El club de cuentos de terror y misterio

Relatos de terror, experiencias reales y todo el mundo de lo misterioso y lo paranormal

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El fantasma del volcán

 

La ciudad donde yo vivo, Arequipa, en el sur del Perú, se halla rodeada de montañas. Los antiguos peruanos tenían por tradición señalar a una montaña o pico de cierta importancia en una comarca como el guardián o protector de la región - denominándolos "Apus"-, y convirtiéndolo en un monte sagrado, en una divinidad. No es raro por tanto, encontrar que existen muchísimas leyendas, mitos e historias sobre cada uno de ellos. Mi ciudad cuenta con tres de ellos: dos volcanes extintos y un nevado: curiosamente, el guardián tutelar de la ciudad, el Misti, es el único que no tiene nombre incaico. Se dice que los incas lo "maldijeron" en un pasado remoto, condenándolo a no tener nombre, según dicen por que algo muy terrible pasó ahí. Desde siempre se han contado historias sobre los raros sucesos que tienen lugar en las faldas de ese volcán, y fue precisamente lo que descubrimos mis amigos y yo aquella noche....

Ocurrió en 1990. En aquellos años se realizaba en laciudad una maratón de ascenso al volcán con motivo del aniversario de fundación de la misma. Yo ya había participado el año anterior en la misma, y animé en ese año a tres compañeros del colegio: Omar, Juan Manuel y Luis. Era nuestro último año de secundaria y ellos consideraron que podría ser una interesante experiencia; además, el hecho de que aún estábamos en el colegio hacía que, gracias a la práctica constante de deporte en esa época -y sin tabaco ni alcohol,... por lo menos, no mucho-, no teníamos pues temor de que semejante prueba nos fuese algo insuperable.

Tras inscribirnos y pasar las pruebas médicas, nos sentíamos importantes reunidos con los demás participantes, en las charlas informativas, sentados junto a maratonistas bolivianos y africanos que también habían llegado para participar; definitivamente iba a ser una gran aventura. La mañana de la partida, todos estábamos reunidos en la plaza de armas de la ciudad, portando nuestras mochilas y con un número de control en el pecho. Tras darse la partida, los cuatro comenzamos a trotar atrás del grupo; no participábamos por el premio en metálico ni por fama, sólo queríamos conocer un lugar nuevo, nuevas experiencias,... pero no puedo negar que nos sentíamos muy bien al cruzar la ciudad, mientras la gente salía y nos aplaudía, como a todos.

Cuando comenzamos la lenta ascensión al volcán, las cosas realmente se pusieron buenas: una cosa era trotar por el asfalto y otra muy distinta las laderas de un volcán,algo escarpadas y compuestas de una mezcla de tierra suelta y ceniza vieja. El sol realmente abrazaba y la desazón cundió en nuestro pequeño grupo al ver que tardábamos demasiado en ascender la primera loma,... mientras que una radio anunciaba por medio de altavoces, que ya había llegado el primer maratonista a la cima.

Convencidos de que no habría ya una emotiva competencia (por lo menos para nosotros), decidimos tomarlo más bien como una excursión al campo, y sin importarnos ya que los demás competidores nos rebasasen. Cada uno de los integrantes de mi grupo tomaba las cosas a su manera. Luis, el más fornido y deportista de todos, era casi una máquina y ni siquiera movía un músculo del rostro cuando asaltábamos una elevación difícil. Juan Manuel, algo soñador, lo veía todo como una aventura y francamente lo disfrutaba. Yo, por mi parte esperaba no ser derrotado por el volcán (el año anterior no había podido llegar a la cima), y trataba de esforzarme. Omar, el eterno negativo del grupo, al poco rato ya refunfuñaba por el sol aplastante y el polvo. A casi una hora de avanzar por las faldas del volcán, se hizo el silencio: la ciudad quedaba atrás y no se sentía ni el vuelo de una mosca en la desértica inmensidad del lugar: era un silencio inquietante que no he vuelto a sentir jamás.

De pronto, al terminar de rodear una loma, nos dimos de lleno con algo que no esperábamos: un cementerio clandestino. En muchas ciudades de mi país es común que los más pobres eviten enterrar a sus difuntos en los cementerios oficiales por los altos costos, así que, simplemente buscan un lugar algo alejado de la ciudad y los entierran ahí. Con el paso del tiempo, otros les siguen el ejemplo. No es raro también que ahí se entierren personas que murieron de formas, digamos que "oscuras". Alguna vez había visto algunos, desde el asiento de un bus, al viajar.

Este en particular era inmenso: cientos, quizás miles de cruces sembraban el suelo en total desorden. No había nadie ahí y mi grupo de amigos y yo comenzamos a cruzarlo con el cauteloso silencio y respeto que uno tiene al ingresar en un camposanto. Definitivamente nos habíamos perdido: ¡en ningún punto de la ruta del maratón se indicaba que debíamos atravesar un cementerio!. Al comentarles eso al grupo, todos decidimos que lo mejor era ir hacia el otro extremo del cementerio, ya que remataba en una colina bastante alta y desde ahí podíamos tratar de avistar a los otros competidores.

Mientras lo cruzábamos, no dejábamos de sentir una rara sensación de ser observados. Prácticamente todos comenzamos a mirar esas cruces que mostraban con caligrafía de primaria, los nombres, fecha de nacimiento y defunción. En algunos casos tenían al centro de la cruz las fotos de los difuntos, que parecía que nos seguían con sus miradas vacías. Realmente nos sentíamos unos intrusos en aquel lugar. El viento comenzaba a soplar, agitando las coronas de flores de papel, llenado de pronto el lugar de mil y un sonidos extraños.

Al final de nuestro grupo, Omar se había quedado leyendo la inscripción de una cruz muy grande, de color negro: la miraba mientras mascullaba algo. El había estado particularmente molesto desde hacía buen rato: el calor, el polvo que levantaba el viento, todo en su conjunto, le estaban haciendo pensar que debía desquitarse del trance de alguna forma. Sin razón alguna, levantó el pie y soltando un insulto, echó al piso la cruz de una patada. "¡Que haces loco!" -, le resondré. "¡Bah! -respondió encogiéndose de hombros-,"ya están muertos, ¿a quién le importa?,...".Todos los demás se aunaron a reprochar su proceder. Sin hacernos caso, Omar comenzó a caminar hacia la colina. Juan Manuel se apresuró rápidamente a volver a colocar la cruz en su sitio.

Tras ese incidente, no tardamos mucho en llegar a la cima de la colina: pudimos observar a los demás competidores y corrimos a retomar la ruta. A partir de ese momento, todo el resto del trayecto transcurrió en medio de bromas, risas y fotos para el recuerdo. Nos olvidamos de lo que hizo Omar; en realidad éramos grandes amigos y no podíamos estar molestos mucho tiempo.

Al caer la tarde, tratamos de apresurarnos para llegar al campamento base, ubicado a la mitad del volcán, para pernoctar y luego subir a la cima, para ver el amanecer desde ahí,... pero el ascenso era difícil y la noche nos agarró casi 400 metros más abajo. De nuevo solos, nos aprestamos a pasar la noche: nos abrigamos con todo lo que llevamos, comimos algo y, como no habíamos llevado una carpa, comenzamos a excavar un poco en la tierra para colocar ahí nuestras frazadas para dormir hombro con hombro y darnos calor: un viejo truco para pasar las frigidísimas noches en los andes. Rápidamente la temperatura bajó a cero grados. Como no había ahí nada que quemar, nos contentamos pasándonos una botella con un poco de pisco que habíamos llevado. Habíamos escogido para pernoctar un andén abandonado al lado del camino de ascenso al campamento, donde había un horno de carbón natural, también abandonado. Frente a él descansaba un inmenso peñón al lado del camino.

El frío nos obligó muy pronto a acostarnos lado a lado; la vista era excelente: veíamos así acostados el camino por donde habíamos venido, y muchos kilómetros más allá, las luces de la ciudad. Alzando la vista, podíamos ver la preciosa noche estrellada y la lluvia de estrellas fugaces de agosto. Pasaba la medianoche cuando, conversando de trivialidades, "algo" que se hallaba detrás de nuestras cabezas,... y que hizo llegar a todos nosotros una ventisca helada, mucho más helada, si es que podía sentirse aún, en aquel lugar: sorprendiéndonos, un tipo cruzó por en medio de nosotros, que permanecíamos acostados en el suelo.

Nos quedamos helados: era un hombre, de mediana edad, vestido con pantalón ligero, camisa blanca de manga corta y unos zapatos bastante pasados de moda. Nadie dijo nada, ¡en verdad nadie supo como reaccionar!, mientras el sujeto ese caminaba por el andén para terminar sentándose en una roca frente a nosotros, y observándonos muy fijamente. Casi instintivamente, todos comenzamos a mirarlo, a la vez que sacábamos nuestros cuchillos de monte, y que todos habíamos llevado. Un fuerte destello que salió de donde estábamos (el cual explicaré luego), lo iluminó por completo. Ahí lo pudimos ver con detenimiento: tendría unos 30 años, y por el pelo largo con patillas, y zapatos con un enorme taco, se diría que vestía a moda de los sesentas. Lo que nunca olvidaré era su mirada fija y dura. Estaba molesto y parecía que nos odiaba. No sabíamos que hacer.

Omar, que era algo más resuelto finalmente le habo: "¿quién eres?,..." -preguntó primero sin recibir respuesta-, "¿este andén es tuyo?". Nada: el sujeto ese sólo nos miraba. Sentado y sosteniendo su cabeza con ambas manos. Finalmente, y sin explicarnos por qué, Omar le pidió que nos permita quedarnos ahí y le pidió disculpas. Tras unos minutos que parecieron eternos, se incorporó y afirmando con la cabeza, como un matón de barrio, que así te hace saber que espera volverte a ver, comenzó a caminar hacia atrás del peñasco.

Preocupados de que fuese un delincuente y que tuviese compañía, Omar, Luis y yo corrimos tras él, mostrando los cuchillos. Apenas llegamos al peñón, nos dimos cuenta que el sujeto simplemente se evaporó.

"¡Trae las linternas!"- le gritó Omar a Juan Manuel, que se había quedado atrás petrificado de miedo. No tardamos casi nada en desgarrar la oscuridad de la noche con la luz de las linternas: no había nadie ahí. El camino que habíamos recorrido estaba ahí desierto,... ¡habíamos tardado casi media hora en subirlo y era imposible que alguien lo bajase en el escaso minuto que el desconocido había tardado!!!.

Salvo el peñón, no había dónde ocultarse: Todo el lugar era monte pelado. Regresamos adonde dormíamos a insistencia de Juan Manuel, que estaba sumamente nervioso. Las preguntas comenzaron a aparecer: ¿quién era?, ¿qué quiere?, ¿en mangas de camisa con este frío de -5 grados?, ¿de dónde viene si la ciudad está a kilómetros?, ¿un loco? un ladrón?,... no teníamos respuesta alguna.

Al regresar adonde estaban nuestras frazadas, Omar me llevó a un lado mientras Juan Manuel trataba aún de encontrar al desconocido con la lámpara. "Mira" -me dijo. ¡Se me heló el espinazo: el tipo había pasado por en medio de Omar y de mi,... pero las frazadas no tenían ninguna huella encima,... era como,... si el tipo hubiese levitado encima,... o que no tuviese pies,...!!!! Aquella noche decidimos hacer guardia por turnos: en realidad nadie casi durmió. Juan Manuel fue el primero y yo lo veía de rato en rato, mirando nerviosamente a la oscuridad, aferrando su cuchillo, sobresaltándose cada vez que el viento ululaba. Fue una noche muy difícil.

Al día siguiente, despertamos muy tarde. No ascendimos al campamento base. En verdad, todos nos queríamos ir de ahí ya. Casi no hablamos del asunto en el trayecto de regreso; nadie sugirió siquiera seguir la ruta del cementerio. A media mañana, casi llegando a la ciudad, Juan Manuel se detuvo a tomar una última foto del volcán, y que se erguía majestuoso aquella mañana soleada. Ahí nos lo contó:

"...¿Saben?, casi me olvido: le tomé una foto a ese tipo anoche". Todos estallamos en júbilo. Hasta ese momento, todos pensábamos que habíamos tenido visiones. Si había una foto, teníamos una prueba de que diablos había pasado. Comenzamos a caminar alegres, hasta alguien se atrevió a decir que, si se trataba de un fantasma, podríamos ganar buen dinero vendiendo la foto a una revista extranjera. Días después pudimos ver el rollo revelado: la foto esperada no existía. Lo natural es que en una noche tan oscura, saliese una imagen también oscura, pero no,... la foto salió totalmente blanca, como si en vez de haber tomado un peñasco, hubiese Juan Manuel apuntado la cámara contra una hoja de papel. Para los entendidos, no tiene ningún sentido. Otras fotos que nos habíamos tomado en el mismo lugar unas horas antes, estaban oscuras, pero nosotros sí salíamos muy nítidos.

