedo lo había doblegado y el cuerpo le fallaba. No sabía que hacer más que dejar salir todos los sentimientos encontrados que le dominaban. De pronto, una serie de jadeantes susurros comenzaron a rodearle, salidos de la nada. "....MIRA, AHÍ HAY OTRO..."-decía una voz-, "...DEBE MORIR..."-decía otra. "NO SALDRÁ VIVO DE AQUÍ...."- escuchó casi como si estuviese alguien a sus espaldas. Voces de odio, con sed de sangre, profundas, roncas, burlonas, que le rodeaban por todo lado. El Teniente se incorporó. Tener el arma en sus manos le daba ahora el valor que le hacía falta. Con el fusil en una mano y el cuchillo en otra, comenzó a bramar, sintiéndose invencible de nuevo, otra vez se sentía el mejor. "¡VENGAN MALDITOS: NO LES TEMO. LOS HARÉ PEDAZOS!!!..."-, dijo una y otra vez el comando, retando a quienes le rodeaban. No pudo avanzar mucho: en menos de un segundo, la tierra bajo sus pies se abrió.

 

¡Como vomitadas por la tierra, decenas de manos huesudas, garras de hueso y tendones apenas, comenzaron a tomarlo, a asirlo, aferrándose a él por todos lados, impidiéndole correr, caminar siquiera!, ¡aullando de pavor, el militar trataba de zafarse, mientras asestaba cuchillada tras cuchillada, que apenas dejaban marcas en los huesos!. Carrasco apretó una y otra vez el gatillo del fusil hasta que se dio cuenta que el arma no funcionaba. Rápidamente, las garras de los agresores de ultratumba lo hundieron en el boquete en medio de los escombros, llevándose a su víctima que no dejaba de gritar, mientras desaparecía. Lo último que vieron sus ojos en este mundo fue la luna llena allá arriba en el cielo, luz pálida que después se volvió en total oscuridad.

 

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