Ahora que todos tenemos unos 34 años, no es raro que recordemos acerca de lo sucedido, cada vez que nos reunimos. Aún somos muy buenos amigos. Con Omar hablo de vez en cuando de aquella noche; él cuenta la anécdota cada vez que puede, y su rostro se vuelve sombrío cuando le preguntan acerca de que cree él que ocurrió: ".....en verdad, no lo sé..."-, responde gravemente. Un día le pregunté yo, si no creía que pasó aquello por que él pateó esa cruz en el cementerio. Omar se sorprende y dice que no recuerda haber pateado ninguna cruz,... pero yo sé que miente.

La casa embrujada de La Victoria

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

A finales de los años setentas, mi familia y yo regresamos finalmente a la capital. Mi padre era en aquel entonces un humilde detective, que logró con gran esfuerzo e intachable moralidad, ascender lentamente en su carrera policial. Su deseo de lograr su superación sin recurrir a otra cosa que fuera su honradez, había hecho que nuestra familia recorriese junto con él media docena de ciudades del Perú. Finalmente, había logrado ser destacado a Lima.

 

Tras unas conversaciones con algunos camaradas de armas, se enteró de un pequeño departamento muy barato, en el peligroso distrito de La Victoria. Mi madre recelaba vivir ahí y no era para menos: el distrito fue diseñado por un presidente del siglo XIX para ser el futuro centro de la ciudad, pero la tugurización lo convirtió en el más "bravo" de los barrios de Lima. Obviamente, temía lo que les podría pasar a sus hijos.

 

Tras conversar con el dueño, mi padre estaba más que dispuesto. Mi madre, por su parte, tenía algunas reticencias aún; papá terminó convenciéndola. Mi padre recibía un muy modesto sueldo del estado como Inspector. Trabajaba en la sección de "Fraudes contra el Fisco", un área particularmente difícil; la corrupción era muy alta. Oficiales de menor grado que él se hacían de pequeñas fortunas a los pocos meses de trabajar ahí, y mi padre estaba dispuesto a vivir en una casa humilde para demostrarle a todo el mundo su honradez.

 

El dueño, un alemán muy viejo apellidado Lynch, exigía que se realizase un contrato por ¡18 años!; el motivo por tan extraño contrato nos es hasta ahora un total misterio. A mi madre le parecía bien, ya que estaba cansada de cambiar de ciudad de residencia a cada rato. El alquiler era una ganga; era extraño que nadie quisiera alquilar ese departamento. Mis padres firmaron así el contrato gustosos y a partir de ese momento, pasamos a ser los inquilinos de la que nuestros nuevos vecinos llamaban "La casa embrujada de La Victoria",... cosa que descubrimos al poco tiempo.

 

Recuerdo cuando llegamos al departamento el primer día. Yo era muy chico, pero recuerdo todo: era un departamento muy pequeño (aún no me explico cómo entrábamos ahí mis padres, mis 5 hermanos y yo), de apenas dos dormitorios, una sala-comedor, baño y cocina. Estaba en un segundo piso: en el primero vivía el Señor Lynch y su esposa. La puerta que daba a la calle era de pesado metal forjado, que apenas se podía abrir hasta la mitad, y ocasionando un tremendo estruendo. Ese fue el motivo de que jamás nos hubiesen robado esa casa mientras vivimos ahí: cualquiera que la abriese despertaría a medio barrio. Frente a la puerta había una inmensa y empinada escalera de escalones de mármol, que daba a la puerta de madera del departamento. Aún recuerdo hoy que cuando se subía, los pasos se sentían con un fuerte eco que retumbaba en tus oídos; te daba algo de miedo eso. El departamento era acogedor pero algo frío y sombrío.

 

Lo que me aterró desde el primer instante fue el Señor Lynch: era alto, fornido, muy blanco, canoso y barbado; apenas hablaba español. Su caminar era pesado y lento. Jamás salía de su casa salvo para ir a nuestro departamento para cobrar el alquiler mensual. Yo le abría siempre la puerta y me quedaba paralizado al verlo. Al venir mi madre a pagarle, me escondía tras ella. Era un tipo extraño. Se decía en el barrio que en realidad era un nazi escapado de Europa después de la guerra. Y no era para más, su comportamiento lo sugería: no hablaba con nadie, y no tenía amigos. Su esposa solo salía de su casa una vez a la semana, rumbo al mercado. El Señor Lynch también se encerraba en su casa rodeado de los seis más hermosos y fieros pastores alemanes que haya yo visto jamás, y de los cuales nunca se separaba. Su comportamiento evidenciaba que se escondía de algo,....o que quería evitar que algo o alguien, llegase hasta él.

 

Las primeras semanas transcurrieron alegremente en acondicionar nuestro nuevo hogar, hacer nuevas amistades, y muy disimuladamente, hacer saber a los "guapos" del barrio, que éramos una familia de padre policía. Nadie nos temía, por el contrario; surgió de pronto un sentimiento de respeto del vecindario por nosotros: sabían que para cualquier cosa, es mejor llevarse bien con un oficial de la policía. Lo que enturbió las cosas fue lo que descubrimos en esos primeros días: "¿dónde vive usted?" -, preguntaba el tendero ó algún vecino que recién conocíamos, y tras decir: "en el 240 de Casimiro Negrón,..", la respuesta era inmediatamente la misma: "¿en la casa embrujada???? ,....que valientes!". Prudentemente, mi madre sugirió que no hiciéramos caso.

 

Al poco tiempo, mi padre comenzó a ser destacado a labores que lo obligaban a viajar varios días, dejando a mi madre, y sus tres hijos varones y tres mujeres (entre ellos, yo), solos en esa casa. Para ese entonces nada importante nos había ocurrido, pero eso cambiaría de pronto cuando se acercaba la llegada de la luna llena. Una noche, unos días antes, los perros del Señor Lynch comenzaron a ladrar y aullar horrorosamente, espantando a mis hermanos adolescentes y a mí: nos apretujados todos nosotros contra el cuerpo de nuestra madre en su cama, escuchando también al anciano ese imprecándoles a sus animales en alemán. Era algo realmente extraño: sé de perros que ladran y le aúllan a la luna, pero nunca que lo hagan días antes de que aparezca. Ese raro suceso se extendió por otras dos noches más.

 

Al poco tiempo llegó finalmente la luna llena. Mi madre cocinaba el almuerzo. Estaba sola en casa; era de día, y nosotros estábamos en el colegio. Según me contó tiempo después, escuchó que tocaban a la puerta: se extrañó al no haber sentido la pesada puerta de metal abriéndose. Caminó a la puerta del departamento y se sorprendió al abrirla y no encontrar ahí a nadie,... y también al ver la puerta de metal también cerrada, escalones abajo. Regresó extrañada a la cocina, pensando que había imaginado oír un ruido. No pasó mucho para que nuevamente se escuche un golpe en la puerta. Esta vez mi madre corrió para descubrir al bromista,...pero nada: ahí no había nadie. Ya para ese momento, mi madre estaba muy asustada.

 

Su temor aumentó cuando volvió a escuchar toques en la puerta; esta vez no era un golpe seco: eran golpes insistentes. Armada de valor, abrió de golpe la puerta,....y de nuevo nada. En un arranque muy suyo, abrió la puerta completamente y con un gesto con la mano, dijo en voz alta, dirigiéndose al invisible desconocido: "¡Entra!". Tras darse cuenta de que esa actitud era un sinsentido, la cerró de golpe y regresó a sus quehaceres, muy agitada y tratando de mantener la compostura. Volvió a sus deberes sin poder dejar de pensar  en lo que los vecinos le habían dicho y mascullando una oración que aprendió mucho tiempo atrás en el colegio de monjas. Decidió en ese momento no decirnos nada sobre lo ocurrido.

 

Aquella noche, mi madre se encerró en su dormitorio, tratando de tranquilizarse  su manera, tejiendo. Cuando mi padre viajaba, mamá era como un general en casa: si ordenaba ir a dormir, todos nos metíamos en la cama y a dormir sin chistar; como en el departamento sólo había dos dormitorios, en uno dormían mis padres y yo (que era el más pequeño), y en el otro mis cinco hermanos. No fue difícil conciliar el sueño por que, curiosamente, los perros del piso de abajo guardaban esa noche un pétreo silencio. Al filo de la medianoche, mi madre escuchó barullo afuera en la sala: se escuchaban murmullos; se escuchaba como si un grupo de gente conversara. Pensando que eran mis hermanos, les ordenó en voz alta irse a dormir, sin despegarse ella de la cama. Yo dormía profundamente en mi cama, a su lado. Al escuchar ella que los ruidos continuaban, se levantó molesta y se dirigió a la sala.

 

Como éramos una familia de 8, la sala constaba de una enorme mesa también con ocho sillas. Teníamos la costumbre, en esa época, de poner las sillas sobre la mesa, al modo de los restaurantes, al caer la noche. Mi madre apenas encendió las luces, se indignó ante el espectáculo que observó: todas las sillas estaban volteadas y en total desorden. Para ella, era una intolerable travesura. Caminó hacia el dormitorio de mis hermanos, abrió la puerta y encendió la luz: mis hermanos estaban dormidos y se extrañaron al ver a mi mamá muy molesta, preguntándoles quién había sido: ellos no sabían nada de nada. "Castigados: no van al cine el sábado!" -, fue la sentencia recibida. Mis pobres hermanos pedían explicaciones, pero mi madre no entraba en razón.

 

Conforme avanzó la noche, mis hermanos sollozaban y renegaban en la oscuridad del cuarto, molestos por el castigo injustificado. Henry, el mayor, era el único que tenía el privilegio de tener una cama sólo para él: mi otro hermano y mis 3 hermanas compartían, a pares, sendas camas-camarotes. Henry tenía la puerta del dormitorio enfrente: insomne, mi hermano recorría con la vista el cuarto a oscuras, tratando de retomar el sueño. De  pronto, se percató que la puerta se abría. El picaporte giró, se abrió la puerta casi por completo, para luego unos segundos  después, lentamente, se cerró completamente, y finalizó girando de nuevo el picaporte; ¡no lo podía creer cuando vió el mismo proceso repetirse tres veces más!!,...

 

La cuarta vez, no se contuvo y susurrando, le avisó a la mayor de mis hermanas, Eliana. "....mira la puerta..."-, le dijo. La molestia de mi hermana por el castigo despareció por completo cuando la vió con sus propios ojos abrirse y cerrarse varias veces más. Ambos estaban aterrados y no sabían que hacer. En un arrebato de valor, Henry se incorporó de su cama y prendió las luces. Cerró la puerta y tras apagar la luz, corrió a su cama. Tratando de no pensar en ese suceso, se volteó para tratar de dormir. Eliana no pudo dejar de ver la puerta a pesar de que ya estaba cerrada.

 

Al poco rato, vió con pavor cómo "alguien" apareció de pronto, sentado sobre un viejo baúl, a los pies de su cama: era un anciano, de baja estatura, vestido con un traje raído. El ser espectral no la miraba, miraba hacia el frente, y tenía en una mano una botella y un vaso en la otra, y ajeno a la espantada testigo, hacía una y otra vez el ademán de servirse una copa y beberla. Mi hermana encogió los pies y trató de gritar, pero el miedo era tal que no pudo articular palabra. Fueron eternos los minutos que luchó contra su propio cuerpo que no paraba de temblar, hasta que finalmente pudo voltearse y esconderse bajo las sábanas.

 

A la mañana siguiente, ambos conversaron y decidieron no decirnos a los demás hermanos nada, para evitar que nos asustásemos: igualmente, decidieron no decirle nada a mi mamá: "no nos va a creer"-, pensaron; ¡cuán equivocados estaban!,... los demás hermanos descubriríamos qué pasaba en aquella casa ese segundo día de luna llena, por la noche.

Aquella noche, algo me despertó. Eran voces. Mi madre dormía a mi lado, y yo no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior. Por un momento pensé que mi padre había vuelto de viaje y estaba reunido con sus compañeros de trabajo en la sala. A través de la puerta entreabierta pude ver un raro destello que provenía del salón. Presté atención; las voces eran a ratos susurros, a ratos voces más airadas, pero en un idioma extraño. A ratos se sentía el golpe de un puño sobre la mesa, e igualmente se sentía el sonido de que las patas de las sillas eran arrastradas por el piso por efecto del peso de los desconocidos que estaban supuestamente sentados en ellas. Recuerdo que parecía ser una larga velada, por que tras escuchar un buen rato me dormí, rendido.

 

En el otro dormitorio, el drama familiar ya cobraba visos espantosos: mis otras dos hermanas, Rossana y Janet ocupaban las camas de arriba de las dos camas-camarotes. Janet dormía apaciblemente, ignorante de lo que ocurría afuera. Según ella me contó, volteó de posición y abrió los ojos por un momento, para tener frente a sí un espectáculo pasmoso: frente a ella, a escasos centímetros de su rostro, y flotando en el aire, a buena altura del suelo,... ¡había un bebé!!; Janet se quedó paralizada del espanto. El bebé flotaba en el aire, ingrávido. Estaba desnudo y movía agitadamente los brazos, con sus ojos cerrados, cerrando sus puñitos. Al poco rato, comenzó a gemir y a llorar. Era un llanto lúgubre y realmente macabro. Rossana despertó al sentir el inusual ruido. Ambas observaban a esa entidad de pesadilla en medio de ellas, flotando ingrávido. No les quedó más que voltearse y, protegiéndose con las cobijas, trataron de no verlo ni oírlo, rezando sin cesar.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, seguí a mi madre a la sala: ella estaba parada, mirando las sillas revueltas por todo el lugar. Quiso recriminar a mis hermanos otra vez, pero ellos no la dejaron hablar: había sido demasiado y, uno tras otro, le comenzaron a explicarle lo vivido hasta ese momento: "¡mamá, en esta casa "penan": vámonos!"-, dijo Janet, totalmente aterrorizada. Tratando de poner calma en la familia, mi madre trató de convencernos que ahí no pasaba nada, para finalmente decir que esperaríamos a que vuelva mi padre para decidirlo. Al poco rato, él llegó. Papá siempre fué un total escéptico frente a esas cosas, así que, enterado de lo que pasaba, nos convenció de que no sucedía en esa casa nada raro, mientras nos colmaba de mimos y de regalos. Así, ese día tuvimos algo de paz,....por lo menos hasta la noche.

 

Esa vez me tocó a mí vivir una terrible experiencia. Estando papá en casa, nos quedamos todos juntos en la sala viendo televisión hasta muy tarde. Al día siguiente no había clases. Poco a poco nos fuimos todos a dormir. Yo, exhausto, fui cargado hasta mi cama. Pasada la medianoche, me desperté. Mis padres dormían y yo me levanté de la cama: mi papá me había traído un muñeco de peluche y yo lo había olvidado en la sala, y hacia ahí me dirigí. La sala estaba totalmente a oscuras. Vi el peluche en el piso, sobre la alfombra, y me apresuré a recogerlo, agachándome. Le tenía -y le sigo teniendo-, miedo a la oscuridad y quería regresar cuanto antes a mi cama. De pronto, no pude incorporarme. Frente a mí apareció de pronto una luz, que comenzó a crecer muy rápido. Esa luz pulsaba frente a mí y tomaba una forma vagamente humana. Quedé paralizado, y no pude hacer nada más que gritar: ¡y grité y grite,...y grité!!!,... y nadie me escuchó: simplemente no salió ningún sonido de mi boca. El terror me tenía paralizado; no podía moverme de ese lugar, era como si estuviese pegado al suelo. La luz comenzó a crecer y a acercarse a mí,....y se me hizo la noche.

 

No recuerdo más nada. Tampoco supe quién me llevó de vuelta a mi cama donde desperté al día siguiente: ni mis padres lo saben. Ahora pienso que he perdido varias horas de mi vida en ese suceso; no lo sé. También esa noche, el hermano que no había sufrido ningún encuentro con lo desconocido hasta ese momento, Martín, tuvo un encuentro, al ir a la cocina por algo de comer,... pero nunca ha querido decir qué fue lo que pasó.

 

A la mañana siguiente, mis padres se encerraron en su dormitorio a solas, para decidir qué hacer. Tampoco han querido hasta hoy decirnos qué discutieron, pero la decisión fue tajante: nos quedaríamos a vivir ahí. A partir de ese día, poco a poco nos fuimos acostumbrando a vivir en esa casa. Cada mes, los perros ladraban antes de la luna llena, para luego callar de golpe al aparecer la luna y junto con ella, esos y muchos otros terroríficos sucesos, y que necesitaría yo hacer un libro para relatarlos todos juntos. Cuando las apariciones eran espantosas, mi madre, con su acostumbrada lógica, nos decía: "no le teman a los muertos, témanle a los vivos", o "si no te molestan, déjalos en paz; también cuidan la casa". Nunca pudimos hablar con el Señor Lynch acerca de lo que pasaba en esa casa: simplemente esquivaba el tema. Definitivamente ocultaba algo, y demostraba que les temía más que nosotros.

 

Hoy en día más que nunca, mi familia y yo creemos que era cierto lo que algunos suponían en el barrio: que eran los espíritus del pasado que buscaban a un anciano atormentado por sus actos pasados, que trataba de huir de ellos, y que nosotros estábamos en medio de esa extraña búsqueda de justicia. Algunas veces he ido, en el transcurrir de los años, a mi viejo barrio. Lynch y su esposa ya deben haber muerto, no lo sé. Me paro en la calle y veo ese pequeño departamento, que ahora se ve más viejo que antes, y cubiertas las paredes de graffitis de las pandillas: el barrio ha empeorado. No sé quién vive ahí ahora, pero daría lo que fuera por pasar aunque sea una noche de luna llena, de nuevo en esa casa.

Los desaparecidos en el "Tata Pancho"

 

La fiesta del "tata Pancho" en Yunguyo, es una de las celebraciones religiosas más importantes de la región Puno; tan importante que atrae fieles de todo el sur peruano y Bolivia.

Como consecuencia de la simbiosis entre el cristianismo traído por los españoles al momento de la conquista, y la cultura Aymara, la traducción al aymara de la palabra Dios, que se refiere al Dios del cristianismo es "Tatito", y de ella viene la palabra aymara "tata" que traducida al español significa padre, señor, palabras que a manera de adjetivo encierran profundo significado y admiración en la persona a la que se le llama "tata", refiriéndose asi a una persona muy buena, admirable, acogedora, bondadosa, una persona que da confianza y es de gran poder; por ello el Patrón de Yunguyo, San Francisco de Borja es llamado Tata Pancho, con relación al nombre de nuestro Santo Francisco de Borja, en esta zona quien lleva el nombre de Francisco es llamado cariñosamente "Pancho"; es así que con profundo respeto, confianza y cariño, los devotos de San Francisco de Borja le imploran sus bendiciones.

Dice la tradición que en un lugar llamado Milagro, cerca de la frontera Perú -Bolivia, por K'asani (otros aluden que fue en Chacapata), en tiempos antiguos una pareja de ancianos en sus tareas agrícolas removiendo la tierra notaban que sus herramientas chocaban con algo duro. La curiosidad animó sacando toda la tierra, siendo grande su sorpresa cuando vieron aparecer una cruz perfectamente tallada en piedra (piedra cruz). Lo que más llamaba la atención dicen, que en nada se parecía al rostro de Cristo, sino a uno distinto, considerando este hallazgo como un milagro. Hecho de conocimiento al pueblo, la fe y el culto se avivaron, rápidamente el lugar fue siendo objeto de peregrinación por creyentes y curiosos. La interrogante era de quién sería el rostro que presentaba la cruz y solo atinaron a llamarlo "Tata Q'ala" O Señor de Piedra).Pasado el tiempo y a pedido del pueblo creyente efectúan el traslado de la cruz de piedra entronizándolo en el templo del pueblo; mientras las miradas inciertas de la curia y autoridades debieron contenerse admirados por la tanta fe de aquél pueblo, pero no dejando de querer encontrar la explicación e identificar aquél rostro. Mas tarde se dice que otro cura atinó en afirmar que se trataría de San Francisco de Borja por los rasgos que presentaba, concluyendo que Yunguyo había sido bendecido con la aparición de este Santo, quedando desde entonces como su protector y patrono.

La conjunción social y religiosa se inicia los primeros días de octubre, con el desarrollo de un nutrido programa y dentro de ello el concurso de "sicuris", danzas y otras actividades culturales, que duran hasta el día de la fiesta central, el 10 de octubre, cuando el pueblo retumba en algarabía y fe religiosa, y el Santo Patrón, San Francisco de Borja, con su mejor traje, escoltado por autoridades, fieles y bailarines de la ciudad y del campo, en medio de murmullo de rezos y oraciones a repique de campana, entre el aroma del incienso y mágica música, avanza en procesión por las calles de Yunguyo, entre camaretazos y bombardas.

Luego, frente al templo, se renuevan los votos de fe con un nuevo alferado para el año entrante y los venideros. El derroche y frenesí de la festividad trascienden las fronteras. Tanto los residentes como los visitantes comparten a cual mejor, en los conjuntos de danzarines siendo notorio el cariño y la hospitalidad.

Pero esta fiesta religiosa cuenta con un lado oscuro: una leyenda conocida por todos los habitantes de la región, de la cual se habla a voz queda, y la cual tal vez no pasaría de ser un mero mito urbano, si no fuese por que no faltan puneños que aseguran haber conocido a alguien, que asegura haberlo vivido para contarlo,...

Se dice que la festividad del "Tata Pancho" no solamente atrae a fieles,... sino también a oscuros individuos, al acecho de los visitantes foráneos. La historia es indefectiblemente la misma: un hombre, preferentemente alto y robusto, foráneo ó extranjero, visita Yunguyo para el "Tata Pancho"; durante la fiesta, en medio de la algarabía general, es abordado por una mujer; siempre es una mujer joven, muy bella y vestida con traje de luces (haciendo así suponer que pertenece a algún grupo de danzantes) La misteriosa mujer invita entonces al visitante a beber y a bailar, esmerándose en atenciones para el visitante, y alejándolo de sus amistades, si es que viaja acompañado. Conforme pasan las horas, el incauto visitante se deja llevar por la algarabía con la mujer,... hasta perder el conocimiento.

Al volver en sí, despierta amarrado: se encuentra en un lugar agreste y desolado, en medio de la más oscura de las noches: el mítico cerro Kapía, lugar de poder por excelencia de Puno y asiento de decenas de leyendas y mitos, provenientes del mundo mágico aymara. Pero el hombre no está solo: junto con él están dos o tres hombres. Según se cuenta, algunos brujos negros puneños y sus poco escrupulosos clientes acostumbran, por medio de una fémina, a secuestrar a jóvenes varones de esa manera, con la única intención de, tras oscuros ritos, sacrificarlos al diablo, para pactar con él, y obtener así riqueza y prosperidad. Siempre buscan hombres altos y fornidos, en la creencia de que "mientras más grande es el sacrificio, más fortuna obtendrán del maligno". Al escoger a sus víctimas entre foráneos, evitan llamar la atención de las autoridades; si es de la región (pero no de Yunguyo), muchas veces la desaparición es justificada simplemente con un "¡bah!, se habrá escapado con otra mujer,..."

No siempre el bárbaro rito es consumado: muchas veces, brujo y cliente se hallan tan borrachos que descuidan a su víctima y éste logra escapar; he ahí que existan decenas de testimonios acerca de secuestrados que han vivido para contarlo. Igualmente existen historias similares, acerca de desaparecidos ó secuestrados que han salvado el pellejo, en otras festividades de Puno; principalmente en la fiesta de la Candelaria, pero al parecer, los brujos negros preferirían la fiesta del "Tata Pancho" para sus fechorías.

En el mundo aymara, el miedo a los brujos negros ("maleros"), es a veces tan grande que, la gente prefiere hablar de ello a media voz, o incluso no hablar del tema. Es por eso que, entre las muestras de hospitalidad y generosidad que los habitantes de Yunguyo dan al visitante a su tierra, muchas veces, sobre todo si uno es varón, se incluirá la sentencia: "...tenga cuidado en el "Tata Pancho" y no acepte nada de una mujer desconocida,...", tras lo cual le contarán esta terrible e intrigante leyenda,...

La descabezada de Ciudad de El Cabo

 

 

Una de las leyendas de autoestopistas fantasmas más extrañas de todas. Cuenta la leyenda que en una curva de una carretera de Sudáfrica, cerca de la ciudad de El Cabo se aparece un fantasma. Según se dice, para que esto suceda tiene que ser una noche de martes y trece y estar lloviendo. Lo curioso de la historia es que no es la típica chica de la curva, en esta ocasión se cuenta que la chica, de raza blanca esta completamente desnuda y que sostiene en las manos su propia cabeza a la altura del vientre.

 

Varios camioneros aseguran haberla visto y muy pocos se han atrevido a detener sus vehículos. por lo visto la mujer te pregunta si le puedes sujetar la cabeza mientras ella llama a la policía, pero nadie se ha osado a hacer semejante locura,... excepto un camionero algo fanfarron. Se dice que el hombre decía a sus compañeros camioneros que cuando la viera no sólo iba a parar si no que le iba a sujetar la cabeza para ver que pasaba.

 

Llegó un día en el que coincidió martes y trece y de hecho estaba lloviendo a cántaros. El camionero sin pensárselo dos veces cogió el camión y se dirigió hacia la mencionada curva. cierto, el hombre vió el fantasma y detuvo el vehículo, se acercó a ella y esta le pregunto si podía sujetarle la cabeza para poder llamar a la policía. El camionero reconoció que estaba muerto de miedo pero con su valentía de fanfarrón le sujetó la cabeza. La mujer se adentró en un cercano bosquecillo hasta que el hombre la perdió de vista. Como pasados unos minutos la chica no volvía, el camionero pensó en irse y llevarse consigo la cabeza, así demostraría a sus compañeros que había sido capaz de hacer lo que nadie se había atrevido a hacer y de paso se llevaba un "trofeo", ya que ganaría mucho dinero y se haría famoso. al fin y al cabo, pensó, la cabeza no daba ningún asco ya que la chica era muy bella y el corte del cuello era limpio y sin sangre, únicamente que estaba pálida y muy fría, pero no era ningún inconveniente para él.

 

Cubrió la cabeza con su impermeable y la depositó en el asiento copiloto. De repente, vió en el siguiente cruce las luces de un coche de policía. Le ordenaron bajar del vehículo y le dijeron que tenían órdenes de detenerlo como principal responsable de un atropello con fuga a una anciana.

 

El hombre negó haber atropellado a nadie, pero le dijeron que una mujer había llamado asegurando que había presenciado el atropello relatando los hechos y que incluso les había facilitado la matrícula del vehículo. Fue entonces cuando otros policías, que se dispusieron a registrar el camión comentaron que había mucha sangre en los peldaños metálicos que dan acceso a la cabina y también en el salpicadero derecho. Encontraron el impermeable lleno de sangre, con lo cual el camionero se quedó perplejo, no entendía nada, estaba dentro la cabeza de una anciana. Al hombre lo metieron en la cárcel y nada pudo explicarse, pues ¿qué explicación tenía él para lo que acababa de ocurrir?,...

El fantasma del espejo

 

Un relato de: Reynaldo Silva.

 

Cada vez que mi abuelita pasaba por estrecheces económicas se quedaba pensativa en su silla, miraba al cielo con mirada triste y soltaba un profundo y doloroso suspiro: "...¡Ay Dios!" -decía -, "¿por qué pasamos por estas penurias, si a nosotros no debería faltarnos nada". Yo pensaba que eran devaneos propios de la gente mayor, que siempre piensa que toda época pasada fue mejor; más, debido a su insistencia de expresar su muletilla, decidí preguntarle el por qué.

 

Ella cayó un momento. Se fijó detenidamente si mi madre escuchaba. En todo de confidencia me pidió que cierre la puerta del cuarto donde estábamos. Ya segura que todo quedaría entre los dos, comenzó a relatarme la historia: "tu bisabuelo, mi padre, era un hombre muy afortunado"-, me dijo en voz baja. Inmediatamente recordé lo que me habían contado otros parientes acerca de él: que fué un aventurero, que había recorrido toda la cordillera. Que era dueño de todos los secretos de la minería. Nadie mejor que él para amalgamar los minerales. Que conocía los secretos de la alquimia. Que había hecho millonarios a muchos; que había descubierto cientos de minas, que las tuvo todas inventariadas, y que al final nunca tuvo dinero para explotarlas.

 

"Pero hay algo más..."- agregó mi abuela con voz temblorosa -, "él era un brujo". En ese momento me contó algo desconocido para mí: "como era curandero, siempre ayudó a los necesitados. Dicen que cuando vivió con los "Waqchas", ellos, agradecidos por su ayuda, lo convirtieron en "Alto Misayoc" y le enseñaron todo lo que debía saber.

 

Desconociendo yo en esa época el idioma quechua, ella me explicó qué significaba todo eso: los "Waqchas" eran los más pobres descendientes de los incas, y que habían jurado jamás revelar los secretos de los tesoros y las minas ocultos por sus ancestros. También tenían fama de ser brujos muy poderosos. Un "Alto Misayoc" es un Sumo Sacerdote; jamás he escuchado después de esa conversación, que se le haya conferido ese cargo a un blanco o a un mestizo alguna vez.

 

"...Todo el mundo me decía eso y más de mi padre..." -explicaba mi abuela, mirando el aire, moviendo los ojos como si lo viviese-, "nunca les hice caso. Un día, me arrepentí de no haber creído". 

 

"Yo me casé muy joven. Mi padre no estaba de acuerdo; tu abuelo era bueno, pero no muy trabajador: te quedarás pobre junto a ese hombre, me dijo tu bisabuelo"- proseguía contándome mientras tejía. "Tu abuelo y yo nos fuimos a vivir a un cuarto chiquito en los Barrios Altos. Estaba bien para unos recién casados; tu abuelo salía todos los días a buscar trabajo, pero nada. Un día, a la hora del almuerzo, tu abuelo llegó muy contento: ¡había conseguido trabajo de sereno en el puerto!. Yo también estaba contenta. Un hacendado amigo de tu bisabuelo había llegado de la sierra y me había traído cartas de él y una enorme caja de madera".

 

"Tu abuelo puso cara de pocos amigos. No le perdonaba a mi padre por no haber estado presente en nuestra boda"- prosiguió-,"no le hice caso: yo leía una a una las cartas de mi papá; cada una remitida de un sitio distinto y contándome sus viajes de un lado a otro del país, buscando fortuna y lo mucho que me quería. La última carta del paquete era muy extraña. Lo único que decía era: "nunca disfruté las riquezas que hallé por ser muy confiado. En tus ojos veo que tienes mi mismo destino. Acepta mi obsequio de bodas y no cometas los mismos errores que yo". Tu bisabuelo se refería a la caja esa"-, sentenció mi abuela.

 

"Cuando la abrimos, yo me quedé encantada: era un precioso espejo de pie, muy antiguo, de madera y con algunos detalles en pan de oro en el marco. Tu abuelo frunció el entreceño: " ¡Bah!, demasiado ostentoso para esta casa"; y sin mediar palabra, cogió su abrigo y se fue a trabajar, diciendo que volvería en la madrugada".

 

"Era la primera noche que me quedaba sola en casa. Era una construcción vieja y me daba miedo por oscura. Pasaban las horas y yo en silencio, tejiendo en el segundo piso, sola, iluminada apenas por una vela. La medianoche avanzaba, y poco a poco me quedé dormida. No sé si pasó mucho o poco rato, pero algo me despertó. Una extraña sensación de que en el cuarto había alguien más. Al abrir mis ojos, ví frente a mí un enorme cirio de iglesia sobre la mesa, iluminando toda la habitación. Yo no entendía nada, la vela que yo tenía era pequeña y ya se había apagado. Fijé mi mirada en el espejo de mi padre que estaba frente mío,...poco a poco se fue oscureciendo, y apareciendo una imagen nubosa en él. Yo temblaba, mientras veía cómo una figura humana se formaba dentro de él. Quedé paralizada de terror cuando se terminó de formar la aparición: era un anciano barbado, de piel muy pálida, alto y vestido con una larga y ondulante mortaja blanca. Mirándome fijamente, alzó sus huesudas manos y comenzó lentamente a salir del espejo".

 

"Se paró frente a mí, era inmenso y yo me trataba de encoger en el sofá, apretando mi tejido, tratando de alejarme de la mano que temblorosamente tendía hacia mí. Al mismo tiempo, con sus ojos blancos y sin vida muy abiertos, abría su boca cavernosa, exhalando un aire gélido: "....sígueme"; fue lo que me dijo y comenzó a deslizarse hacia la puerta". Yo había perdido todo control de mi persona; me incorporé y lo seguí, caminado sin poder controlar mis piernas".

 

"Me llevó hacia abajo, a la sala. De pie en medio de la sala, el anciano flotaba en el aire frente a un hueco rectangular excavado en el suelo. Allá abajo había un cofre de madera. Ví cómo él abrió la tapa; ¡levantó muy alto su mano de la cual colgaban collares de perlas, de plata con joyas engarzadas y caían en cascada monedas de oro!".

 

"...Esto perteneció a mi familia..."- me dijo el espíritu mirándome con sus ojos sin vida-, "tú eres buena y quiero que sea para ti, pero no debes contarle a nadie hasta que te diga cuando debes sacarlo,.... cuando realmente tengas necesidad de él....-, exclamó mientras veía cómo se elevaba en el aire, despareciendo lentamente.  Al rato desperté de nuevo en el sofá. Me levanté sobresaltada; había ruidos abajo. Corrí escaleras abajo, ¡pensé que tu abuelo se enojaría mucho si miraba el boquete en el piso de la sala!,...pero no había nada ahí, sabía yo que no era un sueño. Los ruidos abajo eran que tu abuelo había vuelto del trabajo. "

 

"No le conté nada de esa noche. Al poco, comencé a ver que el casero que nos alquilaba parecía saber algo: cada vez que venía por el alquiler, miraba atentamente el suelo, como buscando si los ladrillos del suelo estaban movidos. Mantuve mi secreto hasta una noche en que, estando en la cocina, escuché unos gritos terribles que venían del dormitorio de arriba: ¡tu abuelo gritaba, como si pelease contra alguien!, salí de la cocina azorada y apenas pude ver al llegar a la sala que "algo" bajaba las escaleras, abriendo como una ráfaga de viento la puerta hacia la calle,....era como....si una sábana blanca saliese volando hacia la calle. Tu abuelo bajó a grandes zancadas, con la camisa desabotonada, los ojos desorbitados y vociferando incoherencias. Cuando se tranquilizó, me explicó lo que le había pasado".

 

"Estaba en el dormitorio cambiándome de camisa" -me dijo,- "estaba de espaldas al viejo espejo ese cuando algo me hizo voltear: ¡dentro del espejo estaba un viejo horrible, con los ojos blancos como los de los muertos, abriendo su bocaza y estirando sus manos contra mí!; ¡me insultaba, me decía cosas y atravesaba el espejo con sus manos jalándome, arrastrándome!".                  

   

"Presa del pánico, tu abuelo trató de defenderse"- me contaba muy vívidamente mi abuela-, "gritando pidiendo ayuda, comenzó a luchar soltando sendos golpes a esa aparición venida de ultratumba, inmensa, con su boca abierta dispuesta a tragárselo. Tras unos minutos de forcejear, el espíritu se dio por vencido y abandonó la casa, siendo perseguido por tu abuelo".

 

"Apenas terminó de contarme, yo comencé a llorar. Finalmente le conté mi secreto: él montó en cólera, indignado por que no le había dicho nada del espíritu y del tesoro oculto. Juramos no decírselo a nadie. Yo temía que el anciano espectro hubiese cambiado de opinión y ya nos diese el tesoro cuando lo necesitáramos. Pero además, un presentimiento me decía que tu abuelo me ocultaba algo. En vano le pregunté qúe le había dicho el fantasma. Tu abuelo contestaba con evasivas. Yo recordaba lo que mi padre me decía de niña, al hablarme de sus cosas; él decía que los espíritus guardianes de tesoros odian a los ambiciosos. Me guardé mis dudas para otra ocasión".

 

"Pasados algunos meses, tu abuelo me dijo que iríamos los dos de viaje a visitar a un pariente enfermo. Me daba miedo dejar la casa sola, pero él me convenció al decirme que su sobrino y su esposa la cuidarían. Yo no lo sabía, pero tu abuelo estaba metido en deudas de juego; le había contado a su sobrino del tesoro y decidieron sacarlo sin decirme nada. No debí viajar; tenía pesadillas todas las noches antes de hacer el viaje. Al llegar, convencí a tu abuelo de volver inmediatamente".

 

"Cuando llegamos a la puerta de la casa, todos los vecinos la rodeaban, así como varios policías: ¡la puerta estaba abierta de par a par, mis pocos muebles tirados en la sala y un inmenso boquete en medio, y metros abajo, al silueta de un gran baúl en la tierra húmeda!. Tu abuelo se tiraba la barba de ira, había sido traicionado por su propia sangre, su sobrino, al ver el tamaño del tesoro, simplemente se lo llevó. Yo no lloraba por el caudal robado, lloraba por la vergüenza que sentía por ver rota mi confianza en mi esposo. En el segundo piso, hallé el espejo, o lo que quedaba de él: al parecer el sobrino había descubierto el secreto del espejo y el anciano y, movido por la codicia, trató de llevárselo, sólo pudiendo partirlo y llevándose una parte, dejando un tercio del mismo".

 

"Volvimos a ser los mismos pobres de siempre; la fortuna  la sobrino le cayó como con maldición de gitano; tras huir del país con el tesoro, regresaron a los tres años pordioseros: todo lo perdieron en una sucesiva suma de malas inversiones, enfermedades y accidentes. Aún hoy siguen pidiendo perdón por lo que hicieron. Con el tiempo perdoné a tu abuelo. Mi padre, al enterarse lo que pasó, no dijo nada, pero nunca más me regaló nada, ni volvió a enseñarme nada de sus secretos"- mi abuela suspiraba recordando los sucedido, mientras me miraba y sonreía-, "yo por mi parte, cogí los restos del espejo y los enmarqué de nuevo; es ése que está allá".

 

Volteé a mirar a mis espaldas: en el cuarto de la abuela, colgaba un espejo de mediano tamaño en la pared: está un poco descolorido y tiene un marco de madera de factura reciente; nadie sospecharía de un inocente espejo como ese. "Muchas veces después, las ánimas aparecieron en el espejo, informándome la existencia de tesoros ocultos,...pero nunca los busqué, a veces por miedo, a veces, por que perdía el rastro; en otras más, le decía a alguien de mi confianza para que lo busque y nunca volvían para agradecerme. El destino de mi padre y el mío son iguales,...igual que el tuyo".

 

"¿El mío, y por qué?" -, le pregunté, encogiéndome en hombros. Ella me dio varios motivos. "....Por que cuando yo no esté aquí, tú te quedarás con mi espejo; por que tienes el "don", lo veo en tu mirada, que es la misma que la de tu bisabuelo y que la mía. Y finalmente, por que tienes la marca de la familia" -, sentenció mientras me apuntaba al hombro derecho, refiriéndose a un lunar que ella, yo y otros antes y después en la familia, hemos ostentado.

 

Efectivamente, el espejo hoy en día me pertenece; me quedé muchas noches observándolo detenidamente y nada ha ocurrido. Dándome por vencido, pensé que el espejo había quedado mudo para siempre, pero un suceso que me ocurrió el año pasado me sacó de pronto del error de percepción que tenía. Un amigo mío que pertenece a una de las familias más distinguidas de la ciudad -pero algo venida a menos-, me invitó a pasar un fin de semana en la hacienda de su familia, ubicada en un valle cercano, y con la cual pensaba iniciarse en el ramo hotelero. Tras pasar el día recorriendo el valle, disfrutando de su comida al aire libre y, después de mostrarme los planes que tenía para con su vieja casa hacienda, él, su novia y yo nos sentamos en uno de sus patios a disfrutar del fresco de la noche, tomando una copa.

 

José Antonio, que era el nombre de mi anfitrión, comenzó a relatarme la historia de la hacienda: se decía que había pertenecido a la Compañía de Jesús durante la colonia, y que los jesuitas habían enterrado un tesoro de lingotes de oro y plata en algún lugar de la hacienda antes de ser expulsados. Conforme avanzaba la noche, él insistía en que juntos descubramos el tesoro: "...tú eres bueno y confío en lo que sabes" -, me dijo una y otra vez. A su insistencia terminé prometiéndole que lo pensaría al menos. Al rato nos despedimos y me fui a dormir a mi habitación. Para serles sinceros, nunca me ha emocionado andar buscando lo que yo no escondí.

 

Ya en mi dormitorio, y tras tomar una buena ducha, caminaba por el cuarto mientras me secaba. Estaba sentado en la cama, pensando en que tal vez no tenía el "don" del que la abuela se refería, cuando algo llamó mi atención. El ropero frente a la cama tenía un espejo en su puerta, en el cual me veía reflejado. Ví cómo mi imagen reflejada se oscurecía, como si un punto negro a un borde el espejo se tragase las imágenes reflejadas en él. Intrigado, me acerqué al mueble. Ya estando de pie frente a él, la superficie del espejo se volvió de pronto totalmente negra.

 

La horrible sensación de sentirme pegado al suelo me detuvo en seco. Me quedé paralizado al ver....¡que del espejo emergían en rápida sucesión cuatro figuras humanas enfundadas con hábitos oscuros, tapados sus rostros por capuchas medievales!; ¡no tuve ni tiempo para pedir ayuda, mientras esos seres de pesadilla me tomaban de manos y pies y me arrastraban a la cama!.

 

¡TRATABA DE GRITAR Y NO SALÍA VOZ DE MI GARGANTA, MIENTRAS  ELLOS ME INMOVILIZABAN POR COMPLETO!, ¡DENTRO DE SUS CAPUCHAS NO HABÍAN ROSTROS QUE PUDIESE VER, SÓLO LA MÁS NEGRA DE LAS OSCURIDADES!....dispuesto a aceptar mi destino, dejé de luchar. Yo temblaba descontroladamente mientras una de esas criaturas acercaba su "cara" hacia la mía. Una voz cavernosa salió de una de ellas: "aquí no debes buscar nada,....tienes el don,...pero aún no es tu hora....". No recuerdo nada más de aquella noche.

 

Al día siguiente, José Antonio entró a mi cuarto al ver que no salía a desayunar. Me encontró tirado en el suelo, frente al espejo del ropero, desnudo, en posición fetal, temblando, en estado de shock. Alarmado me llevó inmediatamente al hospital. Por poco me salvé de que casi me diera una pulmonía fulminante. Me he recuperado ya en parte. Aún tengo el espejo de mi abuela en mi departamento; en realidad no le temo en absoluto. Como "ellos" me dijeron, aún no es mi hora. Aún no.                      

La "muerte" más extraña de la historia

 

Gustav Ferdinand Von Kelps, fue un físico y matemático alemán que ha tenido la "suerte" de ser una de las personas con la muerte más extraordinaria del planeta. Nació en la ciudad de Nuremberg en el año 1905, se crió dentro de una familia clase media-alta. Sus padres desde chico lo estimularon a desarrollarse dentro del campo de la física y las matemáticas. Siempre fue el alumno que sobresalió en su clase, por su inteligencia y su curiosidad. Su abuelo le enseñaba matemática avanzada después de la clase. Su curiosidad no tenía límites.

 

A la edad de 14 años, desarrolló un aparato que fue capaz de lanzar una bola de luz (Nunca nadie logró entender su funcionamiento) a una distancia de unos 50 metros. Sus padres preocupados por aquel invento (ya que era un peligro para Gustav y los que lo rodeaban), aprovechando una noche en la que el muchacho dormía, destruyeron la máquina y la tiraron en el río Pegnitz.

 

Siempre fue un muchacho solitario, que gustaba de encerrarse en un lugar de la casa que él llamaba "laboratorio", tenía pocos amigos y caminaba siempre acompañado con algún libro debajo del brazo. Era el chico raro de la escuela y del barrio. Cuando ya contaba con la edad de 25 años, sabía más que sus profesores académicos en la Universidad de Hamburgo. Eso le trajo más de algún problema, por el solo hecho de que en plena clase, desafiaba a los profesores con teorías que luego descubrían que estaban acertadas. Sus profesores tenían miedo de que Gustav, le refutara un problema matemático en clase, y que no tuvieran la capacidad de discutir con él.

 

A los 26 años de edad, publicó algunos trabajos técnicos y generales sobre el espacio, el tiempo, la materia, filosofía, lógica, simetría e historia de las matemáticas. Fue uno de los primeros en concebir la probabilidad de combinar la relatividad general con las leyes del electromagnetismo. El 5 de abril de 1942 murió de una forma increíble.

 

Por lo que se tiene registrado en el diario alemán Nürnberger Zeitung Gustav Ferdinand Von Kelps salió de su trabajo en el laboratorio Wëllishburng al mediodía, caminó hacia su casa (vivía solo), saludó a su vecina como de costumbre y se encerró en "su laboratorio". Nunca más se lo volvió a ver.

 

El expediente de la policía (número 1209834) declara que por las pericias hechas en el lugar, Gustav estaba trabajando en un proyecto "secreto" para presentarlo en el instituto de "Matemática y Física de Munich", cuando encendió una máquina que emitía rayos (la policía nunca digo de que rayos se trataban, por que el experimento fue hecho en época de la segunda guerra mundial) que la vecina pudo testificar que vio la luz que salía por la ventana del laboratorio y sintió como un zumbido (como cuando hierve el agua dentro de la pava). Luego una fuerte corriente de aire la tiró a unos 12 o 14 metros del lugar. Los investigadores policiales no podían creer lo que declaraban los testigos: Un haz de luz color violeta, ráfagas de viento, zumbido en el aire (dolores profundo de cabeza, luego del incidente)...etc.

 

El interior del laboratorio estaba casi intacto, sólo papeles desparramados y algún vidrio roto. El cuerpo del científico nunca fue hallado. Pero lo más interesante del caso, fue cuando 3 meses después del extraño suceso, los nuevos inquilinos estaban acomodando los muebles en la casa. Cuando de pronto ven (cuatro testigos coinciden en lo mismo) asomar una cabeza por la pared que les dio los buenos días y desapareció en el acto. Los inquilinos testificaron bajo juramento que 4 o 5 veces más vieron a la extraña figura cruzar de pared a pared. Luego de mostrarles fotografías de Gustav, todos aseguraron que era la persona que apareció por la pared.

 

Decidieron llamar a investigadores, científicos, de varias ciudades para encontrar una explicación a lo sucedido. Se formó una junta de investigación y luego de estudiar el caso por dos meses, concluyeron lo siguiente:

 

Gustav era la única persona que sabía lo que estaba experimentando. De alguna extraña manera pudo vencer el tiempo y espacio y pasar a otro plano dimensional.

 

Todos coinciden en que el físico matemático sigue vivo en otra dimensión, ya que cuando aparece, saluda normalmente y habla con los asombrados moradores del lugar.

 

En una ocasión un investigador se sorprendió al ver aparecer a Gustav por la pared, aseguró saludarlo y que Gustav le respondió: "¡Buenos días! ¿Bonito día para descubrir cosas nuevas, no?". El investigador se quedó tan perplejo que cuando atinó a responder, Gustav ya había desaparecido.

 

Conclusión: No sólo está vivo en otro lugar, sino que cada poco aparece y habla con los visitantes del lugar. Cuando en una ocasión le preguntaron a Gustav, si estaba en otra dimensión. Él solo respondió:

 

"No se preocupen por mí, yo estoy en un lugar que ustedes tarde o temprano descubrirán y una vez que lo visiten,... no querrán volver".

El pacto

 

Un relato de: Reynaldo Silva.


Corina llegó corriendo feliz a su casa esa tarde, con el corazón henchido de una gran felicidad adolescente. Estaba enamorada. Tras semanas de sentirse una suerte de "bicho raro" en su nuevo colegio, finalmente alguien le había hablado, ¡y precisamente había sido ese chico tan guapo que no dejó de mirar desde el primer día!. Caminando como entre nubes, atravesó el jardín de su nueva casa, sin hacerle caso a su hermanito y sus nuevos amigos, que ahí jugaban. Tampoco saludó a su madre que preparaba el almuerzo. Menos aún respondió el saludo de su padre, sentado en la sala leyendo el diario.


Sólo en su mente estaba terminar de ducharse cuanto antes para contarles a sus hermanas las buenas nuevas. "¡...Se van a morir de la envidia!!!"- pensaba. Tarareando una canción de moda, la joven de 16 años bailoteaba bajo la regadera mientras el agua tibia rodaba por todo su cuerpo. Corina cerró los ojos cuando el picor del shampú la obligó a hacerlo. De pronto, un potente chorro de agua caliente la sobresalto, haciéndola soltar una fuerte imprecación. Su mamá le increpó inmediatamente: "¡cuidado con ese lenguaje jovencita!". La muchacha quiso responder, pensando en que alguien había abierto el grifo del caño, pero no pudo; con los ojos entrecerrados volteó a mirar hacia atrás suyo: sintió que no estaba sola. 

 

Una ráfaga de viento procedente de ninguna parte levantó la cortina de baño de golpe, erizándole la piel; instintivamente trató de cubrirse el cuerpo con las manos, pero no pudo evitar lo que ocurrió a continuación. Un tremendo bofetón en su mejilla, salido de la nada, la aventó con violencia contra las mayólicas de la pared. Casi de inmediato, la asustada comenzó ver y sentir con horror algo inimaginable: ¡NO HABÍA NADIE CON ELLA EN LA DUCHA, PERO SENTÍA CÓMO LA MANOSEABAN SALVEMENTE!!!, ¡SUS OJOS NO MENTÍAN: NO HABÍA NADIE AHÍ!!!! 

 

Desesperadamente, Corina luchaba contra el ser invisible manoteando, tratando de levantar las rodillas, desesperada tratando de impedir en vano sentir que esas horrendas manos salidas de la nada, le tocaban donde jamás le había permitido a nadie. Apenas fueron unos segundos, pero fue más de lo que ella podía soportar: resbalándose salió del baño, corriendo, desnuda, gritando. Todos en la casa se sobresaltaron, al verla correr sin parar de gritar rumbo a la calle. Su padre saltó de su sofá y apenas la alcanzó cuando llegó a la vereda. Apenas pudo contener a su hija, presa de una crisis nerviosa. Su hermano menor y sus amigos que jugaban en la calle quedaron paralizados. Todo el vecindario se alarmó. Fue necesario que padre y madre cargasen en vilo a la asustada jovencita para regresarla a la casa. 

 

Aquel día todo comenzó: las otras tres hijas llegaron del colegio media hora después; encontraron a Corina dormida a punta de fuertes calmantes. Sus padres no les dijeron nada de lo que ella había dicho que pasó. Debieron hacerlo. Sin aviso, Sandrita de 15 años e Ivonne, de 17, también fueron atacadas: sin importar si estaban solas o acompañadas, recibieron sendas nalgadas procedentes de la nada. Sandrita sufrió también un zarpazo del agresor cuando se cambiaba de ropa, rompiéndole la falda que se estaba quitando y dejándole tres profundos arañones en la pierna. Ivonne por su parte, también sintió unas fuertes y toscas manos que le toquetearon bajo las sábanas, para luego hacer saltar por los aires las cobijas en medio de fuertes risotadas. 

 

Aquella noche fue terrible. La pequeña Carol, de apenas 9 años, se apretujó temblorosa contra el pecho de su madre. El Señor García, su papá, marino de profesión, recorría todos los ambientes de la casa con su arma de reglamento en mano gritando y vociferando al aire, impotente para detener al agresor. Se habían mudado apenas hacía un mes a esa nueva casa, y tras pasar por los problemas propios de trasladarse de pronto a otra ciudad, ahora tenían que enfrentarse a lo desconocido. 

 

La vida se volvió un infierno para toda la familia: las chicas estaban al borde de un colapso nervioso. La madre, viendo el descontrol de su marido, si algo le pasó a ella también, prefirió callarlo. El señor García agotó todo tipo de solución. Estaba al borde de la locura. Asustados por los gritos de las chicas, los vecinos pensaron que vivían al lado de un peligroso abusador. La vida de la familia se volvió un infierno. Fue una semana completa de horror pánico y contínuas agresiones. Eso fue lo que me contó la señora García cuando fue a buscarme. 

 

Yo ya era algo conocido en mi ciudad, más nunca le pregunté si llegó a mí recomendada por alguien o por que me había visto en mi programa de televisión. Sólo me fijé es sus ojos llenos de desesperación, pidiendo una solución a su problema. Pensé en las pobres muchachas siendo atacadas de esa manera por aquel ser que no era de este mundo. Le prometí ir a su casa esa noche y acabar con todo eso costara lo que costara. 

 

Ya era de noche cuando llegué a la pequeña casa. Un viento frío y ululante recorría las calles del barrio de clase media donde vivían. Desde lejos, nadie podría imaginar los terribles sucesos que pasaban en aquella pequeña casita de un piso. Apenas me abrieron la puerta, alcé la vista instintivamente al cielorraso. Quería percibir si "alguien" estaba ahí. Esperaba sentir un erizamiento en mi nuca, señal -al menos para mí-, de que ahí hubiese una presencia. De improviso, una ráfaga de dolor recorrió mi cuello. En vez de sentir lo que esperaba, un doloroso arañón salido de la nada recorrió mi nuca, dejando una rojiza marca en toda su extensión. 

 

Había pensado que, al haber tantas adolescentes en esa casa, podría tratarse de un caso de poltergeist, pero no: aquella "entidad" era muy agresiva. Había que actuar rápido. En la sala de la casa estaban reunida la familia García en pleno, salvo dos: Carol, la pequeña de la casa, había sido prudentemente enviada a dormir en casa de unos parientes. La abuela, que había llegado del norte, rezaba insistentemente a todo venerable existente en la cristiandad, en su cuarto. Me senté en la mesa con el señor García, y saqué un tablero oui-ja; pocos saben que este método de comunicación es el mejor para contactar con entidades agresivas,...pero somos muy pocos los que lo podemos hacer. 

 

Mientras la madre era rodeada por sus hijas en un sofá, comencé a explicarles a todos lo que pretendía hacer: comunicarme con el agresor, ver qué lo motivaba y descubrir cómo hacer que se retire de esa casa. Antes de empezar la sesión, la abuela salió de su cuarto. Nos hizo saber que quería participar: "quiero hablar con mi Ernestito" -, dijo pausadamente. El señor García se rehusó de plano. Me explicaron que la abuelita había perdido a un hijo de 23 años en un accidente aéreo en los años cincuentas. Los ojos de la mujer me suplicaban que aceptase. Lo hice por varios motivos: uno, que entendía su necesidad para hacerlo; un familiar lejano mío falleció en el mismo accidente y entendía el dolor de no tener una tumba dónde llorar. Otro, y el más importante, era que, desde que entré en la casa "sentí" que ahí adentro había más de una entidad. 

 

La sesión de oui-ja para contactar con el pariente fallecido fue a la vez emotiva y muy reveladora: casi de inmediato, Ernesto respondió. La abuela de la casa comenzó a mirar fijamente la copa invertida; nos dijo a todos que "veía" a su hijo como una aparición, dentro de la copa. La anciana, con los ojos rebalsando de lágrimas comenzó a conversar con él. Todos lloraban al ver que las preguntas de la mujer eran respondidas con suaves movimientos que deletreaban las respuestas. Yo también debo admitir que ví un "vaho" vaporoso, pulsante, dentro de la copa. Se sentía algo caliente. Ernesto nos dijo que él estaba tratando de proteger a la familia del agresor invisible, pero que era más fuerte que él. "Dice que tú deberás pactar con el alma en pena" -me dijo al final la ancianita-, "mi Ernestito te ayudará en lo que pueda". Al finalizar el contacto, la mujer me agradeció con un beso en la frente y volvió a su cuarto, a sus santos y a sus rezos. Me sentí aliviado de que tenía un aliado. 

 

Mientras veíamos a la abuela retirarse, la copa se movió de nuevo: otra presencia hacía contacto. Era débil y movía temblorosamente la copa por encima del tablero. Era un niño. La esposa del señor García se incorporó del sofá y se reunió con nosotros en la mesa. No nos había dicho nada, pero tres noches antes, cuando estaba sola en la cocina, de noche, había aparecido un niño frente a ella, pero no había sentido miedo. Se llamaba Miguel. Deletreando como lo haría un infante de 6 años, Miguelito -como se hacía llamar a sí mismo-, nos contó su historia: había vivido en esa casa y había muerto hace 10 años en la calle frente a ella, tras ser atropellado por salir corriendo tras su pelota. Aquella presencia también nos conmovió: "....S.O.L.O...Q.U.I.E.R.O...J.U.G.A.R...", era lo que decía insistentemente. 

 

La señora García nos contó que sentía apagadas risas de niño cada vez que un escalofrío le anunciaba que el agresor fantasmal le rondaba, como a sus hijas. Supuse que aquel niño protegía a la señora, por que la consideraba su madre. Un alma pura como Miguelito seguramente podía mantener a raya a un espíritu bajo. No podía pedirle a Miguelito que me ayude a enfrentarlo, y él mismo me lo confirmó. Al preguntarle si había visto al agresor, respondió: "...S.I....P.E.R.O...L.E...T.E.N.G.O...M.I.E.D.O..." 

 

"...M.E...P.U.E.D.O...Q.U.E.D.A.R...", dijo a continuación. Era un alma buena y sola y la madre aceptó inmediatamente. Tras conminarle que se porte bien y que no asuste, decidí despedirme de él. De pronto, todos miramos hacia el extremo de la sala. Ante los ojos de todos los presentes, Miguelito apareció: todos contuvimos el aire ante la aparición, era un niño precioso, vestía un oberol y mostraba un inmenso pegote de sangre coagulada a un lado de su cabecita. La señora García, conmovida y movida por su instinto de madre, se acercó a él, impelida por el deseo de abrazarlo. El pequeño espíritu desapareció ante nosotros, quedando la huella de sus ojos llenos de pena, en el aire un buen rato. 

 

Cuando todos nos encontrábamos aún sorpendidos, la copa tiró violentamente de las manos del señor García y la mía, hasta casi salir disparada de la mesa. Había otra presencia. Casi de inmediato toda la sala se llenó de una horrenda sensación de calor, asfixiante, junto a un horrendo olor que al principio no pude identificar. Todos mirábamos alrededor asustados. La madre corrió al sofá donde estaban sus hijas, que comenzaron a gemir de miedo. Sebastián, el único hijo varón, se paró y se puso tras su padre. El señor García amartilló su arma en el bolsillo. Pedí a todos calma. Como si brotase de las paredes, una gruesa y profunda risa, como si saliese de una garganta inhumana, nos rodeó. Los rezos de la abuela se escuchaban más altos en ese momento. Claramente pudimos sentir unos pasos pesados que se aproximaban hacia nosotros. Tratando de no mostrar miedo, sentí una muy caliente y jadeante respiración tras de mí, que hizo que me ardiese de nuevo el arañón en la nuca. De pronto, una súbita y desconocida "fuerza" cayó sobre ambos; "algo" nos presionaba la cabeza, pegándonos contra nuestras sillas. Aquella "cosa" no quería que nos levantásemos, quería conversar. Le sugerí al señor García que no luchase contra esa horrenda presión: tomaríamos contacto inteligente con ese ser. El papá de las chicas y yo estábamos sentados frente a frente, a ambos extremos de la mesa. Aquel "sujeto" debería ser inmenso, dado que sentíamos cómo nos mantenía en nuestros sitios, como si aprisionasen dos inmensas manazas nuestras cabezas. 

 

No hubo necesidad de preguntarle quién era; él lo deletreó a una velocidad aterradora en el tablero: "...S.O.Y...M.O.N.T.O.N.D.I.U.M.O...". Cuando Sebastián dijo el nombre, toda la familia quedó desconcertada: les parecía un mal chiste. Yo comprendí al momento qué significaba ese nombre. Los García provenían del norte, y jamás habían escuchado un apodo chacarero: los chacareros eran los rudos y decididos campesinos que dieron fama a Arequipa de irreductible; hablaban un dialecto, en parte castellano antiguo, parte quechua y parte aymara. "Montondiumo" era una corrupción de "montón de humo", que era como se les decía los fumadores empedernidos. Ahí recordé dónde había olido esa peste que impregnaba el ambiente, hasta casi hacer toser. Era el olor de los "mapachos", unos cigarros de la selva peruana, tiempo atrás muy populares entre hombres rudos, y hoy sólo utilizados por los chamanes selváticos. 

 

El haber sido yo criado en el campo, me permitía entender la forma de expresarse del "ente", así como parte de su manera de pensar. La copa se deslizaba a una velocidad de vértigo por la mesa, mientras no paraba de sentirse esa horrenda respiración envolviéndonos a todos:

 

"...E.S.T.A...E.S...M.I...T.I.E.R.R.A...N.O...M.E... I.R.É...J.A.J.A.J.A.J.A..."-, respondía cada vez que le preguntaba su proceder. Los terrenos donde había sido construida la casa le habían pertenecido tiempo atrás. Iba a ser difícil sacarlo de ahí: un chacarero primero moriría antes de abandonar su tierra,....en este caso, ni eso había servido. 

 

La sesión se prolongó por varias horas: con infinita paciencia, logramos desentrañar la historia de "Montondiumo"; se me heló la sangre conforme deletreaba las escasas respuestas que daba: era un espíritu muy bajo, un condenado, un "rematado" para el mundo de los espíritus. Un ser brutal y sin compasión en vida, y que era ahora prisionero de sus bajezas. Había habitado ahí hacía casi 80 años. Todos le temían y él no temía a nada ni a nadie. Había extendido sus propiedades en base al robo y al asesinato: si un campesino humilde le temía, simplemente asaltaba su casa una noche, les robaba todo, violaba a las mujeres y después los asesinaba a todos. Nadie se atrevía ha reclamar después las tierras que "Montondiumo" pasaba a su propiedad.

 

Su final fue tan violento como su vida: una noche, una cuadrilla de ladrones lo mató para robarle. Él estaba borracho en su cama y no pudo defenderse con su formidable fuerza. Al preguntarle qué quería, su respuesta llenó de terror a toda la familia: "...L.A.S...N.I.Ñ.A.S...S.E.R.Á.N...M.Í.A.S...J.A.J.A.J.A.J.A...". El señor García apretaba los dientes de rabia e impotencia. Era un ente espiritual tan bajo que sólo buscaba calmar sus bajas pasiones. El lenguaje en el cual explicaba lo que pretendía hacer era asquerosamente soez y vulgar, tanto que esa parte de la conversación yo no la podría compartir con ustedes. Las muchachas temblaban al sentir cómo al mismo tiempo, "Montondiumo" soltaba sobre las mejillas de todas, ese horrendo vaho de respiración inhumana suyo, acompañada con el olor del más fuerte y picante de los tabacos. 

 

Pensando en cómo deshacerme de aquel terror vomitado de los más bajos planos de realidad, recordé algo que mi abuelo me enseñó: "ciertos espíritus bajos acceden a abandonar un lugar si pactas con ellos para ayudarlos a liberarse". Fue en vano. Aquella entidad no quiso aceptar ni velas, ni misas, ni oraciones por su alma: no creía en Dios y se sabía condenado para siempre. La noche se terminaba y aquella criatura no nos dejaba levantar de la mesa; era necesario acabar con todo eso. Por precaución, yo había llevado conmigo un artilugio heredado de mi abuelo, el cual estaba a mis pies, dentro de una mochila: mi abuelo lo había usado infinidad de veces para "controlar" espíritus rebeldes. Era una base de madera de la cual emergía una varilla de acero, en forma de una "J" invertida. 

 

Se coloca un anillo de oro, muy antiguo en la varilla, descansando éste en la base de madera; al extremo de la "J" invertida se coloca un frasco de cristal, de modo que la boca del frasco queda al final de la varilla. Sólo funciona con frascos de cristal con tapa muy antiguos: el vidrio ahumado del siglo XIX es excelente para "aprisionar" espíritus o parte de ellos. Lo saqué con la mano que tenía libre y lo puse en la mesa. El nombre del invisible espectro me había dado una idea. Valía la pena intentarlo. "Montondiumo; ¿qué quieres para dejar en paz a esta familia?". Dije en voz alta. El "ente" picó el anzuelo:"...L.I.C.O.R...C.I.G.A.R.R.O.S...M.U.J.E.R.E.S...J.A.J.A.J.A...".

 

Respondió de inmediato. Era lo que suponía: los placeres lo tenían dominado.
 

Tardé dos horas en acordar el extraño "pacto": el "ente" pedía que le diesen una ofrenda de sus preciados "mapachos" una vez al mes, y una copa de licor también,.....pero no cedía en sus pretensiones: deseaba a las muchachas. No lo iba yo a permitir. Pensando en que su inmensa testarudez debería estar aunada a un inmenso ego. "No puedes poseerlas como eres ahora"-le dije, imprecándolo- "acepta lo que te ofrezco, ¿o quieres que las muchachas sepan que ya no eres un HOMBRE?". Aún me estremezco recordando lo que pasó después de que dije eso: ¡la mesa comenzó a vibrar de una manera espantosa!, ¡todos se aterraron cuando los vasos y copas de la vitrina cercana comenzaron a estallar!; ¡el Señor García y yo tratábamos con todas nuestras fuerzas de despegarnos de la mesa que soltaba sin tregua golpes con las patas contra el suelo!....


Los ojos de pánico de los presentes luego observaron con horror la furia de la entidad: ¡como grandes surcos aparecieron sendos arañones atravesando la mesa de madera y el tablero oui-ja!. Tratando de parar eso, exclamé: "¡NO TIENES OTRA OPCIÓN: ACEPTA EL PACTO QUE TE OFREZCO. HAZ INGRESAR EL ANILLO EN EL FRASCO COMO MUESTRA DE QUE DAS TU PALABRA!". Se podían sentir los jadeos cargados de odio del espíritu, recorriendo toda la sala. De pronto dejó de azotar la mesa para jalarla hacia un lado, arrastrando las patas. Todas las mujeres de la casa lloraban y rezaban, mientras yo repetía una y otra vez mi mandato, mientras veía cómo el anillo de oro vibraba cada vez más, alzándose a ratos por la varilla de acero. Fueron interminables los minutos que luchamos contra ese ser. 

 

Finalmente, sintiéndose vencido, "Montondiumo" cedió: el anillo se elevó de golpe, siguiendo la ruta que le daba la varilla, para caer sonoramente dentro del frasco. Me apresuré a taparla. De pronto, toda la casa cayó en un profundo e inquietante silencio. Todos mirábamos hacia el techo, observando. No había certeza si la entidad estaba prisionera o no. Pasado un rato, vimos cómo la copa, que había quedado volcada sobre la mesa, se elevó lentamente, sin que nadie la tocase, y tras tomar de nuevo su posición invertida, se deslizó lentamente sobre los restos del tablero, hasta detenerse en la palabra "SI". 

 

No había logrado encerrar al espíritu, pero había logrado pactar con él. Los siguientes minutos los usé en definir totalmente los acuerdos del pacto con una ahora algo más tratable entidad: los García se comprometían a dejar un paquete de "mapachos" en un cenicero, en la mesa de la sala, el primer día de cada mes, así como una copa de anisado, y el Señor García debería tomar otra copa del licor, a la salud del ente. "Montondiumo" prometía no molestar jamás a las muchachas y proteger la casa. Pude despedir a esa alma condenada casi al amanecer. Al irse, desapareció el olor acre y la sensación de calor, dejando paso a la gélida atmósfera del amanecer serrano. La familia quiso insistir en que me quede con ellos a desayunar, muy agradecidos. Me negué; estaba exhausto, y deseaba irme a casa.

 

La calma volvió a la casa; el pacto fue rigurosamente cumplido por ambas partes. Los cigarros y el licor desaparecían misteriosamente, sólo dejando un trazo de olor a tabaco negro y anís en la atmósfera. Las chicas no sufrieron más ataques. De tiempo en tiempo, recibía yo personas que me buscaban en busca de ayuda, recomendados por "una familia sinceramente agradecida". Poco supe después de los García. Me encontré con Corina años después en la calle; se iba a casar. Tiempo después, supe que el pacto duró ocho años: un día, Corina y su esposo, que vivían en la capital, visitaron a su familia. Era primero del mes. 

 

La familia en pleno se reunió en la sala y celebraron la visita. Al hacerse de noche, todo comenzó de nuevo: contento por la visita, el señor García había olvidado poner la ofrenda, estando en su lugar las cervezas que la familia compartía. Sin aviso, a espaldas de Corina, hizo su aparición "Montondiumo": era un hombrón de casi dos metros, robusto, su piel era renegrida, del color de los muertos. Su cara estaba cruzada por sendas cicatrices y en sus ojos pudieron ver todos, el tremendo odio que se desbordaba de su negra alma. La aparición de pesadilla duró apenas un minuto, para luego desvanecerse frente a todos. Ahí comprendieron el terrible error cometido. 

 

Apenas de haber desaparecido, los gritos de terror retumbaron en toda la casa: era Corina que, ante los ojos espantados de su familia y su esposo, y sin poder levantarse de su silla, pegada a ella por una fuerza invisible, sufría una horrenda agresión que creía acabada para siempre. Todos presenciaron impotentes cómo unas zarpas invisibles y descontroladas destrozaban su ropa totalmente. La familia no aguantó más. Abandonaron la casa esa misma noche. Nunca más he sabido de ellos. 

 

Por mi parte, aún conservo el "pacto" con "Montondiumo". No me atrevo a abrir el frasco. En una gaveta donde conservo medio centenar de "pactos" iguales a ese, el suyo se destaca: cada primer día de cada mes, vibra, saltando el anillo dentro del frasco, tratando de liberarse de su encierro.

Los fantasmas de la carretera 66

 

Si usted decide seguir viajando a lo largo de la ruta 66, pronto se encontrará Catoosa, Oklahoma (USA), al conducir a través Catoosa, recuerde que debe permanecer en la ruta 66: si usted toma un giro equivocado y termina en la carretera 412, a unas 6 millas de Catoosa, no pocos le informarán de un incidente que muchos otros han atestiguado haber vivido.


Una vez que llegue al cementerio de Timber Ridge ya no hay vuelta atrás: ahí es donde un pequeño niño nativo americano ha sido visto,... e incluso golpeado por más de un conductor.


  El pequeño se observa detenido a lo largo de la carretera con su bicicleta, donde un vehículo lo atropelló y lo mató. Fue enterrado en el cementerio mismo, en la primera fila junto a la puerta, cerca de la parte inferior de la colina. Varias personas juran que al atravesárseles, sintieron realmente cómo golpearon al niño,... y encontrar huellas de pequeñas manos ensangrentadas en los parachoques de sus coches. Otros lo han visto de rodillas a lo largo de la carretera, mientras que algunos otros incluso han asegurado haber sufrido daños en sus vehículos, después de golpear al niño que luego se desvanece,...


Recuerde que cuando viaje a Catoosa, cerca a la ruta 66, no viaje por la carretera 412 a menos que quiera a mirar a ese niño fantasma a la cara.


El Reno es otra ciudad a lo largo de la Ruta 66 que cuenta con su propia leyenda. Recorriendo por el camino que se conoce como "la Ruta de la Madre" de El Reno, y entre éste y Weatherford, usted se encontrará con el fantasma de un hombre jorobado. Lleva un abrigo marrón y un sombrero que es de "estilo bogies", cubriéndole los ojos. Le encanta aparecer en las noches de niebla o de lluvia.


Algunas personas se han detenido a lo largo de la carretera a recoger a este misterioso hombre sólo para ver que él pide dejar el vehículo tras un corto tramo, carretera más adelante,... para luego ver pasmados cómo su imagen se mantiene como caminando frente a ti, en la misma carretera, ¡pero lo verás así flotando por varias millas delante de ti!

Se llama Delia

 

Un relato de: Reynaldo Silva

 

Los sollozos no paraban: todos los reunidos en el vetusto dormitorio estaban muy vívidamente afectados; no podíamos hacer nada más que ver hacia delante con los ojos lagrimosos, escuchando los sufridos y casi horrendos lamentos de la niña. Ella gemía, lloraba y temblaba sin parar, acurrucada contra la esquina del cuarto, abrazándose las piernas con ambos brazos, escondiendo a medias la cabeza con sus rodillas. Escuchar sus lamentos de dolor era insoportable, y en medio de la penumbra, me decidí a ayudarla:

 

-...Hola pequeña,... -dije con la voz más dulce que pude-,... dime, ¿qué te pasa?,...

 

Los lamentos y los sendos lagrimones que recorrían sus mejillas rodaban sin parar, mientras alzaba a ratos su rostro, mostrándonos sus ojos bien cerrados; giraba su cara mirando a todos lados, como cuando una persona totalmente desubicada trata de descubrir desde donde proviene una voz,...

 

-...Hola preciosa,... -volví a insistir, suavizando mi voz para darle confianza-,... estamos aquí y queremos ayudarte, dime, ¿qué necesitas?,...

 

Alzó el rostro hacia mí, como si hubiese descubierto desde dónde procedía mi voz. Luego soltó un horrendo gemido que sonó casi como el lamento de un infante, para luego sollozar desesperada:

 

  • - ...¡Solo quiero irme de aquiiii!,... -exclamó finalmente, desesperada-, ¡Quiero a mi mamaaaaaá!!!,... ¡SÁQUENME DE AQUIII!!!,...

 

El llanto de la niña era doloroso en extremo: quienes me acompañaban, prácticamente dejaban oír el sonido de sus gargantas, tragando saliva, conteniendo el llanto al oírlo; sabían todos bien que yo y solamente yo podía rescatarla de aquel espantoso lugar donde sufría lo indecible. En silencio todos aceptaron asintiendo con la cabeza, mientras yo tendía mi mano hacia ella.

 

  • - ...Hemos venido a sacarte de aquí,... -le dije-, no tengas miedo: ahí tiendo mi mano. Está delante de ti,... tómala y yo te ayudaré a salir de ahí,...

 

Por un instante dejó de llorar: sin abrir sus ojos cerrados dirigió su mirada ciega para siempre hacia mí: yo estaba a menos de un metro de donde ella estaba acurrucada, en el suelo,  aterrada. Luego de "ver" hacia delante, sacudió su cabeza con fuerza, negando todo en medio de potentes llantos:

 

  • - ¡NO TE VEO, NO TE VEOOOOOOO!!!,... -gritó la niña-, ¡no hay nadie aquí: es horrible!!!,... ¡todo es muy oscuro, no veo nadaaaa!!!,... ¡TÚ ME MIENTES IGUAL QUE "ÉL"!!!,...
  • - ¿"ÉL"?,... -dije entonces yo, extrañado-, ¿quién es "ÉL"?,...
  • - ...¡Quién me trajo aquiiiií!!!,... -me replicó la pobre criatura aterrada-,... ¡yo no quería venir, yo no quería venir con "él", yo quería ir a casa con mi mamá!!!,... ¡QUIERO A MI MAMAAAÁ!!,...

 

Teníamos que lograr que confiara en nosotros: sino, no lograríamos rescatarla, pero para hacerlo, debíamos saber más,... sobretodo si es que "alguien" más estaba ahí con ella, en medio de la más profunda oscuridad.

 

  • - ...Te llevaré donde tu mamá,... -le mentí miserablemente-, no temas pequeña,... ¿cuál es tu nombre?,...

 

Se hizo un largo silencio: la niña dejó de golpe de llorar. Sendos lagrimones recorrían sus mejillas frente a mis ojos; respiraba con dificultad, pero poco a poco parecía que se serenaba:

 

  • - ...Delia,...
  • - Bien Delia,... -le dije despacio, hablando por todos-, estamos aquí para ayudarte,... solo debes tomar mi mano y seguirme,... debes confiar en mí,... te sacaré de ahí,...

 

La niña entonces estiró su mano, pero no hacia mí: desesperada comenzó a tantear a toda prisa el suelo al frente suyo. Alargaba sus dedos, los estiraba y los recogía, como tratando de coger algo. Pasado un rato, comenzó a respirar con fuerza, para luego soltar a  llorar dolorosamente:

 

  • - ¡NO PUEDO,... NO PUEDOOOO!,... -gritó desconsolada-, ¡no está mi bastón,... no está mi bastón,... "ÉL" SE LO LLEVÓ,..."ÉL" ME LO QUITOOOÓ!,...

 

Delia, la niña, era ciega: sería más difícil ayudarla; se oía desamparada al no tener a su lado su bastón,... pero noté que la oscuridad total y el desamparo no era lo único a lo que ella le temía.

 

  • - ...Tranquila, pequeña,... -traté de relajarla-, dime,... ¿quién es "Él"?,...

 

Se hizo un silencio

 

  • - ¿"Él"?,...
  • - Si: "Él".
  • - ...¡"Él" me trajo aquiiiií!!!,... - gritó desesperaba mientras miraba hacia todas partes, aterrada hasta el paroxismo-, ¡ES HORRIBLE: ES MUY OSCURO Y FRÍO AQUÍ,... POR FAVOR,... SÁQUENME DE AQUIIIÍ!!!,...
  • - ...Tranquila,... Tranquila,... -proseguí con dulzura-,... estamos acá contigo y no nos iremos hasta llevarte con nosotros,...

 

Pero Delia no se tranquilizaba: lloraba amargamente sin parar: el corazón parecía que iba a salírsele del pecho, mientras se prendía casi con las uñas de sus rodillas, recogiéndose contra sí misma, alejándose de mi:

 

  • - ...¡Yo no quería venir, YO NO QUERÍA IR CON "ÉL"!!!!,... -prosiguió hablando Delia, aterrada-,... yo iba a casa, mi mamá me esperaba,... ¡y "Él" me arrastró, me trajo acá!!,... ¡ME QUITÓ MI BASTÓN Y ME ENCERRÓ AQUIIIÍ!!,...

 

El llanto de Delia era desesperante en extremo: no necesitaba verlo, pero sabía que mis acompañantes en aquel lugar derramaban también sendas lágrimas: todos deseábamos sacarla de ahí, pero no podíamos interrumpirla; Delia seguía hablando, mientras guardábamos silencio:

 

  • - ... Luego me,... luego me,... ¡LUEGO ME!!,... - trataba de decir algo, pero la desesperación la dominaba por completo.
  • - ...¿Qué te hizo?,... -, dije.

 

Delia trató de contenerse. Tragó saliva. Luego bajó el rostro y lo enterró en medio de sus rodillas:

 

  • - ...Me hizo "cosas" que yo no quería hacer,... -musitó con voz grave-, ¡me hizo hacer cosas que yo no quería!!!,... ¡AÚN LO HACEEE, QUIERO IRMEEEE!!!!,... ¡"Él" es horrible, me hace daño,...huele mal,... se ríe de mi!!,...
  • - ...¿"Él", está aquí?,... -, pregunté entonces, conteniendo la rabia y la respiración al mismo tiempo.
  • - ..."Él" siempre está aquí,... - replicó casi de inmediato la pequeña Delia, alzando su rostro lloroso, para hablarme casi con susurros, como tratando de evitar que "alguien" nos escuchara-,... todos los días trato de ir a casa,... con mi mamá,... ¡pero "él" me toma de la mano con fuerza, me arrastra, me esconde mi bastón y me encierraaaa!!!!,...

 

Su voz desesperada entonces comenzó a sonar más gutural, como si procediese desde dentro de su tráquea: frases ininteligibles que hacían que su pecho se alzara con fuerza, como si la vida le abandonase.

 

  • - ....¡Después de,... después de hacerme daño,... no puedo respirar!!!,... ¡aghhh!,... ¡no puedo respiraaaaar!!!!,....

 

No podía yo ya escuchar más: sentí la necesidad de sacarla de ese horrendo lugar de sombras perpetuas y dolor lo antes posible. Delia, la pequeña niña, dirigía sus ojos cerrados hacia mi rostro, como esperando, ansiando una respuesta. Volví a estirar mi mano y tratando de no asustarla, pero inspirándole confianza a la vez: todos a mi alrededor contuvieron el aliento.

 

  • - ...¿Deseas venir con nosotros?,...

 

Ella no me respondió: solo alzó el rostro y afirmó con la cabeza. No necesitaba yo más. Le tendí de nuevo la mano. Temerosa, levantó su mano y a tientas, trató un rato de cogerme. Pasados unos minutos que parecieron eternos, sus dedos se aferraron de mi índice, primero temerosamente y luego con algo más de firmeza. Emocionado ví, como en su rostro se dibujaba una tímida sonrisa. Entonces el dormitorio comenzó a llenarse de las voces de mis compañeros y compañeras que trataron de darle a Delia el coraje para venir finalmente con nosotros: "Ven con nosotros, Delia,...", decían con voz emocionada las chicas que nos acompañaban; "Ven, Delia: te ayudaremos", agregaban los muchachos. Sentí sus dedos aferrándose con más fuerza a mi mano cuando escuchó ella las insistentes voces: "te llevaremos a casa,...", "verás a tu mamá,...", "ven, pequeña, ven,..."

 

Entonces el aire se puso pesado de golpe,... gélido y muy pesado: alcé la vista y ví el rostro de ella, crispado de pronto por el horror: el cuerpo se me heló por completo, ¡SENTÍ SOBRE MI MANO, LA PESADA Y DURA PRESIÓN,... DE OTRA MANO, APRETÁNDOME,... COMPRIMIÉNDOME DOLOROSAMENTE LOS DEDOS!!! Bajé la vista y mis ojos se abrieron como nunca antes en mi vida, mientras escuchaba a la pobre niña soltando un grito gutural y horrendo, como si todo su ser fuese atravesado por un indescriptible dolor: ¡APRETÁNDOME LA MANO, NO HABÍA NADA!!!, ¡ERA HORRENDA LA SENSACIÓN DE DOLOR QUE SENTÍA,... ERA COMO UNA MANO INVISIBLE LO QUE COMPRIMÍA MIS DEDOS!!! Traté de zafarme de esa fuerza inhumana, de pesadilla que me atenazaba, proveniente de la nada, pero no pude. Delia lloraba sin parar, aterrada por completo chillaba y gemía. De pronto, se calló. Tras un silencio aterrador, giró su rostro hacia mí y abriendo los ojos, exclamó:

 

  • - ...No,... -dijo entonces Delia, mirándome fijamente con sus ojos sin vida, y con una voz que me escarapeló por completo-,... "Él" no me dejará ir con ustedes,... nunca,...

 

Entonces, aterrado, ví yo y todos los demás cómo,.... ¡CÓMO UNA FUERZA INVISIBLE,... UN BRAZO Y UNA MANO MUSCULOSA Y SEMITRANSPARENTE  LE TOMARON CON FUERZA POR EL PECHO!!!,... ella pegó un grito terrible, que nos estremeció por completo; por un segundo estiró su brazo al máximo hacia mí, pero ya no se pudo agarrar de mi mano,... a pesar de la semipenumbra de la habitación, yo y mis acompañantes vimos con pánico cómo esa mano transparente apretujó su seno derecho, marcando dolorosamente sobre él sus enormes e inhumanos dedos, haciéndola gritar de nuevo. Atrayéndola con fuerza inaudita, la asió cual garra y la jaló con fuerza contra la pared a sus espaldas. Un golpe seco, su nuca estrellándose pesadamente contra la pared, un sonido realmente horrible y todo terminó.

 

Todos nos quedamos mudos y a la vez sumamente impactados: habíamos sido derrotados de nuevo; no pudimos rescatar a la niña, a la pobre, pequeña y aterrada Delia.

 

Lentamente Vanessa comenzó a abrir los ojos, conforme su rostro, que hacía pocos instantes  mostraba los rasgos y gestos de una niña de ocho años, comenzaba a retomar la apariencia de la mujer de 35 años que era Vanessa. Estaba regresando en sí. Atrás quedaba ya la voz aguda y dolorosamente sufriente de Delia, para dar paso a la voz madura y enronquecida de mi amiga médium:

 

  • - ...¿Qué pasó?, ¿hicimos contacto?,... -comenzó a preguntarme Vanessa, peinándose con los dedos y tomándose la cabeza como sintiendo recién que se le avecinaba una tremenda jaqueca-,... ¿rescatamos a la niña?,...
  • - ...Se llama Delia,... - le dije mientras me sentaba a su lado, contra la pared; yo también estaba exhausto. Prendí y cigarrillo y le ofrecí otro. Vanessa aceptó gustosa-,... no está sola: un "ente" no la deja ir. Fracasamos de nuevo,...
  • - ...Cuéntamelo todo después,... -replicó Vanessa, soltando una gran bocanada de humo-,... Delia,... se llama Delia,... solo eso sabemos,...

 

En ese momento, el resto de nuestros acompañantes explotó: de golpe, los demás miembros de nuestro "Círculo de rescate" empezaron a dar de gritos. Tras pasar horas tomados de las manos, las dos chicas exclamaron a grandes voces que no volverían a intentarlo nunca más. Los otros dos miembros, dos muchachos amigos de Vanessa, discutían entre si acaloradamente, acerca de si se hizo lo suficiente o si debíamos intentarlo de nuevo.

 

Yo solo pensaba la desazón que no me abandonaba: seis años,... seis años de intentos fallidos; seis años tratando de rescatar al espíritu de Delia,... y 24 años en que su alma atormentada sufría, penaba en aquella casa abandonada, que nadie quería habitar,... 24 años de haber sido violada y muerta,... 24 años de sufrir lo indecible en manos de su maldito asesino, aún junto con ella, en el Más Allá,...

 

  • - ...Lo peor es que ella no sabe que está muerta,... -, dije con un susurro, como para que solo lo escuchara Vanessa.

¿Ruedas de engranaje en el antiguo Perú?

 

Estas ruedas de bronce, halladas en nuestro país fueron mostradas por el profesor Rafael Larco Hoyle, en algunos de sus trabajos publicados; después de eso, no se supo ya más nada: es uno de esos muchos hallazgos intrigantes que se han realizado en nuestro país, pero que se hallan bien custodiadas en nuestros museos, y completamente fuera de la vista del público. Se sabe que proceden de un yacimiento arqueológico pre-inca y nada más,... y muchos podrían considerarlos como cabezas de mazas incas,... salvo porque no son de piedra, como era costumbre en el Imperio,... y que su diseño es demasiado intrincado para poder confundirlas con artefactos tan comunes en nuestros museos, y como podemos ver, algunos carecen de puntas, perdiendo así toda la practicidad del diseño de la conocidísima arma inca: es obvio que se parecen poderosamente a los engranajes modernos. Todo un misterio.

 

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